La Profesión de Fe del Vicario Saboyano, Jean-Jacques Rousseau

[La professión de foi du vicaire savoyard]. Se trata, en realidad, de un pasaje del libro IV del Emilio (v.) de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), pasaje que, eso sí, constituye un todo en sí mismo, relacionado muy lejanamente con la obra en donde aparece incluido; de hecho, repe­timos, sólo es una obra dentro de otra y su alcance se revela mucho más general que el de dicho tratado educativo, existiendo la costumbre, ya desde el siglo XVIII, de considerar la Profesión como obra aparte.

En el libro IV del Emilio, Rousseau aborda el problema de la educación moral y reli­giosa del joven que acaba de cumplir dieci­séis años. A tal fin, examina, sucesivamente, el nacimiento de los sentimientos y más particularmente los de la amistad y la pie­dad, y, después, el aprendizaje del conoci­miento de los hombres en torno de dos temas: la utilidad de la historia bien com­prendida, o sea, cuando ante todo es el re­lato de la vida de los grandes hombres, y la de los mitos, para, finalmente, llegar a la educación del alma y hacerse entonces la pregunta de qué deberá creer Emilio (v.). El planteamiento de este problema lo lleva a cabo Rousseau de Un modo muy vivo; supone que el Vicario conduce a su alum­no hasta la cima de una montaña desde la que se divisa un magnífico panorama, el del valle del Po. Una vez allí, el Vicario explica a Emilio que la contemplación de aquel paisaje lleva de la meditación y la adoración — como le ha ocurrido a él mis­mo —, a descubrir los principios de la reli­gión natural.

Este personaje, el Vicario saboyano, le fue sugerido por un recuerdo de su propia vida, como Rousseau confirma en las Confesiones (v.) cuando declara que el «ori­ginal del Vicario saboyano» era un tal señor Giame, preceptor en una casa aristocrática, «joven todavía y poco conocido, pero lleno de buen sentido, de clara inteligencia y uno de los hombres más honrados que he tratado». Rousseau afirma que incluso «sus máximas, sentimientos y consejos fueron los mismos» que los que él pone en boca de su Vicario saboyano. Frente a Emilio, el Vica­rio comienza, pues,, por exponer el medio que él ha utilizado en su intento de alcan­zar la verdad y el camino que para ello ha seguido. Le explica las razones que infil­traron la duda en su alma. En principio, enfrentándose con los filósofos, se sorprendió de la disparidad de sus opiniones, pero pron­to se le ocurrió pensar «que la insuficiencia del espíritu humano era la causa principal de esta prodigiosa diversidad de sentimien­tos, y el orgullo, la segunda»; al mismo tiempo, los contactos con sus obras, en vez de librarle de las dudas sólo sirvieron para aumentárselas.

Era evidente que sólo podía poner claridad en sus ideas a la luz del principio de evidencia. De este modo llegó a una doble certidumbre: la existencia del hombre, que existe, no porque piensa, sino porque siente; del hombre, que «es» por sus sentidos, los cuales son impresionados por los objetos exteriores. La existencia de los sentidos prueba, pues, no sólo la existencia del hombre que es sensible, sino la de la materia que obra sobre sus sentidos. Prosi­guiendo el examen de esta dualidad, el Vi­cario descubre que la diferencia esencial entre el hombre y la materia estriba en que el primero está dotado de acción propia, en tanto que la segunda, inerte, sólo puede ser movida por un impulso exterior a ella. De aquí se deducen dos principios. Primero que, puesto que el mundo está en movi­miento, «hay una voluntad que mueve el universo y anima la naturaleza» y, segundo, que, puesto que la materia es movida según ciertas leyes, existe una inteligencia supe­rna.

Se puede, por lo tanto, por el solo «sen­timiento interior» adivinar la existencia de Dios, como así se enuncia en el Credo que sigue: «Creo, pues, que el mundo está gober­nado por una voluntad poderosa y sabia: lo veo o, mejor dicho, lo siento». Todo lo que se puede saber se integra en esta simple evidencia, comparable a la que puede lograr un hombre «que viese por primera vez un reloj destapado y que no dejase de admirar su maquinaria, sin haber conocido su uso ni visto nunca la esfera». Y Rousseau rea­nuda, en un sentido más restringido, el argumento de la apuesta de Pascal (v. los Pensamientos de Pascal), para responder a Diderot, que afirmaba que la vida y todos los seres orgánicos se habían originado de un «chorro de átomos» en armonía con la ley de probabilidades. Bastaba, por lo tanto, suponer una cantidad de chorros suficientes para llegar a la combinación que justamente había cristalizado en realidad. A lo que Rousseau respondía: «¿Y cuántos de estos chorros son necesarios suponer para alcan­zar la combinación verosímil? Para mí, que únicamente veo uno sólo, tengo el infinito para apostar contra uno, a que su producto no es de ningún modo efecto del azar»/ A esto se limitan todos los conocimientos metafísicos que podemos adquirir.

