Junto con Delia, objeto de la más alta virtud (v.), Maurice Scève (15059-1564?) es autor de tres grandes poemas y de cierto número de piezas de circunstancias, en lengua francesa y latina. «Arión, Égloga del tránsito a la otra vida de Monseñor el Delfín», poema compuesto con ocasión de la muerte de Francisco — hijo predilecto de Francisco I, fallecido súbitamente en Lyon, quizás envenenado —, es el primer gran poema de Scève.
Escrito ocho años antes que Delia, se publicó en 1536, dentro de una Colección de versos latinos y vulgares sobre la muerte de Monseñor el Delfín, y se trata de una alegoría mitológica más ingeniosa que sentida. Arión llora la muerte de su amigo el Delfín que llena de duelo la «tumba marina». Todo el interés del poema estriba en la asombrosa maestría de Scève, en la originalidad extraordinaria del léxico y de las imágenes, y en la admirable unión del ritmo y el pensamiento: «A la orilla de la mar lisa y en calma,/Junto a una roca, bajo seca palmera/Arión, triste, tendido de espaldas/ Canta musitando esta sentida endecha»; «Y en mi compañía sólo quedará/Como dulce amiga en la triste orilla/Hasta mi muerte, la melancolía».
No hace falta ser muy agudo para ver en esta pieza de ámbito cerrado, tan perfecta, ajustada y rica, el equivalente en el siglo XVI del Cementerio marino (v.) de Valéry. Menos original por su tono y forma se nos ofrece «Saucedal, Égloga de la vida solitaria», que vio la luz en Lyon en el año 1547. La imitación de los clásicos antiguos [el Virgilio de las Bucólicas (v.)] se nos brinda demasiado clara en esta pastoral, donde disertan dos zagales, Antiro y Filermo. Es una apología de la vida campesina, de la vida solitaria en oposición a la vida adulterada de las ciudades, a las ansias amorosas de las que sólo se derivan penas y sinsabores en menoscabo de la personalidad. De todas formas, el poema no carece de cierta sinceridad y, sobre todo, de hermosos versos henchidos de plenitud y armonía.
La última gran obra de Scève es el Microcosmos, publicada en 1562, y que consta de tres mil tres versos distribuidos en tres libros, en los que Scève compendia toda la creación. La repetición de la cifra tres significa una alusión a la Trinidad, que el poeta invoca en los primeros versos de la obra; «Dios trino en uno, triple es y triple será». Todo el poema aparece sometido a una estricta arquitectura y a una notable armonía: un soneto liminar, tres libros de mil versos cada uno (el final del tercero recordando el comienzo del primero), un tercero aislado y un soneto terminal. En el soneto con que se abre la obra, «Al lector», Scève alude a los viajes que ha emprendido: «El vano afán de ver países diversos/ Reporta estimación a quien viajero yerra,/ A quien siempre pierde, cambiando cielo y tierra,/ Los mejores días del tiempo traicionero».
Con la lectura del primer libro se despliega un vasto y majestuoso fresco de la creación del mundo, abundante en nobles alejandrinos, de raras sonoridades y giros sugestivos. Nace finalmente el hombre: «Luego en un instante ese Modelo tan hermoso/Fue consolidado en hueso, de carne y niel revestido :/Forma que tanto le plugo (a Dios) y tan en gracia le cayó/Que de su Espíritu le sopló en el rostro/Un aliento de vida, un alma vegetativa». El hombre es el compendio del Universo, el microcosmos, el vocero de Dios que da nombre a la creación. Siguen los relatos de la creación de la mujer y del pecado original, la bella y emotiva evocación del primer nacimiento en la tierra, el de Caín y, por último, el crimen, el asesinato de Abel, con el descubrimiento de su cadáver por Adán y Eva, que les revela la posibilidad del homicidio y de la muerte a que el hombre ha sido condenado. En el entierro de Abel, el tono elegiaco cobra altura haciendo vivas y casi actuales las inéditas emociones del primer hombre.
El libro segundo nos cuenta el sueño que tuvo Adán después de estos funerales, en cuyo curso ve desfilar ante él toda la historia de la humanidad, circunscrita, sobre todo, a las conquistas del espíritu, inventos y descubrimientos de las artes, haciendo Scève alarde de erudición, especialmente en lo que concierne a la música; aquí se pone de manifiesto ese entusiasmo por el progreso espiritual tan característico de la época. En el libro tercero, Adán, una vez despierto, informa a Eva de toda su nueva ciencia, y lleno de alegría por conocer y de respeto por la obra divina, traza un elocuente cuadro del movimiento de los astros y las maravillas de la naturaleza, terminando la evocación con su esperanza en el retorno del Hombre-Dios «que restituirá el Hombre a Dios su padre» y «que hará que nuestra vida terrena termine en la muerte,/Nuestra muerte por la suya uniéndonos a Él./A Él, que mostrando el camino, la verdad/Y la vida eterna a esta Humanidad,/Comienzo y fin de su propósito, /Unirá su Nada, su Microcosmos, a su Todo».
Después, Adán, «cerrando los labios proféticos,/Se afirma en la esperanza de su santo pronóstico», renace la alegría en su corazón y la confianza en la bienaventurada eternidad que le fue prometida. ¿Responde en esta obra la ejecución a su noble y ambicioso propósito? No hay duda de que Scève carece de esa facilidad tan admirable, a veces, que caracteriza a Du Bartas cuya Semana (v.) no puede por menos de recordarnos el Microcosmos. Ningún rastro se vislumbra aquí de esas vivas y coloreadas descripciones que tanto abundan en Du Bartas, cuyo poema — conviene advertirlo — fue publicado dieciséis años más tarde que el Microcosmos. Scève es un poeta abstracto, de ideas, incluso podría decirse, un «poeta metafísico», a tenor de los poetas ingleses de comienzos del siglo XVII y de Jean de Sponde, en Francia.
La poesía de Scève, siempre erudita, fría y refinada, «expresa, bajo envoltura formal muy ceñida, personal y escogida, pensamientos largamente meditados» según hace notar Valéry Larbaud. El Microcosmos es, indudablemente, donde mejor puede hallarse esa profunda originalidad de Scève, quien, con dicho poema, se aparta de la imitación de los italianos y del petrarquismo hasta encontrar su propio tono, muy insólito en la historia de la poesía francesa.

