[Pensées, máximes et anecdotes]. Pensamientos del francés Chamfort (originariamente Monsieur Nicolás, como hijo natural, 1741-1796), juntados con los papeles inéditos de Guinguené en las Obras de Chamfort recopiladas y publicadas por un amigo suyo [Œuvres de Chamfort recueillies et publiées par un des ses amis] el año III de la República y luego aparte en 1803.
La obra, no construida sobre un plan literario, consta de dos partes, «Máximas y pensamientos» [«Maximes et pensées»] y «Caracteres y anécdotas» [«Caractères et anecdotes»]; el autor, al observar con amargura la sociedad contemporánea y particularmente el débil reinado de Luis XVI, continúa la tradición de los moralistas franceses. Aparte todas las tentativas literarias, y sobre todo teatrales, Chamfort siente que sólo en su intimidad encuentra la paz para su creciente inquietud; juzgar la volubilidad de su época y escribir para sí con la serenidad de los clásicos se convierte en su divisa. Siente que el desprecio al dinero debe destronarlo todo, incluso al rey; busca la seguridad de su mente juzgando a los demás, incluso mirando, como el Satanás del Paraíso perdido (v.), al mundo que va por el camino del mal. En las máximas sobre todo, hace sentir su repugnancia a que le consideren como un escritor amable, mientras la tristeza de su corazón le impulsa a advertir las debilidades de una sociedad condenada a perecer, aunque en su salud vital la variedad de los casos humanos le haga perdonar los defectos de los hombres.
Pero éstos son culpables de haberlo envenenado con «arsénico azucarado», y por eso se engañaban muy fácilmente al creerlo «un monstruo de orgullo». La concisión de las observaciones sobre la vida es verdaderamente ejemplar; por ejemplo, cuando el escritor afirma que nada pueden hacer por él los grandes ni los príncipes, ni devolverle la juventud ni quitarle el pensamiento cuyo uso le consuela de todo; cuando dice que el hombre es un novicio en todas las edades de su vida, o cuando hace suya la respuesta de un quídam a quien se reprochaba su afición por la soledad, que se ha acostumbrado mejor a los propios defectos que a los ajenos. En los «Caracteres» abundan las confesiones sutiles y delicadas, en su mayoría de carácter autobiográfico, y puestas en boca de personajes ficticios indicados con siglas; sobre todo en el ejercicio de la inteligencia está el dulce consuelo por los males de la sociedad. Estos pensamientos de Chamfort conservan cierta gracia sonriente y amarga, y al mismo tiempo una nitidez que testimonia la ágil educación clásica del escritor.
C. Cordié
Chamfort tiene en exceso lo que falta a Marmontel: aquella amargura que a menudo acompaña a la fuerza, pero que no la presupone necesariamente. (Sainte-Beuve)
Librito bilioso y amargo, cocido y recocido al fuego de un odio oculto; será durante mucho tiempo cual el frasco de ajenjo que los revolucionarios tomarán antes de la comida, ¡para que les abra el apetito! Apetito, en verdad, contra las instituciones sociales. (Barbey d’Aurevilly)
Sus fórmulas, sus anécdotas, sus retratos, han penetrado en la literatura nacional tan profundamente como los pensamientos del mismq. La Rochefoucauld. Es un autor que se cita poco, pero que se saquea mucho. Debería hacerse una edición crítica al revés; en lugar de buscar las fuentes, se encontrarían en ella los plagios. Pronto perderíamos ánimo: son innumerables. (E. Berl)

