La Ciencia Nueva, Giambattista Vico

[La scienza nuova]. Obra de Giambattista Vico (1668-1744). Podría decirse en cierto sentido que Vico de­dicó su vida entera de pensador a meditar y corregir, escribir y volver a escribir la Ciencia nueva. En realidad no se haría otra cosa que parafrasear lo que en 1725 escribía él mismo: que la obra le había costado «sus veinticinco años de continua y ardua me­ditación». Con todo, solía relegar a la pre­historia de su libro los años anteriores a 1715, ya que en estos años, a pesar de adoptar una actitud cada vez más comba­tiva contra el cartesianismo, había puesto como fundamento de su especulación una premisa todavía intelectualista, y por lo tanto cartesiana: la premisa de que la for­ma primigenia de conocimiento es la in­telectiva o, como él decía, que también la «sapienza» de los tiempos antiquísimos era, como la de los tiempos de plena civiliza­ción, «oculta», o filosófica; concepción que suponía la prioridad ideal del intelecto sobre la fantasía, de la filosofía sobre la poesía y, en general, sobre el arte; de la reflexión so­segada sobre el relámpago genial, de la lógi­ca sobre la estética.

Dicho esto, nos hallamos más cerca de la verdad cuando hacemos co­menzar la construcción de la verdadera Cien­cia Nueva en el momento en que Vico — en virtud de una benéfica crisis, no religiosa sino filosófica, que se produjo en su espíritu poco más o menos por el tiempo en que se ocupaba de la Vida de Antonio Carafa (véase) — llegó a la opuesta conclusión antiintelectualista: de que la forma primigenia del conocimiento es la intuitiva, de «sapiencia», la «poética» y, por consiguiente, que la prio­ridad ideal (la cual en él se convertirá tam­bién a menudo en histórica, o sea temporal) debe asignarse no a la inteligencia, sino a la fantasía, no a la reflexión, sino a la intuición, no a la «lógica de los adoctrina­dos», o sea a la lógica filosófica, sino a la «lógica poética», es decir, a la estética. Se­ría demasiado prolijo detenernos en los es­tímulos que ayudaron a Vico a llegar a estas conclusiones, para aquel tiempo ultra- revolucionarias. Bastará con llamar la aten­ción sobre estos tres hechos: 1) que resultan de haber hecho remontar, en el terreno his­tórico, el primer impulso hacia la vida civil, no a hombres más dotados que otros de intelecto raciocinante y capaces de domi­nar sus propios sentidos y sus pasiones, sino por el contrario, a los que él llama «bestioni», tanto más pobres de entendimiento cuanto ricos en fantasía «corpulentísima» y, a un mismo tiempo, esclavos de sus pro­pios sentidos y agitados por las pasiones más violentas; 2) que esta teoría sobre los orígenes de la civilización fue, a su vez, consecuencia de la concepción del llamado estado de naturaleza, como de una era no ya de felicidad edénica, sino, por el con­trario, de «vagabundeo salvaje» y, por lo tanto, de suma infelicidad; 3) que al des­cribir en una página digna de Dante, aque­lla vida misérrima de los hombres primiti­vos, Vico se inspiró en Lucrecio, en Hobbes (conocido por él de segunda mano por me­dio de un librito de Pasch), y, en los «jusnaturalistas», principalmente Pufendorf.

Sus escritos conservados y perdidos, en los cua­les deshaciendo y volviendo a tejer de con­tinuo su tela, fue exponiendo su nueva ciencia o nueva consideración de la reali­dad total, son — prescindiendo de aquellos que no han dejado recuerdo alguno-—no menos de diecisiete:

1. Un comentario per­dido al primer libro y parte del segundo del Derecho de guerra y de paz (v.), de Hugo Grocio, comentario emprendido entre 1716 y 1717, y después interrumpido;

2. Una introducción universitaria pronunciada el 18 de octubre de 1719 y de la cual, además de un pasaje reproducido textualmente en su Autobiografía (v.), poseemos las líneas generales en el «proloquium» del De Uno (v. Derecho universal);

