[Meneghin biroeu di ex-monegh]. Famosa composición en dialecto milanés de Carlo Porta (1776-1821) y una de las sátiras anticlericales que muestran más claramente su actitud de censura, siempre íntimamente fundida con un divertido realismo.
En tiempos en que las leyes napoleónicas habían decretado la supresión de las órdenes religiosas, cuatro monjas viven, en el mayor secreto, en casa de un santurrón, continuando con sus prácticas sagradas. Las frecuentan algunos sacerdotes y todo aquel mundillo se desata contra los tiempos modernos: porque se abren escuelas de enseñanza mixta (según el sistema de Lancaster), y la gente mete bulla los sábados, y las jóvenes se visten con poca ropa. Meneghin (v.), que sirve a esas quejumbrosas amargadas, narra él mismo el hecho con toda alegría, como venganza por lo que tiene que soportar. Un día llega de Roma una noticia que suscita un gran escándalo: se trata del gobernador (el hecho ocurrió realmente en 1820) que malgastó el dinero de la Iglesia en juergas y que ha sido denunciado al Papa.
Otros hechos muestran que algún engranaje de la jerarquía eclesiástica funciona mal, con gran consternación de todos los fieles. Es preciso encontrar la causa, y los sacerdotes presentes quieren verla en el poco valor de las velas ofrecidas por los creyentes, demasiado tibios, y en la expulsión de las monjas de los conventos o en la abolición de la Santa Inquisición, o incluso en el Romanticismo. Así esas gentes, en su ejemplar estrechez de miras, siguen acusando gratuitamente a la sociedad moderna: hasta que cierto sacerdote hace maliciosas acusaciones contra el propio Meneghin, pretendido cómplice de tantos delitos mundanos. En este punto el buen servidor no aguanta más, se rebela y devuelve la acusación con tremenda furia: si la religión va mal, la culpa es toda de los sacerdotes, afirma, que buscan dinero en todas partes y por todos los medios sin querer comprender que el mundo sigue avanzando prescindiendo del ceño de aquellos negadores de la vida. En la charla del pueblerino la caricatura adquiere tonos violentos y cáusticos: la comicidad más exagerada surge de su razonamiento, y hace de esta obra una de las composiciones más características de Porta.
C. Cordié

