Orden, Aurelius Augustinus

[De Ordine]. Disputa filo­sófica de carácter académico de Aurelius Augustinus (San Agustín, 354-430), com­puesta en el retiro de Cassiciacum hacia fines del 386 e impresa por primera vez en Basilea en 1489-1495.

El tema discutido en­tre Agustín y sus amigos Trigecio, Licencia y Alipio, con la participación de su madre Mónica y de su hermano Navigio, fue el magno problema de «si en el orden de la Divina Providencia entran todos los bienes, y los males». El relato de ella en dos libros va dedicado a Cenobia.

Se llega en el pri­mer libro a la conclusión de que, desde el momento en que todas las cosas están regi­das por la Divina Providencia, y no ocurre nada sin una causa, nada está fuera del orden (ni el mal, porque está plenamente en el orden que Dios lo deteste, y que ame el bien) y que el orden conduce a Dios.

La definición del orden, en el segundo libro, conduce a dos discusiones; la una se re­suelve en varias cuestiones: cómo está con Dios el sabio que se conoce a sí mismo y conoce las cosas, y por lo tanto a Dios; si también las acciones perversas humanas entran en la ordenación divina (en la dis­cusión de la cual se encuentra el conocido pasaje: «aufer meretrices de rebus humanis, turbaveris omnia libidinibus»); si el mal toma su origen del orden divino, o fuera de él («la vida de los necios, aunque en ellos inconstante no ordenada en modo alguno, es reconducida al orden por la Di­vina Providencia» y ésta la hace contribuir al ornamento del universo).

Santa Mónica concluye de este modo: «Yo no creo que haya podido producirse cosa alguna fuera de la ordenación divina, porque el mal mis­mo no ha nacido por orden de Dios; pero la justicia divina (demostrada en la discu­sión como anterior a la existencia del mal) no toleró que permaneciese desordenado, y lo volvió y redujo al orden debido». La se­gunda, que más que discusión es exposición didáctica y exhortativa de San Agustín a sus jóvenes oyentes, se abre con una noble preceptiva ética, como norma de vida para la juventud — aunque no sale del cuadro del estoicismo — y continúa con un completo programa didáctico; siempre por debajo del denominador común del «serva ordinem et ordo servabit te».

En distintos capítulos, San Agustín da preceptos acerca del estudio de la gramática, de la didáctica y la retó­rica, la poesía y la música, la geometría y la astronomía. Sólo las disciplinas liberales nos permitirán resolver o iluminar numero­sas cuestiones acerca de las cosas materiales y de la génesis del mal moral, y por qué Dios creó un mundo en el que se introdujo el mal: nos ayudarán a conocer nuestra alma, pero no al sumo Dios, que es mejor conocido ignorado.

E investiga de qué modo el alma llega al conocimiento de sí y de su propia unidad; y por qué ella supera a los animales brutos, y cómo se eleva a la visión de Dios. La discusión tiene amplios parénte­sis de escenas familiares, de incidentes joco­sos, de vivaces movimientos: retrato perfecto de vida académica y familiar al mismo tiem­po.

El genio de San Agustín, frío y minucio­samente analítico hasta la sutileza sofística, y al mismo tiempo apasionado investigador de la verdad con todas las fibras del alma, aquí se muestra velado siempre por la pre­ocupación retórica y académica, no purifi­cado todavía y refinado por una madura conciencia religiosa, por una pasión vigo­rosa por los problemas que interesarán a sus responsabilidades oficiales de sacerdote y de obispo.

G. Pioli