3. Un esbozo del Derecho universal (del que sólo se ha con­servado el epílogo);

4. La llamada Sinopsis del «Derecho universal», publicada en hoja suelta en 1720;

5. El De uno universi iuris principio et fine uno, publicado igualmente en 1720;

6. El De constantia iurisprudentis, dado a la imprenta en 1721;

7. La compo­sición polimétrica Juno en la danza, in­serta en una miscelánea poética nupcial del mismo año; 8

. Las Notae, al De uno y al De constantia, esto es, a los dos trata­dos que, junto con estas Notae, editadas en el año 1722, suele él indicar con el nombre genérico de Derecho Universal;

9. La perdi­da Ciencia nueva en forma negativa, es­crita desde 1723 a 1725;

10. La primera ciencia nueva [Sciencia nuova prima], im­presa en octubre de 1725;

11. Las perdidas Anotaciones a esa Primera ciencia nueva, reunidas por los años 1728-29;

12. La Cien­cia nueva segunda, publicada en 1730;

13-16. Cuatro series sucesivas de Correcciones, me­joras y adiciones a la Segunda ciencia nue­va, llamadas «primeras», «segundas», «ter­ceras», «cuartas» y elaboradas desde fines de 1730 a 1733 ó 34;

17. La revisión defini­tiva de la Segunda ciencia nueva, o, como a veces se la ha llamado, Tercera ciencia nueva, publicada póstumamente en julio de 1744.

Dejando aparte las redacciones an­teriores al 1723, puesto que de las tres par­tes del Derecho Universal se ha hablado ya en la voz correspondiente, es menester aña­dir algunas palabras sobre las posteriores. Ciencia nueva en forma negativa. Suele llamarse así, por estar realizada, según in­forma el propio Vico, con «método negati­vo» o por reducción al absurdo; un am­plio tratado de cerca de mil páginas ma­nuscritas, titulado primero por el autor Du­das y deseos en tomo a la teología de los gentiles, después Ciencia nueva en torno a los principios de la humanidad. Constaba de dos libros. En el primero se polemizaba contra los jusnaturalistas (Grocio, Selden Pufendorf, y sus seguidores), contra aque­llos a quienes Vico llama utilitaristas anti­guos o nuevos (estoicos y epicúreos: Maquia- velo, Hobbes, Spinoza, quizá también Locke) y, según parece, también contra algunos grandes eruditos de los siglos XVI y XVII (Casaubon, Saumaise, Voss Bochart, etc.). En cuanto al segundo libro, sólo por conje­turas analógicas se puede pensar que estuvieran esbozadas en él la doctrina de la providencialidad de la historia, la historia ideal eterna y, si no todavía la de los re­tornos, por lo menos la del curso uniforme de las naciones. Deseoso de publicar este trabajo, Vico, desde 1724, había ofrecido su dedicatoria al riquísimo cardenal Lorenzo Corsini (después papa Clemente XII), segu­ro de que, según la costumbre de la época, el homenajeado sufragaría en todo o en par­te los gastos de impresión.

Pero a pesar de haber aceptado la dedicatoria, cuando vino el momento de mantener la promesa implí­cita en aquella aceptación, el purpurado alegó no poder hacerlo por causa de los muchos y exorbitantes gastos sostenidos por él en su diócesis de Frascati. Obligado, por tanto, a imprimir el trabajo por su cuenta, y, para procurarse el dinero, a desprenderse, según cuenta él mismo, de un anillo en que había un «diamante de cinco granos, de purísima agua»; no pudiendo, a pesar de ello, reunir los recursos necesarios para la impresión de un manuscrito tan voluminoso (donado después por él a su discípulo Fran­cesco Solía), Vico hubo de resignarse a es­cribir de nuevo la obra, reduciéndola a poco más de una tercera parte de su ex­tensión primitiva. Así se tuvo la Ciencia nueva primera. En la impresión lleva el título de Principios de una ciencia nueva en torno a la naturaleza de las naciones, por la cual se obtienen los principios de otro sistema del derecho natural de gentes: dedicados al eminentísimo príncipe Lorenzo Corsini, ilustrísimo cardenal (Nápoles, por Felice Mosca, MDCCXXV, con licencia de los superiores, en 12.°) y consta de 274 pá­ginas, más 12 sin numerar al principio, im­presas en caracteres «testinos» casi ilegi­bles por su excesiva pequeñez. Previa una dedicatoria epistolar a Corsini y una epi­gráfica a las «academias», esto es, a las ins­tituciones de cultura, de Europa, la obra está dividida en cinco capítulos (cambiados después, en los ejemplares apostillados por el autor, en libros) consagrados, el primero, subdividido en trece párrafos (después ca­pítulos), «a la necesidad del fin y dificultad de hallar una nueva ciencia»; el segundo, en sesenta y ocho, «a los principios de esta ciencia en cuanto a las ideas»; el tercero, en cuarenta y tres, «a los principios de esta ciencia en cuanto a las lenguas»; el cuarto, brevísimo y sin subdivisiones, a la «razón de las pruebas que establecen esta ciencia»; el quinto, que está compuesto de diez pá­rrafos (después capítulos), a la «conduc­ción de las materias con que se forman como en un mismo molde la filosofía de la huma­nidad y la historia universal de las nacio­nes».

