Menón o De la Virtud, Platón

Diálogo de Platón (427-347 a. de C.) perteneciente al grupo de los diálogos del primer período, llamados «socráticos», y estrictamente conexo con el Protágoras (v.) y el Gorgias (v.) que le preceden; por otra parte este diálogo, en cuanto a la doctrina de la reminiscencia, preludia al Fedón (v.), diálogo del período de madu­rez de su autor. Sus personajes son Menón, rico señor oriundo de Tesalia, ambicioso, amigo de los poderosos; Sócrates; un joven criado de Menón; y Anito el demagogo, que se convertirá en acusador de Sócrates.

El problema ya formulado en el Protágoras, pero que no constituía ni el verdadero ni el único tema de aquel diálogo es aquí abordado decididamente. Menón, en efecto, pregunta a Sócrates si la virtud puede o no enseñarse; Sócrates objeta que en rea­lidad él no sabe lo que es la virtud, por lo tanto no puede calificarla. Tal vez pue­da explicársela Menón, que se acuerda de los argumentos de Gorgias, el cual predi­caba ser maestro en la virtud, y Menón se presta a hacerlo, distinguiendo, a este fin, la virtud del hombre, consistente en gobernar al Estado, haciendo el máximo bien a los amigos y el máximo daño a los enemigos, de la virtud de la mujer o del niño o del siervo. Sócrates no queda sa­tisfecho : él quiere una definición de la virtud que comprenda todas sus especifi­caciones. La idea común, replica Menón, sería la de «saber mandar». Pero, protesta Sócrates, ¿cómo puede convenir a la vir­tud del siervo semejante definición? En­tonces Menón define la virtud como «gozar y procurarse cosas bellas». Pero para Só­crates nadie busca el mal si como tal lo reconoce; el que aspira a él es porque lo tiene por bien; por lo tanto, la definición demasiado genérica no se sostiene.

Menón, agotados sus argumentos, quiere zafarse con un sofisma; no se puede buscar lo que no se sabe qué es; en efecto, aunque se halle la verdad, ¿qué hacer para recono­cerla? Sócrates objeta justamente a este argumento, que recuerda el de Eutidemo (v.) que, si así fuese, no se podría apren­der nada; y expone su teoría según la cual el conocimiento es reminiscencia. Par­te de Píndaro, que alude al renacimiento de las almas; ¿no podría el alma, por ser inmortal, conservar las nociones que haya aprendido en sus vidas precedentes? En tal caso, aprender sería recordar. Aquí Só­crates recurre a una prueba: llama a un jovencito criado de Menón, nacido en casa de éste y crecido allí sin estudios/ y le induce a resolver un problema de geome­tría, sólo guiándole con oportunas pregun­tas. El criado, en ayunas de aquella materia, consigue salir del paso; luego la ver­dad estaba ya en él, en su alma inmortal; ha bastado ayudarle para «recordarla». Des­pués de este experimento, Sócrates aban­dona la cuestión del concepto de la vir­tud. Lo enseñable es ciencia. Pero la vir­tud es un bien. Queda, pues, por demostrar, que todo bien es ciencia, para que se pue­da sacar la conclusión de que la virtud sea enseñable. Ahora bien, lo que está bien es útil; y útiles son todas las dotes naturales (salud, fuerza, belleza), pero sólo cuando van unidas con la prudencia, por­que de otro modo podrían convertirse en males.

Lo útil, pues, consiste en la pru­dencia, no en las dotes por sí mismas; por lo tanto, la virtud, que es útil porque es bien, no puede ser un don natural. Pero si, por otra parte es ciencia, ¿cómo es que no se halla quien la enseñe? Interviene en este momento Anito, quien sostiene que los maestros de virtud han de ser los po­líticos ilustres. Con todo, rebate Sócrates, ésos no han sabido siquiera enseñarla a sus hijos; luego la virtud no se enseña. Anito, enojado, se va amenazando vaga­mente a Sócrates. Pero éste no se desconcierta y prosigue: ni siquiera los virtuosos están de acuerdo sobre la índole de la vir­tud; y cita a Teognis, el cual, primero deja entender que considera enseñable la virtud, y después profesa considerarla inna­ta y no transmisible. Evidentemente hay otros bienes además de la ciencia; la vir­tud no puede ser más que inspiración; así los virtuosos son inspirados al igual que los adivinos y los poetas, y no pueden en­señar la virtud, como los poetas no pueden enseñar el genio. La virtud es un don ce­lestial, y para descubrir cómo procede en nosotros, sería menester estudiarla bien en sí misma, y así termina el diálogo. Platón llega, en esta obra, a los umbrales de su período llamado «constructivo», el de los diálogos (v. Fedón, Banquete, Fedro, Re­pública) en los cuales será presentada la doctrina metafísica de las ideas y la concepción moral y escatológica que de ella se deriva.

Ya sea que la doctrina de las ideas separadas pertenezca, como se opina en general, a Platón, ya que, como sostiene una reciente interpretación, represente una fase más madura del pensamiento socráti­co, Platón quiere en la conclusión mística del Menón representar el momento de paso entre una doctrina del concepto (de la cual es advertida su insuficiencia intelectualista, puesto que al concepto no puede menos de escaparle el verdadero ser de las co­sas) y la que confiere a las ideas pensadas como entes absolutos el ca­rácter de principio de la realidad. Menos vivo y pintoresco que el Protágoras, puesto que su efecto artístico está en parte sacri­ficado a la claridad de la investigación, el Menón tiene, sin embargo, y en alto gra­do, valor de arte, especialmente por el vi­gor y la elegancia del proceso dialógico, admirable hasta en los puntos en que el contenido de la obra, como en la teoría de la reminiscencia, no puede tener ninguna eficacia científica. [Trad. española de Pa­tricio de Azcárate en Obras completas, to­mo IV (Madrid, 1871) y tomo II (Buenos Aires, 1946)].

G. Alliney