Los Caracteres Morales, Teofrasto

Célebre opúsculo del filósofo, naturalista y erudito griego Teofrasto (si­glo IV a. de C.), discípulo de Aristóteles y sucesor suyo en la dirección del Liceo. Los Caracteres constituyen una especie de galería de retratos morales esbozados muy rápidamente en un estilo elegante pero tan sencillo que resulta monótono, y revelan una penetración muy sutil de la naturaleza humana. Los tipos psicológicos descritos son treinta; entre los principales se notan: el hipócrita, el adulador, el charlatán, el rús­tico, el complaciente, el cínico, el tacaño, el desvergonzado, el falto de tacto, el meticu­loso, el bobo, el grosero, el desconfiado, el sarcástico, el mezquino, el jactancioso, el or­gulloso, el ‘cobarde, el maldiciente, el apro­vechado. El origen de este opúsculo, que por su forma no tiene precedentes en la litera­tura griega, ha dado trabajo a los filólogos, pero sigue siendo problemático. Según una hipótesis muy verosímil, el librito de Teo­frasto no viene a ser sino un apéndice a un tratado teórico de moral del propio autor, que no ha llegado hasta nosotros; es menos probable que los Caracteres fue­sen modelos ejemplificadores de un tratado de retórica. Lo cierto es que están penetra­dos del espíritu cómico y bufonesco del que surgió y se desarrolló la comedia atenien­se, tanto la antigua como la nueva. Los Caracteres fueron imitados por muchos y de manera memorable por La Bruyére; en Italia, es de destacar Gaspare Gozzi. [Trad. de P. V. Fernández (México, 1838, y Ge­rona, 1840) y de N. Estevánez (París, s. a.).]

E. Alpino

*   Les Caracteres de Jean de La Bruyére (1645-1696) fueron publicados en 1688. Se presentó este libro modestamente como ver­sión de los Caracteres morales de Teofrasto, a la que seguían Les Caractéres ou Les moeurs de ce siécle; su parte original au­mentó en las sucesivas ediciones hasta triplicarse en la octava (1694) y hacer casi olvidar el texto antiguo traducido. Es esca­sísima la imitación del griego, hasta en los caracteres o retratos; las reflexiones se emparentan por la forma con las Máximas (v.) de J>a Rochefoucauld y con los Pensamien­tos (v.) de Pascal, y por su sustancia con unas y otros y con los Ensayos de Montaigne. Expuesto su pensamiento literario en el primer capítulo («De las obras del ingenio»), en el segundo trata «Del mérito personal», muy a menudo no comprendido o no recompensado; después «De las mu­jeres», con ternura secreta y ásperas nota­ciones acerca de los vicios del sexo y tris­tes costumbres de sociedad, y «Del cora­zón», oscilando entre el pesimismo de La Rochefoucauld y la necesidad de creer en los hombres, en el corazón humano. Des­pués de haber discurrido acerca «De la so­ciedad y de la conversación», la emprende contra las riquezas mal adquiridas o mal empleadas, dominantes en el mundo («De los bienes de fortuna»); se burla de la bur­guesía vanidosa «De la ciudad»; declara to­dos los graves males «De la corte», obser­vando que, sin embargo, es el lugar donde se acoge toda excelente expresión de la vida.

El capítulo «De los grandes», es a me­nudo una áspera ironía contra tantos que no merecen la verdadera ventaja que es un nacimiento ilustre. Después, casi en el cen­tro del libro, una altísima alabanza de Luis XIV con alguna cauta exhortación («Del Soberano»). Pero el verdadero mora­lista se muestra en el vasto capítulo «Del hombre», al que sigue el «De los juicios». Vuelven las costumbres del siglo en los ca­pítulos «De la moda», «De algunos usos», «Del púlpito». La conclusión («Des esprits forts») apunta contra los incrédulos. Debe­ría ser la justificación ascética del libro; pero, aparte la escasa novedad de los argu­mentos, sacados de Pascal y otros, llegan tarde, después de una larga e insistente pin­tura de la sociedad, cuyo espíritu está muy lejos de hallarse desprendido de la vida te­rrena, cuyos males padece sin la superior resistencia de un verdadero filósofo. Por otra parte, al denunciar con amargura la injusticia, no se atreve a llegar a las causas primeras, al orden políticosocial, que él no querría cambiar: devoto en el fondo de la prudencia conservadora de Montaigne. Por lo tanto, La Bruyére no es un reformador, un precursor de la Revolución, sino un ob­servador apasionado que se duele de las miserias y perversidades de su tiempo. También en el estudio del hombre está lejos de la profundidad de un La Roche­foucauld y de un Pascal, mirando, más que a la única esencia, a las variedades, a las singularidades y deformaciones del in­dividuo. Esta actitud es favorable para el arte; por ella vale en efecto esa obra. Las máximas, que dejan el tono dogmático, se convierten en cuadros, descripciones o con­fesiones. Más felices son los retratos; en ellos La Bruyére es maestro, y ha fijado un género que ha conseguido gran fortuna entre los escritores moralistas de toda Europa.