Siguen una conclusión y dos tablas «de las tradiciones vulgares» y los «descu­brimientos generales». Hablando en general, este asombroso libro no tuvo la menor re­sonancia, en Nápoles ni en parte alguna. Única y parcial excepción fue Venecia, don­de el paduano Antonio Conti, después de haber hallado un editor dispuesto a anti­cipar el gasto tipográfico, invitó a Vico a preparar y mandar pronto a Venecia una segunda edición corrigiendo y añadiendo cuanto contribuyese a hacer accesible la obra a un público más vasto. Juicioso con­sejo, no atendido por el autor, que prefirió dejar como estaba la Ciencia nueva primera, aunque añadiéndole, en cerca de seiscientas espesas páginas manuscritas, no menos de cuatrocientas catorce más o menos difusas Anotaciones. Según parece, cuando en 1729 llegó a Venecia el manuscrito que las contenía, pareció demasiado caro de imprimir y se invitó a Vico a introducir en él algu­nos cortes. Lo cierto es que, después de empeñarse en una polémica epistolar con el editor veneciano, acabó, terco, por recla­mar la restitución del manuscrito que des­pués regaló al jesuita Domenico Ludovico. Hallándose, de esta manera, una vez más en la dura necesidad de imprimir la obra a sus expensas, pensó en refundir la Cien­cia nueva primera, las Anotaciones y otro material no puesto a contribución hasta en­tonces, en una redacción del todo nueva, la cual, comenzada el día de Navidad de 1729 y terminada el de Pascua de 1730, esto es, sólo en ciento seis días, fue titulada, para distinguirla de la del 1725, con el nombre de Ciencia nueva segunda.

Lleva el título de Cinco libros de Giambattista Vico, sobre los principios de una ciencia nueva en torno a la naturaleza común de las naciones, en esta segunda impresión con más propia ma­nera compuestos y en mucho aumentados, dedicados a la Santidad de Clemente XII (en Nápoles, MDCCXXX, a expensas de Felice Mosca, con licencia de los superiores), y consta de XII-480 páginas en 12.° con el mis­mo tipo cegador empleado en la Ciencia nueva primera. Las primeras noventa y seis páginas estaban consagradas inicialmente a una polémica con el que antes quiso ser su editor veneciano; polémica que acabó por parecer inoportuna al propio autor, el cual después de inutilizar los mil ejempla­res ya tirados en las hojas impresas co­rrespondientes, las substituyó, bajo el título de Idea de la obra, por una difusa expli­cación de una figura alegórica que, dibu­jada por Domenico Antonio Voccaro, fue antepuesta al frontispicio. Remitiendo, aho­ra, para todo lo concerniente al contenido de este libro, a lo que se dirá de la Ciencia nueva tercera, es menester advertir aquí que no estaba todavía terminada la impresión de la segunda, cuando ya Vico estaba des­contento de ella, por lo que se apresuraba a reelaborarla juntando una tras otra las cuatro mencionadas series de Correcciones mejoras y adiciones. Las primeras fueron impresas inmediatamente a continuación de la misma Segunda ciencia nueva (pági­nas 465-80). Las segundas, en un opúsculo, que se publicó durante los primeros días de enero de 1731 con el título Carta del autor al excelentísimo príncipe de Scalea. Mucha mayor extensión e importancia tie­nen las terceras (abril-agosto de 1731) y las cuartas (1733 ó 1734), conservadas en dos códices autógrafos de la Biblioteca Nacional de Nápoles.

