La Asamblea de los Dioses, Luciano de Samosata

Diálogo compuesto por Luciano de Samosata (hacia 125-185 d. de C.), análo­go por la forma y el contenido a los Diálo­gos de los Dioses (v.), al Prometeo (v.) y al Júpiter confundido (v.) del mismo autor, y, por otra parte, ya cercano a sus obras menipeas, por la aspereza casi violenta de su ironía. El autor toma por blanco las va­nas creencias de la mitología, y no sólo las divinidades bárbaras, contra las que pa­rece va dirigida la sátira, sino en último término contra todas las divinidades del Olimpo griego, las cuales se reúnen preocu­padas de que, con tantas intrusiones, se anulen sus privilegios y les llegue a faltar la ambrosía y el néctar.

Mientras que en el Prometeo era cuestión de un solo mito, aquí se trata de todos a la vez: a los dioses, reunidos en asamblea, habla Momo, quien, libre de todo escrúpulo, arremete con fo­gosa elocuencia contra todas las divinida­des extranjeras introducidas en el Olimpo, como Atis, Coribante y Mitra, cuyos ca­racteres vanos y a veces bestiales revela; contra los extraños personajes que se han unido al cortejo de las principales divini­dades, tales como Pan, los Sátiros, los Silenos, las amantes de Dionisos y del pro­pio Zeus, elevados sin mérito alguno a los honores divinos; contra los animales, vano signo del poderío de los dioses; contra los oráculos y los lugares milagrosos que se han ido multiplicando por toda la tierra restan­do devoción a los antiguos; y, en fin, contra los entes abstractos creados por los filóso­fos, como la Virtud, la Naturaleza, la Fata­lidad, adoradas como personificaciones; des­pués Momo propone, y Zeus acepta sin ob­jeción, que se constituya una comisión ante la que todos los dioses debcomisiónbar su divinidad, para que quien se lo merezca sea, sin más, sepultado en su tumba. En ésta, como, en general, en las demás obras de Luciano, no se refleja ningún ingenio profundo, capaz de grandes ideas y de gran­des creaciones, antes bien un buen sentido siempre atento a considerar el lado ridícu­lo de las cosas, un espíritu vivo y mordaz que sabe dar a su crítica un pleno realce a través de un estilo siempre fácil y elegan­te y una lengua rica, variada y llena de reflejos.

C. Schick