Misticismo y Lógica, Bertrand Russell

[Mysticism and Logic]. Ensayos de filosofía aparecidos en diversas revistas o dados a conocer en con­ferencias, del filósofo inglés Bertrand Russell (n. 1872) y publicados en forma de volumen en 1918. En Misticismo y Lógica, después de haber demostrado que era falsa la oposición entre instinto, o intuición, y razón («síntesis y conciencia más que po­tencia creadora»), y haber otorgado al pa­sado la misma realidad que tienen el pre­sente y el porvenir, enfoca el problema fundamental de la concepción del bien y del mal y llega a la conclusión de que con el bien ocurre algo semejante a lo que sucede con la felicidad: que lo mejor es no buscarla.

Por más que esto parezca paradójico, una filosofía que no intente imponer al universo su concepción del bien y del mal, no solamente tiene mayor po­sibilidad de alcanzar la verdad, sino que consigue un nivel moral superior a otra filosofía que — como el evolucionismo y la mayoría de los sistemas tradicionales — cante sin ninguna finalidad las alabanzas del universo y busque en esto la expresión de un ideal actual. En la religión y en toda concepción profunda y seria de los desti­nos humanos existe siempre un algo de sumisión, una reducción de los límites del poder humano, que falta absolutamente en el mundo moderno con su fe esperanzada e insolente en las posibilidades ilimitadas del progreso. «Quien ama su vida, la per­derá». La sumisión que la religión pro­pugna en todos sus actos está animada por el mismo espíritu que la enseñada por la ciencia del pensamiento; y la neutra­lidad que ve en el bien y en el mal una diferencia en lo esencial, que llega a ver, incluso, la eliminación del punto de vista moral en filosofía como una necesidad cien­tífica, es fruto de esta sumisión y consti­tuye un progreso moral.

Toda creencia excesiva en un bien objetivo es una forma de afirmación en sí misma, incapaz de crear aquel bien deseado. Benevolencia es hos­tilidad: no hay concepciones que nos per­mitan comprender el mundo. El misticismo puede ser aceptado en su relación con la vida, pero no como sistema del mundo. En «El estudio de la matemática», después de haber ponderado la suprema, aunque fría y austera, belleza de esta ciencia, y ha­berle señalado como fin principal el dar al estudiante la confianza en la razón, y de refutar el escepticismo que descorazona en la búsqueda de la verdad — puesto que la entiende como subjetiva e incierta—, de­muestra hasta qué punto es infundada la acusación de dilettantismo contemplativo hecha a sus cultivadores, como personas ajenas a los males presentes y desertores de los deberes de la vida, puesto que, «in­directamente, el matemático trabaja muy a menudo en pro de la felicidad humana más que otros contemporáneos suyos dedicados a actividades prácticas» — ejemplo: la apli­cación del vapor y de la electricidad, posibles sólo gracias a las matemáticas—, y en las matemáticas, más que en cualquier otra ciencia, «el amor por la verdad puede ocupar el lugar de una fe ausente». La aplicación del «método científico en Filo­sofía» le parece que da como consecuencia la necesidad de abandonar la esperanza de resolver gran número de problemas, algu­nos de ellos importantes e interesantes para el espíritu humano, de la filosofía tradicio­nal; de demostrarnos que hay poca espe­ranza de que las ciencias particulares con­sigan resolverlos, y que otros problemas nunca serán resueltos con nuestras solas fuerzas. «Pero la humildad y la circuns­pección le abrirán, como a las otras cien­cias, una vida de progreso segura y cons­tante.

La discusión de’ la idea de causa­lidad se puede resumir así: el principio de causalidad, tal como ha sido enunciado por los filósofos, es falso y no se aplica en la ciencia. En vez de afirmar que un hecho A es siempre seguido de otro B, las leyes científicas afirman relaciones funcio­nales entre ciertos hechos en ciertos ins­tantes, llamados determinantes, y otros he­chos en instantes precedentes o subsiguien­tes o en el mismo instante. Más que en­contrar leyes implícitas «a priori», la exis­tencia de las leyes científicas se nos apa­rece como un hecho puramente empírico, no necesariamente universal. Por lo que respecta al problema del libre albedrío, las razones que nos permiten suponer que las voliciones están determinadas, son consistentes pero no conclusivas, y aun cuando lo fueren, no sería lógico negar la libertad en la forma como nos la revela la introspección. En consecuencia, la antinomia li­bre albedrío-determinismo es en gran parte ilusoria, aunque todavía no sea susceptible de una solución definitiva. Estas conferen­cias y ensayos — anteriores a la producción cientificofilosófica de los últimos cuarenta años — dan la impresión de que en el au­tor el matemático y el físico superan al filósofo; ejemplo de ello es el modo de presentar y resolver el problema de la causa­lidad (nos habla de «hecho puramente em­pírico», «no implicando» leyes «a priori») y del libre albedrío. Pero todos pueden encontrar en estos ensayos sugestivos pun­tos de vista, afirmaciones y negaciones «ge­neratrices de pensamiento».

G. Pioli