Baste decir que las Correcciones terceras ofrecen cinco capítulos nuevos y un amplio apéndice que contiene, en dos dis­cursos sobre las XII Tablas y la llamada lex regia, lo mejor que Vico escribió sobre la historia del derecho romano. Fruto de una refundición integral tanto del material recogido en la Segunda ciencia nueva, co­mo del acumulado en estas distintas Correc­ciones, fue otro manuscrito autógrafo en el cual el autor trabajó desde 1735 aproxima­damente hasta su muerte y que, conserva­do también en la Nacional napolitana y pu­blicado, como se ha dicho, póstumamente, nos ha transmitido la Tercera ciencia nue­va. En su impresión, que abarca dos volú­menes en octavo con numeración continúa del 1 a 528, más seis páginas sin numerar al principio y cuatro al final, lleva el título: Principios de ciencia nueva de Giambattista Vico sobre la común naturaleza de las na­ciones; en esta tercera impresión en gran número de lugares corregida, aclarada y notablemente aumentada por el propio au­tor (en Nápoles, MDCCXLIV, en la impren­ta Muziana a expensas de Gaetano y Stefano Elia, con licencia de los superiores). A pesar de tantas enmiendas y adiciones par­ciales, notable tanto por su extensión como por la importancia de su contenido, la es­tructura general de la obra continuó siendo la misma que en la Segunda ciencia nueva. A la Idea de la obra siguen las cuatro sec­ciones del primer libro, que contienen:

1. Una amplia ilustración de una tabla cro­nológica relativa a los tiempos oscuros y fabulosos de todo el mundo antiguo;

2. Cien­to catorce «dignidades» o axiomas de carác­ter predominantemente metodológico;

3. La indicación, por una parte, de los «princi­pios» sobre los cuales está fundada la Cien­cia nueva;

4. Por otra parte, del «método» con que ha sido elaborada.

En el segundo y extenso libro — De la sabiduría poética — el autor se propone indicar el modo cómo en la edad «poética», esto es, en los co­mienzos de la humanidad, debieron de ser concebidas las diversas ciencias — ya la me­tafísica, la lógica, la moral, la «económica» (gobierno de las familias) y la política; ya la física, la «física referente al hombre» (anatomía, fisiología y psicología), la cos­mografía, la astronomía, la cronología y la geografía—, ciencias todas que, en aquellos tiempos, debieron de ser «poéticas», es de­cir, surgidas, no por reflexión, sino sólo por intuición; o, lo que es lo mismo, debidas no a la inteligencia, sino exclusivamente a la fantasía. Por lo demás, lo que en reali­dad ofrece Vico es muy diferente. Ofrece ante todo una completa y originalísima filo­sofía del espíritu; entretejida de innumera­bles descubrimientos en el campo de la gnoseología, de la estética, de la lingüística fi­losófica, de la teoría del mito, de la filosofía de la religión, de la ética, de la filosofía del derecho y de la política, y señaladamen­te de la historiografía teórica; una filosofía en la cual se establecen con solidez monu­mental las bases de aquella concepción de la realidad que, reanudada bajo uno u otro aspecto por Kant, por Hegel (los cuales co­nocieron la obra de nuestro autor) y en mo­do particular por Croce (de cuyo pensamien­to la Ciencia nueva ha sido y es la fuente principal), es calificada hoy de «historicismo absoluto». Ofrece en segundo lugar una po­derosa reconstrucción histórica de todas las manifestaciones de la vida, tanto teorética como práctica, de las sociedades de los tiem­pos heroicos, y particularmente de aquella que por primera vez él indicó haber sido en sus orígenes la vida verdadera de la Hélade y de Roma, cuya historiografía tra­dicional fue sometida por él a una crítica revolucionaria, adelantándose en lo esencial a los resultados a que llegaron más tarde los Niebuhr, Mommsen, Grote, Lewis, y toda una cohorte de historiadores y filólogos del siglo diecinueve. Ofrece, en tercer lugar, una ciencia empírica social, esto es, una tipología o, si place llamarla así, una socio­logía que, siendo como es la parte más débil y arbitraria de la obra, es sin embargo aque­lla de la que, durante el período positivista del siglo XIX lo mismo que en nuestros tiempos, han tomado y toman a manos lle­nas sociólogos no sólo italianos sino france­ses, ingleses, alemanes, norteamericanos y, principalmente, rusos.

