Las Piedras de Venecia, John Ruskin

[The Stones of Venice]. Estudio historicoestético del crítico inglés John Ruskin (1819-1900), pu­blicado en tres volúmenes, con ilustraciones en parte del mismo autor, de 1851 a 1853. La obra, aparecida también en 1879 en edición reducida, comenta «piedra por piedra» los principales monumentos de Venecia, de Torcello y de Murano, en particular San Marcos y el Palacio Ducal.

Preceden y al­ternan con las páginas que tratan en par­ticular de los distintos edificios, considera­ciones generales sobre los diversos estilos arquitectónicos que florecieron en Venecia, y digresiones morales sobre los acontecimientos de la historia política y cultural de la República. Cierran la obra apéndices analiticodescriptivos. Más que en las mu­chas noticias históricas y eruditas sobre los monumentos, el interés de la obra reside en la feliz y original interpretación del valor esencialmente colorista de la arquitectura veneciana en sus más típicas expresiones. Color, para Ruskin, no significa sólo es­plendor de tintas variables con los reflejos del agua y de la atmósfera, sino también improvisación constructiva, afición por lo disimétrico, variado, irregular como la mis­ma vida; cualidades que el autor ve reali­zadas por excelencia en la arquitectura me­dieval bizantina y gótica, y cada vez más diluidas, por el contrario, en la del Renaci­miento, sujeta a la fría regularidad y per­fección de los preceptos de Vitrubio.

De ahí el gran interés para la historia de la moder­na crítica de arte, de páginas como las que se refieren a la basílica de San Marcos, las más elevadas e inspiradas que Ruskin dedi­có a un edificio del pasado, sin excluir las catedrales góticas de Francia, que tanto amaba. Aunque presuponga una viva sensi­bilidad artística, la exaltación de la arquitectura «viva» de la Edad Media se en­laza estrechamente, en el pensamiento del escritor, con sus conceptos generales sobre el arte, la moral, la religión y sus relaciones recíprocas. Es cardinal en la estética ruskiniana la distinción, formulada en un cono­cido pasaje del libro, entre la ciencia, que se interesa en las cosas por sí mismas, y el arte que las considera sólo según las impre­siones producidas en el sentimiento y el corazón del hombre. El espíritu científico, el orgullo intelectual, es, por lo tanto, funesto para el arte, que, por el contrario, nace espontáneamente de la pura religiosidad, de la humildad y sinceridad del corazón.

Re­cogiendo y desarrollando una tesis ya enun­ciada en las Siete lámparas de la arquitec­tura (v.), el libro quiere precisamente de­mostrar cómo la gradual decadencia de la arquitectura en Venecia, después del flore­cimiento medieval (desde el arte lombardo, todavía impregnado de esencias romántico- bizantinas, hasta el pleno Renacimiento de inspiración clásica y romana, y el gusto por lo grotesco del Manierismo), sigue el mismo ritmo que la disminución de la fe cristiana y el aumento de la riqueza, de la inmora­lidad y del orgullo político y comercial de la Serenísima República. Pese a los as­pectos discutibles de esta tesis y a la grave incomprensión del arte del Renacimiento (debida sobre todo a prejuicios de orden moral y una declarada aversión de protes­tante por el «papismo» romano), no puede negarse importancia a la aportación de Ruskin por la revalorización de las artes figurativas de la Edad Media italiana (v. Mañanas de Florencia).

En el campo de la práctica constructiva, la obra de Ruskin representa una contribución notable en la adopción del neogótico en las construcciones inglesas contemporáneas. En fin, tiene sin­gular importancia el capítulo sobre la «Na­turaleza del Gótico» — editado también se­paradamente — por los puntos de contacto con el movimiento prerrafaelista (v. Prerra­faelismo). [Trad. española de la «España Moderna» (Madrid, 1912) y de Carmen de Burgos (Valencia, s. a.)].

G. A. Dell’Acqua