¿Hacia dónde van las Humanidades? Por George Steiner

 

George Steiner

George Steiner

Hoy, cuando hablamos de las Humanidades, ya no sabemos de qué estamos hablando. ¿Qué le pertenece ahora a aquella orgullosa y antigua palabra, a aquel arrogante término Littera humanior que encerraba en su seno la concepción del hombre?

Sin duda las matemáticas han ido conquistando el terreno de las Humanidades. Si hablamos de historia, actualmente cada vez más de sus ramas pertenecen al estudio sociológico-estadístico de los eventos y las estructuras, no al área de la narrativa. En la lingüística teórica y formal existe hoy más cercanía a la lógica matemática que al mundo de Humboldt y a la tradición del estudio lingüístico. El reino de la computadora separa Les Sciences de l’Homme (esa tercera categoría donde los franceses ubican la antropología y la psicología) de la esfera humanística y las aproxima más y más a las ciencias exactas. La frase trabajar en las Humanidades se halla casi en total confusión. Por añadidura ni en Europa Occidental ni en buena parte de los Estados Unidos existen perspectivas de empleo para los egresados de las facultades de literatura, filosofía o artes. Simplemente no hay evidencia de que algunas de estas áreas, tal como las conocemos, vayan a sobrevivir.

Examinemos esta paradoja: vivimos en uno de los periodos de mayor construcción de museos en la historia, del nuevo Bilbao al nuevo Hirshorn al nuevo Getty; gastamos millones y millones en las grandes bibliotecas –las recién inauguradas Bibliothèque Nationale de París y la British National Library–, pero resulta imposible conseguir fondos para lo que están escribiendo hoy los poetas, los escritores experimentales; para lo que están produciendo los artistas jóvenes. El poeta y el joven novelista, desesperados, buscan empleo en el campo académico y la dialéctica resulta dañina para ambas partes: no es bueno para el escritor creativo permanecer en una universidad y la universidad, por su lado, cuando tiene que emplear al escritor distorsiona su relación con la literatura. De estar nuestra casa en orden, las Humanidades podrían hoy confrontar estas paradojas con más coraje y esperanza. Pero no lo está.

?Cómo fue que las Humanidades se convirtieron en un gran campo académico? Sucedió en Alemania, a partir del programa de Humboldt para la Universidad de Berlín: de ese plan evolucionaron todos los seminarios, conferencias y disertaciones doctorales de Occidente. El objetivo fue editar a los clásicos con el fin de establecer un textus receptus para los grandes poetas y escritores latinos y griegos. Claro que de vez en cuando puede añadirse un pequeño toque aquí o allá: toda edición es perfectible, pero esencialmente el trabajo está hecho. Entonces, ?qué significa decir que nuestros estudiantes están investigando en el campo de las Humanidades? Escribir el dosmilésimo ensayo afirmando que Keats es un buen poeta –y eso es lo que está ocurriendo– no es investigación, es banalidad absoluta. Trabajar una vez más en éste o aquel detalle de Lope o Calderón es manía de anticuario. Los periódicos proliferan más allá de la capacidad de cualquiera para leerlos y hay una prisa delirante por publicar, tanto en los flamantes investigadores estadunidenses como en los de Europa Occidental. A nadie le importa la calidad, lo que cuenta es el número de artículos me-diante los cuales se puede o no sobrevivir en la carrera académica.

Los premios se destinan al especialista, al ultra-miniaturista, a quien orgullosamente proclama: Mi periodo abarca los primeros treinta años de la época victoriana, por favor no me pregunten ninguna otra cosa. La especialización ha alcanzado un nivel patológico. No necesitamos el diezmilésimo libro sobre el carácter secreto de Hamlet, la grandeza de Milton o el ingenio de James Joyce. La Biblia fue clara respecto de la producción de libros: No habrá fin, anunció; lo que no podía predecir era este periodo en el que escribimos libros sobre libros sobre libros. Es cierto que algunas grandes águilas, pocas, vuelan todavía sobre la universidad, y también que hay maestros de la Haute Vulgarisation que poseen genio y producen best-sellers, pero entre los aeropuertos donde viven ?cuándo ven a un estudiante?
Esta sobreabundancia, esta oleada de verbosidad en publicaciones eruditas, esta crítica reiterativa ha llevado al actual fenómeno de veneración por la teoría. En la mayoría de los departamentos de arte de las universidades de Estados Unidos, y ahora también de Inglaterra, hay nula oportunidad de conseguir un puesto para quien no se declare teórico. A lo largo de mi profesión he intentado demostrar que no tenemos derecho a utilizar esta palabra: para un científico o para cualquier persona una teoría significa dos cosas: que existe un experimento crucial –experimentum crucis– y que su refutación es posible. Y eso no puede ocurrir en las Humanidades: ninguna autoridad en el mundo, ningún consenso a través del tiempo, ninguna votación de millones de lectores puede rebatir o desaprobar en forma alguna el juicio de Tolstoi cuando sentencia que el Lear de Shakespeare es un enredo infantil –¡se trata de León Tolstoi, autor de grandes obras de teatro!–, o el de Wittgenstein cuando dictamina que Shakespeare sólo puede crear nubes de lenguaje y ninguna persona viva. No podemos refutar los grandes juicios del pasado ni impugnar un juicio estético, por ofensivo que nos parezca. Sólo podemos decir que todos los demás afirman que Shakespeare es magistral, lo que en estricto sentido nada prueba. Y más inteligentes que Tolstoi y Wittgenstein no somos.