Corolario del segun­do libro es el tercero — «Del descubrimiento del verdadero Homero» —, consagrado a la demostración de tres tesis memorables: filo­sófica o estética la primera, que ve en la poesía homérica la expresión más perfecta de aquello que, falto de toda «sabiduría oculta», es riqueza de intuitividad, senti­miento, pasión, lirismo y, en suma, por su peculiar, inconfundible fisonomía, es la ver­dadera y grande poesía; histórica la se­gunda, que ve en la Ilíada y la Odisea dos grandes «thesauri» de documentos relativos a la vida de la Hélade durante su época os­cura y fabulosa; filológica la tercera, que, en la figura de Homero que nos ha trans­mitido la tradición, ve un doble Homero; un Hornero-símbolo, o sea un mito del pro­pio pueblo griego en cuanto narra, cantando, su propia historia, esto es, prepara, por me­dio de una elaboración secular, la materia de los dos poemas, y un Hornero-individuo o, más exactamente, dos Horneros-individuos (que Vico separa), los cuales vivieron en el ocaso de los siglos heroicos y dieron, de aquella materia, nuevas elaboraciones ar­tísticas, que han perdurado durante unos treinta siglos como modelos inigualables de poesía. El desarrollo de la antedicha cien­cia empírica social estaba, en la intención del autor, que enriqueció también esta par­te de su tratado con innumerables «descu­brimientos» históricos de importancia ca­pital, en el cuarto libro, consagrado a su vez al «curso uniforme de las naciones»: un curso que en todas ellas debió desarrollarse también en el porvenir, con leyes inmutables inspiradas en el principio de una sucesión triádica de formas cada vez más perfectas de todas las actividades hu­manas: «tres especies de naturalezas», «tres especies de costumbres», «tres especies de derechos naturales», y así sucesivamente.

También entra parcialmente en la cien­cia empírica social el quinto libro, que trata «del retorno de las cosas humanas en el resurgir que hacen las naciones», o sea de la teoría, de origen indo-helénico, de los ciclos históricos: teoría que es llevada por Vico a una profundidad mucho mayor, en cuanto, mientras es formulada principal­mente como principio de la circularidad de las formas elementales del espíritu, le sirve también para ofrecer de la Edad Media, con­cebida precisamente como retorno a la bar­barie de los orígenes, un ejemplo de esta característica general, y también una his­toria de aquella Edad, a grandes rasgos, refulgente de originalidad y genialidad. Nicolini inventaría las ediciones críticas de la primera y tercera Ciencia nueva (con la adición de las variantes de la segunda Cien­cia nueva y de las cuatro series de Co­rrecciones) en su catálogo de los escritos de Vico publicado en los «Scrittori d’Italia», de Laterza (1914-41). Entre las traduccio­nes de la Ciencia nueva primera, existe im­presa sólo una española, publicada en la ciu­dad de Méjico en 1841 por José Camera (dos volúmenes). Terminada recientemente en su manuscrito, pero no impresa todavía, exis­te una traducción francesa íntegra, prepa­rada en Beyrut, en el Líbano, por el señor Ariele Doubine. En cuanto a la Tercera ciencia nueva, un resumen, que es a veces disfraz más que traducción, fue dado en francés por Michelet en 1827: trabajo que, a pesar de sus defectos, sirvió para dar a conocer en toda Europa al entonces aún des­conocido Vico. Íntegra, pero muy lejos de ser perfecta, es la traducción francesa pu­blicada, en 1844, por Cristina Trivulzio di Belgioioso (con la colaboración oculta de Mignet). Una nueva e íntegra traducción francesa más precisa y más concorde con los tiempos (que ha de publicar en París el editor Nagel), ha sido proyectada por la Dirección general de relaciones culturales del Ministerio de Relaciones Extranjeras ita­liano.

