La Voluntad de Poderío, Friedrich Nietzsche

Ensayo de una inversión de todos los valores [Der Wille zur Macht. Versuch einer Umwertung aller Werte]. Obra filosófica de Friedrich Nietzsche (1844-1900), publicada póstuma, parte central de una gran obra proyectada que debía contener el completo sistema filosófico nietzscheano.

Pero el genio va­riable e inconstante de Nietzsche no podía soportar el permanecer encerrado en la prisión de un sistema. Comenzada muy tarde (1888), su Voluntad de poderío ha quedado como esbozo mal terminado. Después de tantos ensayos y aforismos, había querido levantar una construcción completa, pero ésta no había de superar el fragmento, y de este modo también entraba en la forma habitual de su obra. El pensamiento del poderío había surgido en Nietzsche muy tempranamente. Ya su Dionisos (v. El naci­miento de la tragedia) es un dios combativo, y muchas profundas observaciones filosó­ficas nacen del deseo mismo de ocultar su propio deseo de potencia. Igualmente su filosofía de la historia estaba fundada en la lucha entre amos y esclavos; y su concep­ción social, sobre la lucha entre la aristo­cracia y las masas.

Pero todo esto permane­cía todavía disperso; él dejaba expresadas solamente irradiaciones de la voluntad de poderío. Más tarde emprendió su estudio directo y completo convirtiéndola entonces, él, negador de Dios, en la cosa en sí, en lo absoluto. Su concepción se enlaza con El mundo como voluntad, y como representa­ción (v.) de Schopenhauer, pero sobrepa­sándolo y transformándolo. La voluntad de Schopenhauer no admitía nada fuera de sí misma, se llamaba «voluntad de vivir», pero como vivir significaba querer, era, pues, una voluntad de querer. Frente a semejante absoluto vacío y vago que se devora a sí mismo, Schopenhauer no conse­guía sino, necesariamente, una posición pesimista. Én Nietzsche, que tenía, en cam­bio, un temperamento y un ritmo interior de ebriedad optimista, la voluntad aspiraba a un objeto definitivo para alcanzar, junto con aquélla, una alegría intensa.

¿Cuál será ese objeto? Puesto que no existe nada fuera de la voluntad, habrá de ser una parte de la voluntad misma, la cual será superada por otra parte suya, y el gozo de esa volun­tad superior consistirá precisamente en do­minar la voluntad que se había convertido en inferior suya. Vemos aquí que en Nietzs­che (sin que tampoco él, a pesar de toda su perspicacia, lo haya advertido) se unen dos corrientes: la una es la creencia en el progreso rectilíneo del siglo XIX, porque nos hallamos ante un proceso en que una voluntad siempre nueva triunfa so­bre una voluntad inferior (Nietzsche detes­taba a Rousseau, pero en el fondo su vo­luntad de poderío presupone también una Naturaleza buena: la vida está en continuo progreso); la otra es la corriente romántica y nocturna, que a la idea de progreso opone la de una decadencia: cada forma superior de la voluntad no puede crearse sino ha­ciendo de la precedente su esclava y echán­dola de este modo a la noche de la tristeza y del olvido: el dominio no tiene piedad. Estamos aquí lejos de Schopenhauer.

El Superhombre era ya la aplicación de esa metafísica, en antropología; en su sistema final, Nietzsche se ocupa menos de esto, intentando ante todo fundar una teoría del conocimiento. Nuestra razón, según él, no es un instrumento para hallar la verdad, sino una creación de la voluntad para ob­tener lo más eficazmente posible el dominio de las cosas; lo mismo se puede afirmar de la abstracción: así cuando decimos «árbol» reunimos en un solo concepto todos los árboles que hemos visto, y tomamos pose­sión de todos de una sola vez. Igualmente nuestra lógica y hasta el principio de iden­tidad no tienen fundamento en las cosas, sino que son un medio para subyugarlas. De todo esto, como de la Estética y de la Física, que habrían formado parte de aque­lla obra capital, no tenemos más que frag­mentos, aunque suficientes para dejarnos entrever las deficiencias del sistema total. Más todavía que en Schopenhauer, el cual se apoyaba en el dualismo de la voluntad y la representación, el mundo de Nietzsche se muestra demasiado simplificado. Nietzs­che se asemeja a uno que corriendo arre­batado por Amok, no ve más que el po­derío.