El post-estructuralismo, la deconstrucción y el posmodernismo se alimentan de esta hambre de teoría. A menudo con brillantez, explotan las profundas dudas que hoy deberían preocuparnos, y están en lo cierto cuando declaran que no podemos continuar a la vieja usanza. Ellos cuestionan, como lo hicieron las ironías creativas de Marx, Nietzsche y Freud, las posibilidades del significado, y llaman la atención sobre las presuposiciones –retóricas, teológicas, políticas– que yacen debajo de cada texto. Son los sátiros que danzan al final de la tragedia, y cuando afirman que hasta el texto más formidable es un pre-texto para la deconstrucción, no hacen sino un juego de palabras de una frivolidad casi imperdonable.

Pero la frivolidad no tiene cabida en la empresa del científico. Veamos la siguiente estadística: en la historia de la raza humana, de todos los hombres y mujeres a quienes podemos llamar científicos 96% están vivos, y tan sólo 4% en el pasado, remontándonos hasta Euclides y Praxiteles. En otras palabras: hoy la lucidez, la creatividad y la inventiva humana están del lado de las ciencias.

Para mí es un privilegio convivir con científicos; tanto en Princeton como en Cambridge he podido hacer mi vida a su lado. No quiero mencionar su inmenso prestigio social, ni su autoritas, sino algo mucho más sencillo: su gran alegría. Es algo difícil de explicar, es la Gaya Ciencia de Nietzsche: la ciencia alegre. Hasta el científico más mediocre sabe que el lunes siguiente sabrá algo que hoy ignora. Ninguna novela de desafíos faustianos habría podido pronosticar, en por lo menos tres frentes, el momento que hoy viven los hombres de ciencia. Primer frente: están muy próximos a la creación de vida in vitro (tienen mucho tacto, no les gusta usar la palabra vida sino el término moléculas auto-rrepetitivas, que en cualquie idioma significa vida). Segundo: se sienten muy cerca del entendimiento de los límites del cosmos. Stephen W. Hawking –totalmente lisiado, pero con una mente al filo del universo, quizá la más genial desde Newton y Einstein– está por anunciar una nueva teoría sobre la creación del tiempo (la famosa frase final de su libro: Entonces conoceremos la mente de Dios ya es parte de la lengua inglesa). El tercer frente se refiere a lo que Francis Crick llama el Santo Grial de toda ciencia: el descubrimiento de la química de la conciencia. Crick se atrevería a decirnos que cuando pronunciamos la palabra yo es gracias a cierta composición de carbón y azúcar.

Imaginen una época en la que éstos sean los parámetros, y que jóvenes de veintidós o veintitrés años puedan producir contribuciones de primer rango. No hace mucho, al término de un examen doctoral, el examinador dijo: No está nada mal. Es probable que te veamos en Estocolmo. Al año siguiente el estudiante se hallaba en Suecia y no precisamente para esquiar.

De haber vivido en la Florencia del Cuatrocento habría sido tan agradable desayunar con los pintores como lo es hoy desayunar con los científicos. Y nosotros, los humanistas, caminamos mirando hacia atrás. Intuitiva, irracionalmente, muy pocos de nosotros creemos que vendrá otro Dante, Cervantes, Shakespeare o Goethe; otro Mozart o Bach u otro Miguel Ángel. La verdad es que podría venir mañana, pero no logramos suprimir la intuición de que detrás de nosotros el sol se está ocultando, mientras que en las ciencias el mañana se vislumbra ilimitado.