En cuanto a traducciones alemanas, poseemos dos: una íntegra y anotada, pu­blicada en 1822 por Weber; otra parcial, impresa en 1924, por Auerbach. En lengua inglesa hasta ahora sólo ha sido traducido (por Nelson Coleridge, en 1830), el tercer libro; con todo, en los Estados Unidos, está muy adelantada la impresión de la traduc­ción íntegra debida al filósofo Max Fisch y al italianista Thomas Goddard. Es digna de recordar, finalmente, una traducción rusa íntegra de Andrés A. Guber (con la cola­boración de Miguel A. Lifscits), editada en Leningrado en 1940.

F. Nicolini

Cuando después de haber demostrado la ambigüedad, la falsedad, la contradicción de las ideas comunes en torno al estado de la sociedad en una época oscura e impor­tante, él aporta una idea fundada en una nueva observación de los pocos hechos co­nocidos de aquella época, ¡cuántos errores destruye en un momento, qué manojo de verdades presenta en una de aquellas fór­mulas espléndidas y poderosas, que son la recompensa del genio que ha meditado lar­go tiempo! (Manzoni)

Para hacer progresar la filosofía, no bas­tan las sutilezas de ingenio y grandes fa­cultades de razonamiento, sino que se requiere también mucho poder de imagina­ción; así, Descartes, Galileo, Leibniz, New­ton, Vico, por la innata disposición de sus ingenios, hubieran podido ser excelsos poe­tas; y, por el contrario, Homero, Dante, Shakespeare, excelsos filósofos. (Leopardi)

Los pensadores más insignes tuvieron una fantasía tan rica y poderosa como quizá los más grandes poetas; y ciertamente se puede decir que Platón y San Agustín, Leibniz y Vico, no fueron tampoco inferiores a Dante y a Homero en cuanto a la imaginación. (Gioberti)

Vico, del humo saca luz, de las abstraccio­nes metafísicas, imágenes vivas; contando razona y razonando pinta, y por las cimas de los pensamientos no pasea nunca, sino que vuela; por lo que, a menudo, en un período suyo, hay más inspiración lírica que en muchas odas. (Tommaseo)

Giovan Battista Vico, milagro de sabidu­ría y en fama póstumo, porque no es en­tendido plenamente por nadie, admirado por todos, y con el andar de los años mejor des­cubierto y más acrecida en honor, demues­tra que en él la oscuridad era tal vez vo­luntaria, o que las sentencias de su libro esperan para hacerse evidentes, otros tiem­pos y órdenes de estudios más convenientes a las doctrinas de aquel ingenio. (Colletta)

La Ciencia nueva… fes! estudio del indi­viduo en el seno de la humanidad, ideología social, prisma que descompone en distintos y fúlgidos colores la incierta albura de la interior psicología… Genialidad solitaria la de Vico, que se afirma en el amor casi fas­cinado de una verdad que presiente, que entrevé, que persigue y que no puede abrazar. (Cattaneo)

Me deleito cada vez más con Giambattista Vico; y, si por mis venas corriese (gracias a Dios no corre) la más pequeña gota de «sangre de autor», veinte veces seguidas hu­biera exclamado, durante la lectura del pri­mer volumen de la Ciencia nueva (todavía no he comenzado el segundo): «Pereant qui ante nos nostra dixere». (Coleridge)

Vico es como un viejo sentado en un si­llón, que tiene en torno hijos que le cuentan muchos hechos que han visto por el mun­do, y muchas palabras que han oído; y el padre dice a sus hijos: «Mirad que eso debe haber ocurrido de otra manera, y por vues­tras palabras me parece que ha ocurrido así, y aquellas palabras no pueden tener otro significado…» Aquql anciano, en su ha­bitación, juzga las cosas mejor que los jó­venes que las han tocado con sus manos, y nosotros, hijos suyos, si primero hemos di­cho que no, después, con la experiencia, decimos: «Tenía razón el anciano; tenía mucho juicio. Ha podido equivocarse por falta de conocimiento de los hechos, pero, en cuanto a buen juicio, jamás». (Settembrini)

