Breve tratado moral, dividido en veinte capítulos, del fraile franciscano español fray Antonio de Guevara (1480?-1545), publicado en Valladolid en 1539. La obra podría situarse dentro del tradicional tópico del Beatusille por ser presentada como una invectiva contra la vida en las ciudades y los palacios y defensa de la aldea y la vida sosegada, quedando así como una manifestación más del espíritu renacentista; pero en este sentido carece de sinceridad — no en vano el autor pasó gran parte de su vida entre los halagos de la corte — y aunque no llega al polo contrario de ser un «menosprecio de aldea y alabanza de corte», aparece a menudo el espíritu medieval del autor que con su absoluta falta de respeto hacia el pasado y hacia la modélica antigüedad clásica, inventa citas, hechos, personajes, autores, mezcla y embrolla los reales y llega en algún momento a ver las ventajas de la aldea tan sólo en que se vive y come mejor y más barato. La obra pudo limitarse a ser un breve sermón didáctico, pero la retórica y sobre todo la atracción y el deleite que sentía Guevara por la palabra la alargan con citas, repeticiones, paralelismo, enumeraciones…, recursos todos propios de un estilo oratorio.
En el prólogo al rey de Portugal confiesa que es el libro en que más ha trabajado después del Marco Aurelio: «en ninguno he fatigado tanto mi juizio, ni me he aprovechado tanto de mi memoria, ni he adelgaçado tanto mi pluma, ni he polido tanto mi lengua ni aun he usado tanto de elegancia», y añade: «todo lo que dixere en este vuestro libro este vuestro siervo no lo ha soñado ni aun preguntado, sino que lo vio con sus ojos, passeó con sus pies, tocó con sus manos y aun oró en su corazón». Abundan conceptos y máximas de origen estoico, sobre todo en los primeros capítulos; así, la afirmación de que la grandeza del corazón consiste en menospreciar lo que más se ama, y dado que la atracción mayor es hacia nosotros mismos, el hombre más grande será el que se menosprecia a sí mismo; el mismo origen tienen su escepticismo y pesimismo ante el mundo y ante los hombres y su aburrimiento. El hombre no se sacia nunca; cuando ya lo ha probado todo sólo encuentra hastío: «en quanto en este mundo bivimos todo lo desseamos, todo lo tentamos, todo lo procuramos y aun todo lo provamos; y al fin, después de todo visto y gustado, con todo nos cansamos y con todo nos ahitamos». No hay que aconsejar a otro tal estado o lugar, sino dejar que elija , él mismo: «do más honestamente se pueda sustentar y do más limpiamente pudiesse bivir y a do más seguramente ossase morir»; en el interior del hombre está la excelencia de un estado o lugar, nos dice en una frase muy semejante a la del final del Buscón (v.) — «poco aprovecha al cortesano que mude la región, si no muda la condición»—; más adelante (cap. XII) encontramos otra frase de idéntico contenido: «el gran descontento que trae no consiste en la corte do bives, sino en el corazón ambicioso que tienes».
A meditar estas consideraciones destina gran parte de los primeros capítulos, en particular el IV, donde, tras atacar el tópico de la vida feliz en la aldea, aparece más claramente su concepto de que la bondad de un lugar reside en el individuo: el hombre según su condición moral hará de la aldea corte o de la corte aldea. En los capítulos V, VI y VII presenta las ventajas de la sosegada vida de la aldea, todas ellas de clara raíz epicúrea. Del VIII al XV describe las inconveniencias, peligros y vicios de la corte, pero sus diatribas salen del primitivo cauce y alcanzan un carácter universal (caps. XII y XIII); por eso acaba atacando al mundo: «poco ay ya en ti, o mundo, que conservar, poco que deffender, poco que gozar y muy poquito que guardar, y por otra parte ay en ti mucho que dessear, mucho que enmendar y aun mucho que llorar»; merecen destacarse en esta parte el capítulo XI, en el cual retrata el ambiente de la corte española, ambiente que corresponde al que reflejan la novela y el teatro posteriores, y el XV, en que se muestra la indefinible atracción que este mundo ejercía sobre el autor: «tiene la corte un no sé qué, un no sé dónde, un no sé cómo y un no te entiendo, que cada día haze que nos quexemos, que nos alteremos, que nos despidamos, y por otra parte, no nos da licencia para irnos». Los capítulos XVI y XVII son una larga serie de ejemplos clásicos, en el primero intentando demostrar la superioridad de las cortes antiguas respecto a las actuales, en el otro acerca de los grandes hombres que abandonaron la ciudad por la vida retirada.
Los tres restantes capítulos, los más retóricos del libro, toman un tono personal; en el primero de ellos, «con delicadas palabras y razones muy lastimosas, llora los muchos años que en la corte perdió»; el problema está en saber hasta qué punto es sincero el desengaño y amargura que ponen de manifiesto sus palabras; el espíritu cristiano no aparece en ningún momento: «muchas vezes me vi en la corte tan aborrido y yo mismo de mí mismo tan desabrido que ni ossava pedir la muerte, ni tomava gusto en la vida»; unas frases nos llevan, con el recuerdo de la famosa cuarteta de Jaime Escrivá, hacia una de sus fuentes, la corriente conceptista del siglo XV: «mi vida no ha sido vida sino una muerte prolixa; mi bivir no ha sido bivir sino un largo morir; mis días no han sido sino sueños enojosos; mis plazeres no fueron plazeres sino unos alegrones que me amargaron y no me tocaron; mi juventud no fue juventud sino un sueño que soñé y un no sé qué que me vi». Los capítulos XIX y XX se limitan a ser una larga amplificación retórica; en el último, despedida del mundo, Guevara se muestra consciente de alcanzar una gran calidad en la prosa al calificarlo de «capítulo muy notable». Esta obra alcanzó gran éxito en Europa, siendo traducida en 1542 al francés, al inglés en 1548, al italiano en 1601, y al alemán en 1604.
S. Beser

