[Beobachtungen über das Gefühl des Schónen und Erhabenen]. Obra filosófica de Immanuel Kant (1724-1804), publicada en 1764; por consiguiente, es anterior a la fase original constructiva del pensamiento kantiano, fase que se inicia en 1770.
Está escrita con estilo fácil y brioso, bastante distinto del severo y pesado de sus obras posteriores; es muy rica en observaciones psicológicas personales, que Kant recogía en el círculo, variado y no profesional, de sus amigos. Las ideas directrices proceden de los moralistas ingleses, en especial de Shaftesbury; también es muy acusada la influencia de Rousseau.
La estética, y la moral se hallan estrechamente relacionadas, y la descripción de los sentimientos estéticos (de lo bello y de lo sublime) puede servir también de introducción a una doctrina moral, de tipo naturalista, antropológico. Kant sostiene que la virtud se basa no en reglas especulativas sino en la conciencia de un sentimiento que vive en cada corazón humano: el sentimiento de la belleza y de la dignidad de la naturaleza humana.
Esta belleza nos inclina a un amor universal hacia los hombres, y esa dignidad a un respeto universal de los mismos. Amor y respeto son algo distinto de la simpatía y de la compasión: los primeros y no los segundos, son las verdaderas virtudes.
Los sentimientos estéticos se subdividen de diversas maneras; la tendencia natural hacia un determinado tipo de sentimiento varía según los temperamentos, los sexos, los pueblos, las épocas. El temperamento melancólico gusta de las impresiones sublimes; el sanguíneo prefiere las excitantes y conmovedoras; el colérico siente predilección por la magnificencia exterior.
Al sexo masculino le es más propio el culto por las cosas sublimes, que hablan a la mente; en cambio, a las mujeres les es más propio el amor a la belleza. Cada sexo debe profundizar en sus características propias, no debe confundirse con el otro, porque «lo que hace el hombre contra el curso de la naturaleza, siempre está mal hecho».
Para acrecentar y precisar las diferencias de los sexos ayudan, si están bien entendidas, sus relaciones: la mujer ama y despierta en el hombre la nobleza, mientras que el hombre suscita en la mujer la belleza. Kant le concede a la mujer cierta vanidad, que indudablemente es un defecto, pero un buen defecto que contribuye a hacerla atractiva como debe ser.
Kant, conforme con el naturalismo de esta obra suya, admite que el impulso sexual es el fundamento de toda la rica floración espiritual que acompaña a esas relaciones: «la naturaleza persigue su gran fin». En cuanto a los pueblos, el italiano y el francés son más sensibles a la belleza; el primero a la belleza que hechiza y conmueve, mientras que el francés se inclina más hacia la belleza graciosa y agradable.
En cambio, se sienten más inclinados hacia lo sublime, en sus tres tipos principales: los españoles, que aman lo aterrador; los ingleses, que tienen tendencia hacia lo noble; y los alemanes, que se dejan deslumbrar por lo espléndido. En cuanto a las épocas históricas, «los tiempos antiguos de los griegos y de los romanos mostraban señales evidentes de un puro sentido de lo bello, así como de lo sublime, en la poesía, en la escultura, en la arquitectura, en la legislación e incluso en las costumbres».
Después de la corrupción medieval, y a partir del Renacimiento, vuelven a florecer el gusto estético y la virtud, amenazados únicamente por la superficialidad y la dispersión. Aunque la obra tiene escasa importancia doctrinal, interesa sobre todo por su aportación al conocimiento del hombre Kant y, en menor escala, al conocimiento de la evolución de su pensamiento.
A. Galimberti