Vico contiene en germen Wolf (sobre Ho­mero), Niebuhr (sobre la historia romana en el período de los reyes), los fundamen­tos de la filología comparada, y otras mu­chas cosas originales. Su consideración filo­sófica del espíritu del derecho romano está en oposición con la de los filisteos del de­recho. (Marx)

Considero grandísima la fuerza intrínseca del autor en la Ciencia nueva, teniendo en cuenta debidamente el tiempo y el ambiente. Algunos de sus axiomas o «dignidades» pre­liminares hasta me parecen indicar en él un primer paso hacia la comprensión de la ver­dadera evolución social, aunque su condi­ción de cristiano o de creyente haya sofo­cado en seguida esta fórmula. (Comte)

 Nadie jamás reunió tantas verdades y prin­cipios nuevos, ni fue en tal grado capaz de convertir los hechos en ideas sin perderse en abstracciones… Maravillosas conquistas realizó aquel hombre ignorado, el cual, do­minado por la melancolía que da la gran­deza, se volvió enteramente antiguo… Re­novando el método de las investigaciones históricas, en lo cual consiste su mérito su­premo, fue el primero en arquitecturar la historia como sometida a una ley cierta, a una excelsa moralidad, independiente de naciones y de tiempo. (Cantil)

 La supremacía gozada por la nobleza de nacimiento en los estados primitivos de la sociedad ha sido descubierta en varios paí­ses, y sus fenómenos han sido indagados del modo más feliz por Giovan Battista Vico en los Principios de ciencia nueva, obra es­tropeada, sí, por algunas extravagancias y extrañezas, pero que, en su substancia, es tan convincente que la escasa celebridad alcanzada por ella fuera de Italia es uno de los fenómenos más notables de la historia literaria. (Th. Amold)

Así nació esta primera historia de la hu­manidad, una especie de Divina Comedia, que «desde la gran selva de la tierra», por el infierno de lo puramente sensible, se va realizando paso a paso hasta la edad huma­na de la reflexión o de la filosofía, erizada de formas de mitos, de etimologías, de sím­bolos, de alegorías, y no menos grande que aquélla; preñada de presentimientos, de adi­vinaciones, de ideas científicas, de verdades y descubrimientos; obra de fantasía inci­tada por el ingenio filosófico y fortificada por la erudición, que tiene todo el aspecto de una gran revelación. Es la Divina Co­media de la ciencia, la vasta síntesis, que resume el pasado y abre el porvenir, aún toda ella estorbada por viejos restos, domi­nados por un espíritu nuevo. Platónico y cristiano continuador de Ficino y de Pico, uno en espíritu con Torquato Tasso, Vico no comprende la Reforma y tampoco los tiem­pos nuevos, y quiere concordar su filosofía con la teología y su erudición con la filo­sofía; construir una armonía social como una armonía providencial. Su metafísica tie­ne bajo su pie el globo, y los ojos mirando extáticos hacia arriba, hacia los ojos de la Providencia, de donde llueven sobre él los rayos de las divinas ideas. (De Sanctis)

Es sorprendente que un hombre tan tími­do en ciertos aspectos mostrase en el campo de la crítica histórica una audacia sin ejem­plo; que un hombre que daba tanta impor­tancia a la tradición, a la autoridad, a la opinión común, asumiese una actitud ra­dicalmente revolucionaria en conceptos uni­versalmente aceptados sobre el pasado de la humanidad. La valentía de Wolf y de Niebuhr al profesar su escepticismo histó­rico está muy por debajo de la de Vico. (Flint)

Su obra… asombra y casi espanta: tanta cantidad de energía mental está en ella condensada. Es una obra de reacción y revolu­ción a un mismo tiempo: reacción contra el presente para unirse a la tradición de la antigüedad y del renacimiento; revolución contra el presente y el pasado para fundir aquel porvenir que se llamará después, cro­nológicamente, siglo decimonono. (Croce)