Observaciones Acerca de las Víboras, Francesco Redi

[Osservazioni intomo alie vipere]. Obra de Francesco Redi (1626-1698), publi­cada en Florencia en 1664. Redi, conocido como autor de Baco en Toscana (v.), tiene ciertamente méritos todavía mayores como hombre de ciencia.

Fue en efecto médico expertísimo, y benemérito por la simplificación aportada por él a la entonces más que complicada terapia; y en el campo de las ciencias naturales dejó huellas indele­bles, dirigiendo sus experimentos sagaces y seriamente efectuados, sobre todo a la solución de problemas biológicos.

En esta obra llena de fuerte y ágil brío, pinta admi­rablemente la escena (que precede al desenvolvimiento del tema), en que nos pa­rece estar viendo al impertérrito Jacopo Sozzi — el campesino toscano cazador de víboras — quien delante del Gran Duque y los serenísimos príncipes, «pudiendo ape­nas contener la risa, guiñando el ojo tomó una hiel de víbora y disolviéndola en medio vaso de agua fresca, se la tragó con ros­tro intrépido».

El tal Jacopo Sozzi, enca­rándose luego con la cuestión de la vene­nosidad del humor contenido en la bolsa de los dientes (humor inocuo cuando es in­gerido, estando íntegras las mucosas de la boca y del estómago), tomó una víbora de las más gruesas, extrañas y rabiosas, y le hizo arrojar en medio vaso de vino, no sólo todo el licor que en aquellas bolsas tenía, sino también toda la espuma y toda la baba que aquella serpiente, agitada, golpeada, ex­primida, irritada, pudo echar, y se bebió aquel vino como si hubiera sido julepe.

Había guiñado y reído el viborero, porque los sabios presentes, tan imbuidos como es­taban — hubiera dicho Galileo — de doc­trina libresca, se habían puesto a discutir e investigar la conducta ridícula del veneno viperino, y en qué parte del cuerpo tenían su mina, aseverando, entonces, uno de los más eruditos, que la virulencia de la hiel era ya «una cosa prejuzgada, como antes lo habían enseñado Galeno y Plinio, y Avicena, y Alí Abbas y Abucases, y después Cesalpino y el famoso Bálsamo».

Y no va­lían contra ciertas viejas teorías las afir­maciones de uno que había querido demos­trar, por medio de los animales, todo lo contrario. Y se repitieron experimentos en los animales en aquella reunión; y todos proporcionaron la prueba de la inocuidad de aquella hiel, aunque fuese puesta en una herida sangrante, Pero junto con estas ex­periencias hay otras en la misma obrita, que podríamos llamar colaterales; y notas de erudición innúmeras, y fábulas antiguas referidas por él y citas de dichos griegos.

Desde luego, esta obra sobre los experimen­tos realizados por él en 1664, halló no pocos impugnadores. Y a éstos hubo de contes­tar el autor con un escrito sobre las víbo­ras en el cual es de notar como Redi, siem­pre tan afable aun con sus adversarios, no se muestra nada orgulloso, ni demasiado confiado en sí mismo: de manera que leí­das las objeciones de sus contradictores le parece casi — escribe — haber soñado cuan­do efectuó sus experimentos y escribió acerca de ellos; con todo, había querido repetirlos una vez y otra hasta creer que son ya «certísimos e infalibles».

Aquellos adversarios franceses le habían dicho tener ellos por cosa indudable y experimentada (es decir, tal vez nueva para la experimen­tación tradicional) «que el veneno consiste sólo en la imaginación de la víbora irritada y encolerizada por la idea de la venganza que ella se ha figurado en su cabeza, me­diante la cual, movidos los espíritus por un movimiento violento, son impelidos por los nervios y por las fibras hacia las cavidades de los dientes; por las cuales, cavidades son llevados aquellos espíritus a infectar la san­gre del animal».

Tanto podía aún, en el mismo siglo del Verdadero renacimiento científico, el principio de autoridad y la manía de teorizar y querer explicar con la mente y con la fantasía lo que los ojos pueden mostrar mejor; y la aversión a rea­lizar el experimento que, científicamente iniciado por Leonardo — si no del todo nue­vo antes de él—, fue netamente instituido y fundado como método por Galileo y después sostenido por el italiano Redi y los seguidores de la escuela galileana.

M. Cardini