Las Pasiones del Alma, René Descartes

[Les passions de l’áme]. Es el último escrito filosó­fico y el único que se refiere directamente a les problemas de la vida moral, que René Descartes (1596-1650) publicó en el año 1640.

Fue compuesto originariamente en francés, para la princesa Elisabeth, hija del elector palatino Federico V, con la que Des­cartes había tenido activa correspondencia epistolar. La princesa, inteligente discípula suya y aguda crítica, le había observado: «Los sentidos me demuestran que el alma mueve al cuerpo, pero no de qué modo suce­de esto, y por lo tanto, pienso que debe haber algunas propiedades del alma que los son desconocidas y que tal vez puedan desvir­tuar las razones acerca de la inextensión del alma», aducidas en las Meditaciones Me­tafísicas (v.).

Tal vez fuese justamente para ver más claro en las relaciones del alma con el cuerpo por lo que el autor toca en este tratado un tema concerniente a la vida moral, de que se había abstenido hasta en­tonces por razones de prudencia.

El tratado está dividido en tres partes, en 212 artículos o párrafos. El alma es agente en sus voliciones, las cuales terminan o en el alma o en nuestro cuerpo. Es un error creer que sea el alma la que da movimiento y calor al cuerpo; de ella proceden los pensamien­tos, mientras todos los movimientos y las acciones que tenemos en común con los animales proceden de nuestros miembros y de nuestros espíritus excitados por el calor del corazón.

Al alma debemos atribuir las acciones voluntarias que no dependen sino de ella, y sus pasiones que proceden de la representación de los objetos exteriores. Las imaginaciones formadas por el alma son más acciones y pasiones; mientras los de­más tienen por causa nuestro cuerpo.

Al cuerpo referimos las percepciones de nues­tros apetitos naturales (hambre, sed, etc.); otras las referimos solamente al alma, pues no conocemos de ellas otra causa próxima (alegría, cólera y otras semejantes). Son pasiones del alma, por lo tanto, «las percep­ciones, emociones, sentimientos del alma que son referidos esencialmente a ella, cau­sadas, mantenidas y reforzadas por algún movimiento de los espíritus (vitales)».

El alma está unida a todas las partes del cuerpo mediante la pequeña glándula pi­neal del cerebro. La residencia de las pasiones no está en el corazón, aunque éste experimente las alteraciones de las pasiones. Éste tratado se extiende acerca de las condiciones orgánicas que acompañan a las manifestaciones de las pasiones (refle­jos sobre el estómago, el hígado, los latidos del pulso, etc.) y acerca de la fisonomía psicológica de las pasiones más sencillas y elementales, ejemplificando la manera cómo el alma y el cuerpo actúan la una sobre el otro y recíprocamente, por intermedio de la glándula pineal; acerca del poder del alma sobre el cuerpo y las propias pasiones y acerca de lo que le impide dominarla enteramente; en qué consiste la lucha que se imagina entre la parte inferior y la superior del alma (atribuibles a la resis­tencia del cuerpo, que repugna a la razón).

Investiga después, en la segunda parte, las pasiones estudiadas desde el interior, que define y aclara: la maravilla, el amor, el odio, el deseo, la alegría, la tristeza; exa­mina las alteraciones de nuestro cuerpo mientras el alma es agitada por ellas, y los signos exteriores de esas pasiones (en los ojos, el rostro, cambio de color, temblor, etcétera); examina después por qué la risa no acompaña a las grandes alegrías y en cambio a veces se une a la indignación; la psicología y la fisiología de las lágrimas y de los suspiros, la utilidad y finalidad de estas pasiones en cuanto se refieren al cuerpo y en cuanto pertenecen al alma («todas son útiles en cuanto al cuerpo, por­que el alma es advertida inmediatamente por ellas de lo que perjudica al cuerpo… y de las cosas útiles para él, por una espe­cie de cosquilleo excitado en ella por la alegría que origina el amor de lo que se cree ser su causa…»); en fin, los deseos ex­citados por estas pasiones, dependientes para su satisfacción de nosotros mismos, o del azar, o de nosotros o de otros.

Nuestro bien y nuestro mal dependen principalmente de las emociones internas, que no son excitadas sino por el alma. El ejercicio de la virtud es remedio soberano para frenar las más violentas pasiones. La tercera parte del tra­tado somete a examen pasiones particulares clasificadas como especies, de las que las seis principales son las subespecies: estima y desprecio, generosidad; humildad virtuosa (y la viciosa), orgullo, veneración, enojo, esperanza y temor, celos, ardor, emulación, miedo, cobardía, envidia, compasión, satis­facción de sí, remordimiento y arrepenti­miento, gratitud e ingratitud, cólera, ale­gría.

Una acción directa del alma para mo­derar los excesos de las pasiones no siempre es posible, pero «lo que puede hacerse siempre cuando se siente hervir la sangre es ser cautos y recordar que todo lo que se presente a la imaginación tenderá a enga­ñar al alma y hacerle parecer las razones i que tienden a favorecer al objeto de su pasión mucho más fuertes de lo que son, y las que tienden a disuadirlo mucho más débiles».

Será bueno diferir toda decisión bajo el impulso de las pasiones, y cuando esto no sea posible, considerar las razones que se opongan a las inculcadas por las pa­siones, aunque parezcan débiles. La inter­pretación de las pasiones como juego nor­mal psicofísico, y de la moralidad como racionalidad — de que se hallan otras mues­tras en otras obras de Descartes —, es uno de los principales méritos de esta obra; conceptos que serán vueltos a tratar y desarrollar en la Etica (v.) de Spinoza, quien estudiará las pasiones con el mismo despego mental con que se estudian las pro­piedades geométricas, como producto natural de la unión del alma con el cuerpo, y por lo tanto como un bien por sí mismas.

Así, la heterogeneidad absoluta, proclamada por Descartes, del alma-sustancia pesante y del cuerpo-sustancia extensa, que no pue­den obrar una sobre otra, no impide que el alma, relegada a una porción mínima de la sustancia cerebral, entre en relación con los «espíritus animales» y reciba por medio de ellos informaciones sobre lo que sucede en el cuerpo, sobre los movimientos de los órganos corpóreos y los cuerpos exte­riores, y transmitiendo, por su mediación, órdenes a los nervios y a los músculos, y dirigiendo así el movimiento del organis­mo; y más todavía; que las excitaciones de los espíritus vitales provoquen perturba­ciones en la glándula pineal y, por lo tan­to, en el alma, esto es, en las pasiones.

En general la correlación entre el alma y el cuerpo, a pesar de ser sustancias heterogé­neas, se muestra tan profundizada y segura en este tratado de historia natural y de higiene de las pasiones, que Descartes anun­cia aquí ya la psicofisiología. Pero es en vano que busquemos nosotros la coherencia en esta «rerum concordia discors», si el autor mismo debió confesar (carta a la princesa Elisabeth): «No me parece que el espí­ritu humano logre concebir bien distinta­mente, a la vez, la diferenciación entre el alma y el cuerpo y su unión, esto es, conce­birlos como una sola cosa y al mismo tiempo como dos: lo cual es contradictorio».

La fisiología de Descartes se halla aquí en retraso respecto a la de su contemporáneo Harvey al considerar el corazón como re­ceptáculo de calor que dilata la sangre, la cual penetra en el corazón y pasa a los vasos. La falta de experiencia en sus ideas científicas es evidente en este tratado.

G. Pioli