Es una galería interminable, por la que pasan las condiciones sociales, las profesiones con sus caracteres (los financieros ávidos, los literatos envidiosos, los eclesiásticos mun­danos), los productos del tiempo (el lacayo enriquecido y las varias especies de tipos ya tratados por otros, como el falso devoto Onufro, que es la copia revisada del Tar­tufo, v., de Moliére); siguen tipos más ge­nerales, como el rico y el pobre, el egoís­ta grosero, Cidias el ingenioso, Narciso el afeminado, los atareados que no hacen nada, Arrias que lo ha leído y lo ha visto todo, y un retrato de delicada femineidad (Artenice); después, los coleccionistas diletantes y hasta la gruesa comicidad de Menalcas, el distraído. Fijados en un rápido trazo incisivo o desarrollados ampliamente (Emira es una novela condensada) o con relieve dramático (Glicera es una aguda comedia mundana), agradaron y escandalizaron como alusivos a personajes reales (y a veces es así) pero que viven todavía por el sello del arte, diverso, agudo, siempre renovado. Como en el pensamiento, también en el arte La Bruyére parece suspendido entre lo vie­jo y lo nuevo, entre el respeto a la regla clásica y el estudio de lo nuevo, del escri­bir con gracia, y a esto se inclina lo más a menudo con su lenguaje rico, coloreado, su realismo complacido, su período quebrado, adornado de expresiones ingeniosas, con sus contrastes, con la conclusión bien calcula­da e inesperada. Por este excesivo y evi­dente estudio es escritor inferior a los más eminentes, aunque interesante por sus no­vedades estilísticas, imitadas por los más modernos, y por sus observaciones y su materia, que ofrecerá tantas sugerencias a comediógrafos y novelistas de los si­glos XVIII y XIX. Es manifiesta la influen­cia de este libro en el Osservatore de Gas- pare Gozzi y en los ingleses Addison y Steele (v. Spectator). [Trad. anónima (París, 1768-82), 2 vols.; de P. V. Fernández (Mé­xico, 1838 y Gerona, 1840); y de Francisco Lombardía (Valencia, s. a.)].

V. Lugli

Sus retratos están hechos de tal manera que los veis actuar, hablar, moverse; tanta es la vivacidad y el movimiento de su esti­lo. En pocas líneas pone en escena a sus personajes; en una página agota todo el ridículo de un imbécil, todos los vicios y toda la historia de una pasión. (La Harpe)

El espíritu de La Bruyére es el arte de pintar de manera singular. (Voltaire)

Teofrasto conjetura; La Rochefoucauld adivina; La Bruyére revela lo que ocurre en el fondo del corazón. (Chateaubriand)

También por el estilo La Bruyére está cerca de nosotros. El nombre de estilista parece inventado expresamente para él. (Lemaitre)

Satisface refrescarse de cuando en cuan­do en un estilo así. ¡Cómo está escrito! ¡Qué frases! ¡Qué relieve y qué nervio! (Flaubert)

El defecto de La Bruyére estriba en tener demasiado arte. Los refinamientos y las exuberancias de su técnica de escritor han dado ocasión a que se dijese que en él qui­zás la forma engañaba al fondo. Bajo al­gunos aspectos, el estilo de La Bruyére es de transición entre dos siglos. (Lanson)

La Bruyére, el último venido de la época clásica, es el primero en fecha de los escri­tores modernos… Lo es porque en él la ex­presión alcanza una vida intrínseca, una vida de intensidad superior al pensamiento que está encargado de reproducir: origen de la autonomía del estilo. (Du Bos)

Pinta a los hombres como son; pero la manera como han llegado a ser lo que son, es lo que omite y no le interesa. Sus perso­najes son inmóviles. (A. Gide)

«Sois, con perfecto derecho, el padre de nuestros impresionistas, de nuestros stendhalianos, de nuestros nietzscheanos, de nuestros gideanos, de nuestros autores que siguen la escritura esporádica, de todos nues­tros oficiantes del pensar bullicioso. (J. Benda)