Máximas de La Rochefoucauld, François de La Rochefoucauld

[Maxi­mes]. Colección de sentencias morales de François de La Rochefoucauld (1613-1680), publicada en 1665.

De la tumultuosa y poco feliz experiencia que culmina, en el pe­ríodo de la «Fronda», en medio de las lu­chas e intrigas narradas en las Memorias (v.), el duque de La Rochefoucauld aporta la amarga sabiduría recogida en más de 500 sentencias breves y sutiles. Tiene a su favor la pasión de la investigación psico­lógica, difundida entre la sociedad selecta, estimulada y guiada por el cartesianismo y, así también, la predilección mundana de que gozaban las «máximas», especialmente en el círculo de su amiga, la señora de Sablé, donde el estudio en torno a los misterios del corazón y la verdadera esen­cia de la virtud humana gustaba de ser resumido en aquella forma espiritual que se nos muestra con tal maestría en el ma­nual de La Rochefoucauld. Sucediéndose en un orden aparente, las Máximas despliegan la más fuerte unidad del pensamiento do­minante y sin cesar repetido: el amor propio, el interés que se dibuja en el fondo de todas nuestras acciones, los sentimientos y la denominada virtud. «Nuestras virtudes no son, generalmente, más que vicios en­mascarados».

De ahí que la amistad, la pie­dad, la honestidad, el pudor femenino, el heroísmo, etc., se descompongan bajo aque­lla mirada despiadadamente escrutadora, re­velando el egoísmo, la debilidad o el cálcu­lo más sutil. «Retrato del corazón humano» llama el autor a su libro; y bien sabe que no osarán condenarlo los creyentes más austeros, que ven en el orgullo el prin­cipal signo de la miseria y de la caída del hombre. Pero si La Rochefoucauld coinci­de con Pascal cuando denuncia el infinito orgullo humano, la fe no le ilumina; su sabiduría es absolutamente mundana y al­canza tan sólo al ideal del «honnête hom­me» de la más consumada y sutil vida de sociedad (para la cual escribió aparte las Reflexiones diversas, publicadas en 1731). La experiencia y la desilusión del gran se­ñor ponen de manifiesto cuanto tenía de desdeñoso, de resentido y de apasionado, que bien logró dulcificarse en las ediciones sucesivas, por influencia de madame de La Fayette, sin que se alterase, no obstante, el principio esencial. Ligado de esta forma a las pasiones del autor, al espíritu de su tiempo, así como a su mundo propio, el libro muestra el osado conocimiento psico­lógico que caracteriza a la literatura fran­cesa del gran siglo, y se empareja con los Pensamientos (v.) de Pascal, el teatro de Racine, precediéndoles, y a las obras maes­tras de su contemporáneo Molière.

A la visión severa e implacable del corazón le da la forma más absoluta la aptitud fran­cesa para reducir el pensamiento a la ex­presión rápida y clara, como una fórmula, que aquí encuentra el ejemplo más rico y feliz. Las Máximas, además de exactas, son penetrantes, luminosas, sin que dejen tras­lucir un atisbo efe preciosismo, que acentúa el carácter altamente mundano y señorial del libro. Al mismo tiempo que brillan por la potencia del estilo, aquel pensamiento pesimista ha fecundado la teoría optimista de Helvetius, que acepta el egoísmo, el amor propio, motor de toda buena activi­dad social siempre que aparece bien dis­ciplinado, de donde surge el utilitarismo in­glés ochocentista. Más cercanos a La Ro­chefoucauld, se sintieron seducidos Scho­penhauer y Nietzsche por aquella amarga y desdeñosa visión del hombre; y también contemporiza con tal aspecto el propio Leo­pardi, como puede apreciarse en algunos de sus Ciento once pensamientos (v ).

V. Lugli

Una de las obras que más contribuyeron a formar el gusto de la nación y a darle un espíritu de exactitud y de precisión. Ha­bituó a pensar y a establecer el pensamien­to en una forma viva, precisa y delicada. (Voltaire)

Como Maquiavelo, La Rochefoucauld con­siguió marcar sobradamente sus observa­ciones, tan penetrantes y duraderas, con la impronta particular de su tiempo. (Sainte-Beuve)

Cada una de sus máximas es como un alfilerazo que desinfla el ideal enfático o la aspiración sobrehumana de la edad que fenece… Las Máximas son como el testa­mento moral de la edad preciosa. (Lanson) La Rochefoucauld es un preciosista poco amable y poco sincero. (Veuillot)

¿Quién era el autor de las Máximas? Un agitador político que reposaba tras las in­trigas fracasadas, junto a algunas damas espirituales. (De Gourmont)

La Rochefoucauld es maravilloso; sabe unir, en su estilo, al valor de la sentencia incontrovertible, la delicia de la libre con­versación. (E. d’Ors)

¿Un moralista? En absoluto. Es un no­velista, cronológicamente el primero de nuestros novelistas. Todo le proviene de su imaginación, de la brusca percepción que él tiene de un sentimiento humano captan­do una visión o una frase. Cada una de sus máximas es un argumento descubierto. En lugar de desarrollar la narración, la re­duce, le da una articulación, la transforma según su carácter. (J. de Lacretelle)