Diálogo atribuido a Platón (427-347 a. de C.). Sócrates refiere a Menexeno un discurso fúnebre compuesto por Aspasia con ocasión de la ceremonia anual en honor de los muertos por la patria. Aspasia, pues, comenzó por remontarse a los buenos ciudadanos que fueron padres de éstos; y de éstos, pasó a alabar la tierra que los, procreó, la cual es bien digna de alabanza, sobre todo porque fue querida por los dioses, y después, porque en el alba del mundo, mientras todas las otras regiones generaban animales salvajes, fue la única que prefirió generar al hombre. Crecidos luego sus hijos hasta llegar a la juventud, los puso bajo la protección de los dioses, que los instruyeron por manera divina. Como resultado de tan noble educación los atenienses tuvieron una constitución civil fecunda en buenos resultados, una selecta aristocracia, en que los mejores eran elegidos sin oposición para el poder, y honrados; y siempre, donde fuese necesario, ellos cumplieron gestas gloriosas: primero contra los invasores de Grecia (las amazonas, los cadmeos) y finalmente en Sala- mina, en el Artemisio, fatídicas batallas que señalaron la derrota de la flota más poderosa de todos los tiempos, la persa, hasta que, en Platea, los últimos avances de las tropas extranjeras fueron destruidos.
Después de la guerra contra los bárbaros estalló, por fatales envidias, la lucha interna entre los griegos. También en ésta los atenienses obtuvieron la palma, resistiendo victoriosamente a la coalición de todos los demás estados griegos; y los que murieron por defender la independencia de los griegos contra otros griegos, son dignos de gloria. Finalmente, los atenienses sólo fueron vencidos por discordias intestinas; pero también por los muertos en la guerra fratricida conviene orar, pues no pecaron por maldad, sino por desgracia. De todas maneras, Atenas resurgió de la vergüenza de su derrota; por otras gloriosas empresas refulgió su gloria y renació su posteridad. Loor, pues, y honor a todos sus muertos. ¿Y cómo los hijos no habían de seguir el noble ejemplo de los padres, que prefirieron la muerte gloriosa a una larga vida abrumada por la vergüenza del deshonor, y al morir, su último deseo fue que un día sus hijos pudieran sobrepujarlos más todavía en virtud? Los padres deben consolarse pensando que los dioses acogieron sus más nobles votos, concediéndoles hijos gloriosos, pues es menester mostrarse dignos de los hijos que murieron como fuertes, soportando virilmente la desgracia, y no abandonándose excesivamente al dolor.
Además somos verdaderamente agradecidos a los difuntos cuando soportamos con resignación nuestro dolor. Tal fue el discurso de Aspasia, a quien Menexeno alaba con entusiástica admiración. En realidad, la oratoria de este discurso es algo pesada. Con todo, hay todavía quien, fundándose en la autoridad de Aristóteles, lo atribuye al propio Platón, suponiendo que lo compuso en respuesta a los oradores que lo acusaban que los tenía en poco porque era incapaz de emularlos. [Trad. española de Patricio de Azcárate en Obras completas, tomo II (Madrid, 1871) y tomo I (Buenos Aires, 1946) con el título Menexenes o del elogio fúnebre].
G. Alliney

