[Exactamente: Risalat Hay y ibn Yaqzān: Breve tratado sobre Hayy ibn Yaqzān]. Novela filosófica en lengua árabe del filósofo arabigoespañol Ibn Tufayl (m. 1185), que tiene por objeto demostrar en forma alegórica la capacidad natural del hombre para alcanzar el conocimiento de Dios y del orden cósmico, y, al mismo tiempo, la legitimidad de la mística, su armonía con la religión revelada, y la oportunidad de que esté reservada a los intelectos elevados, sin daño de su salud espiritual.
El autor imagina que un niño, Hayy ibn Yaqzān (v.), abandonado en una isla desierta ecuatorial de la India, crece amamantado por una cabra, y por sí solo, dotado de penetrante inteligencia observadora, llega, no sólo a proveer a sus necesidades materiales, sino también a descubrir, con los años, las leyes de la naturaleza y del espíritu, hasta llegar al lógico reconocimiento de la existencia de Dios creador, y luego a su cada vez más profunda intuición mística. Llegado así a los 50 años, Hayy recibe en su isla desierta la visita del primer hombre que jamás haya visto, el piadoso musulmán Asāl, que, una vez puesto en contacto y estrecha familiaridad con él, descubre estupefacto la coincidencia substancial de los principios a que espontáneamente había llegado el solitario con la religión islámica, y lo instruye en ésta; cuando luego los dos hombres pasan a tierra firme, en la patria de Asāl, cercana a la isla, y Hayy intenta difundir entre el vulgo las superiores verdades místicas prescindiendo del culto y de los formalismos de la religión revelada, el único fruto que saca de ello es el escándalo de aquellas almas sencillas, acostumbradas a la religión tradicional; por lo que él, comprendiendo lo oportuna que es para la mayoría la vestidura externa de la revelación, se vuelve con Asāl a su isla para consagrarse de nuevo a la mística pura.
Toda la segunda parte, de sumo interés para comprender el verdadero objeto de la obra, y las ideas implícitamente afirmadas por Ibn Tufayl, han quedado habitualmente eclipsadas por la vivaz y brillante primera parte, que describe con verdadera felicidad artística la autoeducación física y moral del Robinson Crusoe musulmán. Así se comprende perfectamente la fortuna que alcanzó esta obrita en la Europa del siglo XVIII, cuando la Ilustración vio en el «philosophus auto- didactus» (como se tituló la primera traducción latina de la obra, por Ed. Pococke, en 1671) una sorprendente anticipación de sus teorías sobre el estado virgen y feliz de la naturaleza, las prodigiosas capacidades de autosuficiencia de la razón humana y el carácter artificioso y secundario de las revelaciones religiosas en la civilización de la humanidad: visión unilateral y en parte bastante alejada de lo que había querido demostrar Ibn Tufayl en su sugestivo librito. [Trad. de Ángel González Palencia (Madrid, 1934)].
F. Gabrieli

