Las Catilinarias, Cicerón

[Catilinariae orationes]. Son cuatro entre los Discursos (v.) de Cicerón (106-43 a. de C.), pronunciadas durante su consulado del año 63 contra Ca­tilina, que maquinaba derribar, mediante un golpe de Estado, el régimen republicano. En la primera [«In Catilinam oratio prima»], pronunciada ante el Senado el 8 de noviem­bre en presencia de Catilina, le invita a de­jar la ciudad, puesto que todos sus planes están descubiertos. En la segunda [«oratio secunda»], del 9 de noviembre, tras la fuga del revolucionario, se dirige al pueblo poniéndole en guardia contra la presencia de conjurados que han quedado en Roma y que él se apresurará a desenmascarar. En efecto, en la tercera [«oratio tertia»], del 3 de di­ciembre, pronunciada ante el Senado, Cice­rón descubre a las personas complicadas, que él ha logrado identificar, gracias a la delación de los alóbroges. Los conjurados son arrestados y la patria es declarada fuera de peligro. En la cuarta [«oratio quarta»], del 5 de diciembre, al deliberarse en el Se­nado sobre el castigo que debía infligirse a los conjurados, inclinándose César por la indulgencia y Catón por la pena de muerte, Cicerón, tras examinar todas las opiniones, y aun sin pronunciarse por la pena de muer­te, se declara dispuesto a asumir toda la responsabilidad de la misma: de este modo, los catilinarios fueron ajusticiados. Las cua­tro oraciones, las más famosas de las con­sulares, fueron escritas más tarde, a base de los apuntes, y se consideran fieles trans­cripciones de las oraciones pronunciadas. Nada han perdido de la fuerza, de la viva­cidad, del ímpetu con que Cicerón, encontrándose en medio de una lucha dramática de clases y de partidos, logró dominar los acontecimientos llegando al extremo de aho­gar en sangre la sublevación mediante un procedimiento anticonstitucional y cargando con la responsabilidad de todo. En esto, obrando siempre de buena fe, se vio envuel­to en una lucha contra adversarios taimados y poderosos, que obraban en beneficio pro­pio, mientras que él sólo obraba en nombre de la salvación de la patria, hasta que al fin, por haberla defendido muchas veces de los repetidos ataques de los antirrepublica­nos, hubo de sufrir el destierro, enemista­des, odios y finalmente la muerte.

F. Della Corte

Tanta es la autoridad de sus aseveracio­nes que no se puede disentir de él sin rubor, y él pone a contribución no ya el celo de un abogado, sino la fe de un testigo y de un juez. (Quintiliano)

El miedo hizo a M. Tulio padre de la pa­tria, el miedo le hizo fecundo. Cicerón es­cribió las Catilinarias cuando sus enemigos clamaban: Catilina ha sido arrestado injus­tamente. Aquella vehemente acusación es una defensa, y por esto es tan vehemente. (Tommaseo)