La Caza de Diana, Giovanni Boccaccio

[Caccia di Diana]. Poemita descriptivo de dieciocho cantos, en tercetos, atribuido por muchos autorizados críticos a Giovanni Boccaccio (1313-1375), y que debió ser compuesto en el período más galante y entretenido de la estancia del autor en Nápoles en 1334-1335, que hizo con él sus primeras armas poéticas. Esto explicaría también la rigidez y desigualda­des artísticas de la obra. La caza es propia­mente la descripción de una partida cine­gética realizada en el «ornado tiempo» pri­maveral por una partida escogida y gentil de nobles napolitanas, guiada por la diosa Diana, a la que rendían culto. El elemento simbólico se inserta en el mitológico, y am­bos fluctúan vagamente sobre el fondo rea­lista. Diana es el símbolo de la castidad; sus damas simbolizan la juventud, bella, fresca, todavía un poco en agraz, porque aún no está domada por la cálida fuerza del amor. El primer canto consigna los nombres de las gentiles damas, entre las que hay una «mujer hermosa cuyo nombre se calla», la del poeta. Llega luego Diana y comienza la cacería, que a lo largo de los trece can­tos, se fracciona en múltiples episodios lle­nos de movimiento y descritos por el poeta con vigor realista.

Acabada la caza, se re­únen las nobles damas en torno a Diana que las invita a entonar un himno en honor de Júpiter y en el suyo propio. Sobreviene entonces un hecho que no tiene adecuada preparación en el poemita: la bella dama del poeta se levanta y agitando la antorcha de la rebelión,- declara que su ánimo está encendido «con otro fuego», y por ello re­chaza el seguir ofreciendo sus homenajes a Diana. Así, en tanto Diana se aleja des­deñada, las nobles damas entonan un himno en honor de «Venus, santa diosa, madre del Amor», que aparece benigna y sonriente entre sus nuevas sacerdotisas. Después, volviéndose hacia el fuego donde ardía la caza cobrada, transforma por arte de encanta­miento las ñeras muertas en jóvenes «ale­gres y hermosos», ordenándoles que sean siervos de las bellas damas. El poeta, que antes era ciervo, ahora convertido en hom­bre, es también ofrecido a la «bella mujer», y bajo el benéfico y dulce influjo del amor, pasa del estado de animal a la dignidad de «criatura humana y racional». La última parte desenvuelve el elemento simbólico ya indicado en la primera, mezclando galanterías trovadorescas con idealismos «stilnovistas», todo ello con una técnica cruda, pero afín a la de Ninfale d’Ameto (véase Ameto).

D. Mattalía