No sólo las hipótesis de los filósofos y de las religiones son contradictorias, sino también vagas, ya que permanecen indemostrables, cauteri­zándose por ser completamente gratuitas. ¿Qué idea, sin embargo, podemos hacernos razonablemente del universo y del lugar que el hombre ocupa en él? Nos basta saber observar, para ver que el hombre es el rey de la tierra, que es superior a los animales, que los domestica, y a las fuerzas natura­les, que logra encauzar. Y esta superioridad reside en el pensamiento. Pero el hombre, rey de la tierra, sólo es un esclavo de la sociedad; aquí es donde hunde su raíz el mal, cuyo único responsable es el hombre. En tanto que sustancia inmaterial, el hombre goza de libertad, siendo el único responsable de sus actos. Sometido a las leyes de la naturaleza, emprende el verdadero camino y ningún mal puede nacer de él. Y puesto que hay un Dios, que necesariamente es un Dios justo, esta parte inmaterial del hombre será recompensada por Él según sus méritos, al tiempo que los malvados, que no siempre son castigados en la tierra, recibirán inevi­tablemente su castigo en el más allá.

El alma, por tanto, es inmortal. Pero de este Dios, teóricamente, no podemos decir nada, por imposibilidad de concebir su grandeza. No obstante, los hombres podemos deducir del principio de evidencia, sus cualidades necesarias: Dios es el creador de todas las cosas, y eterno, inteligente, bueno y justo. Estas convicciones, bien arraigadas, permi­ten al Vicario saboyano deducir una moral. «Siguiendo siempre mi método, no extraigo las reglas de los principios de una elevada filosofía, sino que las encuentro escritas con caracteres indelebles por la naturaleza en el fondo de mi corazón»; «corrientemente, la razón se equivoca y sólo nos queda el derecho de recusarla, pero la conciencia jamás se equivoca; ella es el auténtico guía del hombre». Y, consecuentemente, añade: «todo lo que siento que es bueno, es bueno, como es malo todo aquello que siento ser malo»; gracias a la conciencia, el hombre encuentra su felicidad en la práctica de la virtud. Inútil indagar cuál pueda ser la naturaleza de la conciencia,, tratando de sa­ber, por ejemplo, si es innata o adquirida; basta que la sintamos en nosotros mismos.

Llevado de un impulso místico, el Vicario improvisa espontáneamente un himno a la conciencia. Asegura que cuando el hombre se dirige a Dios, no debe importunarlo con sus demandas, sino loarlo y reverenciarlo sin cesar por haberle dado «la conciencia de amar el bien, la razón para reconocerlo, y la libertad para elegirlo». ¿Cuál deberá ser la actitud de Emilio respecto a estos dog­mas? De lo ya expuesto, se desprende una religión «natural» en las bellezas y la armo­nía de la naturaleza; es la voz de la con­ciencia. Las revelaciones directas, esas que nos proponen, son de toda evidencia obra de los hombres, ya que «desde que los pueblos empezaron a hablar de Dios, cada cual lo hizo a su modo, poniendo en sus labios lo que quiso». De aquí las contradicciones, las diferencias que separan las distintas religio­nes. El culto «que Dios pide es el del cora­zón, culto que es uniforme y universal». De todas formas, sus preferencias se dirigen hacia el cristianismo: «Reconozco que la grandeza de las Escrituras me asombra; la santidad del Evangelio habla a mi corazón».

A su juicio, es incuestionable que si «la vida y muerte de Sócrates son las de un sabio, la vida y muerte de Jesús son las de un Dios». El Vicario saboyano define, en conclusión, la actitud que deberá adoptar: servir a Dios en la simplicidad de su cora­zón, no dar importancia a los dogmas («el culto esencial es el del corazón»), postrarse ante la «majestad del Ser supremo»; con sus semejantes, practicar la tolerancia, y consigo mismo, escuchar la voz de su conciencia y practicar la virtud. La profesión de fe del Vicario saboyano es, pues, una efusión lírica frente al espectáculo de la naturaleza. Iba dirigida directamente contra los filósofos, contra Voltaire y, sobre todo, contra Diderot y sus amigos. Igualmente se dirigía contra la religión revelada, que Rous­seau se sentía en condiciones de enjuiciar. La afirmación de esta fe, desgajada de todo dogma preciso, y la convicción sentimental, hecha toda de efusiones, armonizaba con su tiempo.

La profesión conoció en seguida un clamoroso éxito, suscitando un profundo movimiento de ideas religiosas y restable­ciendo, si no la religión, al menos la reli­giosidad en numerosas almas. Pero no fue sólo en el terreno religioso donde esta obra influyó; también lo hizo sobre las costum­bres y la literatura, y de un modo duradero. Más que sus contemporáneos, fueron ciertos revolucionarios — entre ellos, de modo es­pecial, Robespierre (v. Sobre el Ser supremo)— y, sobre todo, los primeros románti­cos, quienes verdaderamente vivieron los principios expuestos por Rousseau. La pro­fesión de fe perdura aún en nuestros días entre las más bellas páginas de Rousseau y, literariamente, de las mejor logradas.