[Le irreligión de l’avenir]. Obra sociologicofilosófica publicada en 1887 por Jean-Marie Guyau (1854-1888), filósofo francés vitalista, cuya doctrina se mantiene en una actitud intermedia entre el evolucionismo y el espiritualismo francés de fines del siglo XIX.
La obra está considerada como la más importante de Guyau, que, a pesar de la brevedad de su vida, escribió mucho. Una amarga experiencia de dolor por un lado y la visión evolucionista por otro, determinan en el autor la convicción de que los cielos están vacíos de dioses y que la fe dogmática está destinada a desaparecer; pero, a pesar de la audacia del título y de su decidida negación del Dios revelado, el libro nos descubre una intuición interna y personal de lo divino. La obra se inicia con un estudio sobre la génesis de las religiones, puesto que, para Guyau, -incluso la religión se desarrolla según las leyes de la evolución universal. Primeramente el hombre presta vida a las cosas, imagina el mundo natural como una sociedad de cuerpos vivos; así nace el fetichismo, al cual sucede el animismo cuando se concibe la naturaleza, no ya animada por cuerpos vivos, sino por espíritus. De la idea de espíritu a la idea de divinidad y de milagro no hay más que un paso. Entonces surge el culto como una necesidad de apropiarse la voluntad de los espíritus y de las divinidades. Poco a poco el culto se idealiza; las ofrendas materiales son sustituidas por ofrendas simbólicas y morales, porque el hombre siente una dependencia que ya no es física, sino psíquica y moral con las potencias cósmicas: Dios es la infinita necesidad de amor del hombre, es la necesidad de tener un Padre que nos ame en el cielo.
Pero después de este secular proceso de elevación religiosa y después de la formación de las grandes religiones reveladas, hoy nos encontramos, según Guyau, en una fase de disolución de la fe dogmática; cada vez más, va abriéndose camino la duda religiosa, y el progreso intelectual, industrial y científico suprime toda fe en el milagro y en la Providencia, sustituyéndolos por un oráculo interno y único: nosotros mismos y nuestros pensamientos. Solamente las mujeres y los niños son aún en nuestros días — dice Guyau — verdaderos ortodoxos por su carácter amante de la tradición y de la certeza. Pero la humanidad, libre de moverse con el pensamiento, llegará a una anomía religiosa cada vez más general, que no hay que confundir con el escepticismo, porque solamente excluye la Revelación externa y no la intuición interna de la Divinidad. Las antiguas comunidades religiosas serán sustituidas por asociaciones de inteligencias para la fe en la verdad, de voluntades buenas para la fe en la caridad, de sensibilidades para el culto de lo bello.
La única metafísica, aparte de todo credo religioso y de toda hipótesis filosófica, consistirá en sentir lo divino inmanente en nuestra voluntad de amor, en nuestra fe en el progreso, en practicar una vida intensa y rica que ya es más que vida. La inmortalidad que la religión ya no asegura, queda asegurada por nuestras obras; nuestra actuación trasciende a nuestra vida, nuestras esperanzas sobreviven en nuestros hijos. La santidad de nuestro obrar, la inteligencia de nuestros pensamientos disuelve la individualidad en la continuidad de las generaciones que se transmiten de una a otra la antorcha del Bien. La vida individual continúa en la especie su obra de amor. Así, a través de páginas en las cuales se revela su ardiente anhelo de eternidad, el autor desemboca con una fe serena y segura en una nueva religión de la Bondad y en el reino del Espíritu.
G. Sborgi