Y al fijar la mirada sólo en la dominación, pierde su interés tanto por el ser que domina como por el que es domi­nado. Con todo, los dos tienen un ser; también lo tiene (el cristiano diría: sobre todo) el que sucumbe. Nietzsche no se plan­tea siquiera el problema acerca del grado de existencia o no existencia de aquella parte de voluntad que se ha mostrado como la más débil. Hipnotizado por la idea del poderío ve solamente las tentativas del débil para arrancársela al más fuerte y apo­derarse una vez más de ella, cosa que a fin de cuentas provoca un caos y una in­quietud continua comparables a la del mun­do de Schopenhauer. Nietzsche olvida que la dominación, por sí misma, es sólo una rela­ción, como lo era. en la vieja lógica, la causalidad. Si se hace abstracción de las dos esencias (del dominante y del domi­nado), la dominación es la nada. Su filoso­fía va a parar a lo más odiado y despreciado que existe: el nihilismo. El dominio en él no llega a ser nunca una «potestas» en el sentido romano de la posesión tranquila y justificada, de la que gozan al mismo tiempo el que la ejercita y el que la padece.

Y si ya en el Príncipe (v.) de Maquiavelo apa­recía este peligro, puesto que él buscaba demasiado conscientemente el poderío, mu­cho mayor aparece en Nietzsche, quien se proponía hacer del poder no sólo el centro de la política, sino del Universo. ¡Cuántas cosa9 escapan a su mirada a causa de su frenético monismo! Él no ve las cohabita­ciones estáticas, las convivencias en que nadie piensa en ejercer su voluntad de poderío sobre los demás; no considera las distancias, por las cuales cada elemento ignora la existencia de los demás. De manera que su sistema ofrece demasiadas la­gunas. Por su propósito de dar precedencia a la vida, él, quizás por su rigidez, se ha alejado de ella más que nunca lo hicieran el racionalismo de Descartes y el idealismo de Platón. Pero, como todo monismo, su teoría es grandiosa y magnífica, poderosa síntesis de todos los motivos de los grandes filósofos alemanes, que en él aparecen lleva­dos a sus consecuencias extremas.

El criti­cismo de Kant había sido un estudio acerca de los límites de la razón, mientras Nietzsche en su crítica llega hasta las raíces de la razón. Allí se convierte en el verdadero Superhombre que4ia superado la humanidad y ha llegado a ser capaz de juzgarla y juz­garse como desde un «más allá» y del cual tanto tenemos [que aprender todavía. Por lo demás, aunque su sistema queda embrio­nario, será menester siempre reconocer que a fines del siglo \XIX Nietzsche fue el pri­mero en descubrir, el papel que iba a tener la fuerza en el siglo XX. ¿Ha sido él, como así lo soñaba, el legislador que ha creado con su genio las ideas\el tono, el clima del porvenir o lo ha presentido y adivinado únicamente? También en este último caso su mérito sería enorme, por haber dado una toase metafísica a lo que no era o no es evidente sino en la experiencia política o económica. Él, el mayor realista, ha hecho de esa realidad una Idea central que da a esa oscura y trágica realidad, enlazándola con un absoluto, una justificación religiosa. [Trad. española de Eduardo Ovejero en Obras completas, tomo VIII (Madrid, 1932)].

F. Lion

Se me comprenderá después de la próxima guerra europea. (Nietzsche)

Nietzsche {irrumpe en la filosofía alemana como a fines del siglo XVI surgen en el mundo español los filibusteros; una caterva salvaje de «desesperados», audaces, indis­ciplinados, sin nación, sin señor, sm rey, sin bandera, sin patria y sin fe… Turbador apasionado de toda forma de «tranquilidad gris», de toda comodidad, no tiene otro deseo sino el de saquear, destruir la ordenación de la propiedad, la segura paz gozosa de los hombres, de difundir con el fuego y el terror aquel estado de vigilia que para él es precioso, como para los hombres de la paz es precioso el sueño gris y tétrico. (S. Zweig)