Estoy convencido de que una educación en la que las matemáticas no jueguen un papel significativo es, en lo sucesivo, un disparate arrogante. Porque si los estudiantes no logran, por ejemplo, seguir el debate sobre la química de la creación de la vida, sobre la clonación, no podrán acceder al campo de las más críticas decisiones morales, políticas y sociológicas que enfrenta la raza humana. Si preguntamos a los jóvenes científicos qué harían si la ley que se está debatiendo en Europa entrara en vigor y no les permitiera continuar experimentando con los clones, ellos responderían: Aunque tengamos que descender cientos de metros por el tiro de una mina y vivir en la oscuridad, no dejaremos de pensar. Los hombres somos animales cazadores de la verdad. No se puede legislar en contra de esa pasión.

Es factible construir puentes a través de la historia y la filosofía de la ciencia, a través del estudio serio de los vínculos entre matemáticas y música, entre geometría y arquitectura, desde Platón hasta Dante, de Dante a Kepler y Hawking. Sí existen caminos, aunque intrincados, para ayudarnos a entender algo de nuestro mundo. Veamos las premisas que posibilitaron la gran cultura humanista del Renacimiento, de la Ilustración, de los siglos XVIII y XIX: hombres de enorme inteligencia consideraron que el arte, la literatura, la música, la historia y la filosofía mejorarían la conducta humana. Era tan claro para Humboldt como para Jefferson, para Leibnitz como para Mathew Arnold: si amas esas disciplinas, lees los grandes textos, escuchas las grandes composiciones, si aprendes a amar el gran arte serás un ser humano más humano.

Hoy sabemos que aquello fue un error, que los grandes logros en la educación, las artes, la litera-tura y el alfabetismo general no evitan ni la tortura ni los asesinatos en masa ni el deseo colectivo de sangre. Hoy sabemos que los gritos de los hombres, mujeres y niños que morían de sed dentro de los vagones en la estación de Munich, camino a Dachau, podían escucharse en la sala de conciertos donde Walter Gieseking interpretaba sus famosos recitales de Debussy. Gieseking no dejó de tocar, el público no abandonó la sala. Y si me permiten decirlo de una manera ingenua, la música no dijo no, ni una sola nota dijo no. Los recitales de Debussy fueron espléndidos, están grabados. Aquellos que torturaban por la mañana cantaban en la noche a Schubert y leían a Rilke y a Goethe. Ninguna formación artística en poesía, ninguna sensibilidad musical o estética parece detener la barbarie total. Las Humanidades coexisten íntimamente con lo inhumano, en demasiadas ocasiones son el ornamento de la bestialidad que las rodea. El gran pensador Walter Benjamin, a quien mató el nazismo, escribió que en la base de toda obra de arte yace algo inhumano. No le creímos. Hoy sabemos cuánta razón tenía.

También sabemos que en los grandes pensadores y escritores puede caber una libídine absoluta por la violencia y el despotismo. Un ejemplo: cuando di clases en China, algunos de mis alumnos, lisia-dos de por vida merced a los golpes que las Guardias Rojas les propinaron en sus espaldas, me confesaron discretamente que habían enviado de contrabando a París una carta dirigida a Jean-Paul Sartre, el Voltaire de nuestro siglo, pidiéndole ayuda. Y él ofreció una conferencia en el Velodrome d’Hiver, donde afirmó: Todas esas historias que circulan acerca de la tortura infligida por las Guardias Rojas son pura invención de la CIA norteamericana. Y no es menester mencionar la trágica, inolvidable e inso-luble criminalidad de Heidegger.

Tampoco existe evidencia alguna que compruebe la famosa sugerencia de Arthur Koestler acerca de que tenemos dos cerebros: uno primario y masivo, una especie de cerebro animal, instintivo, territorial y sádico; y un lóbulo frontal que evoluciona lentamente hacia la moral, el arte y el conocimiento. Sería sin duda una explicación maravillosa pero simplemente no tenemos prueba alguna de ella.

Lo cierto es que nos hallamos en graves problemas. No sabemos en verdad qué estamos enseñando, a quién, con qué finalidad, y no nos hemos atrevido a enfrentar el fracaso de las Humanidades cuando la historia llegó a la medianoche en Europa Occidental. Subrayo: Auschwitz no estaba en el Desierto de Gobi; Buchenwald se construyó en torno al árbol favorito de Goethe, quien caminaba hacia él desde su jardín en Weimar. La medianoche del hombre –la que San Juan de la Cruz logró desentrañar en su extraordinario poema– emergió de las cumbres más altas de la civilización: de las más grandiosas bibliotecas, de los más ilustres institutos, de los músicos, de los artistas.

Finalmente, ?es esta crisis –como creo yo– en algún sentido teológica? La idea misma es vergonzosa (en Inglaterra, cuando alguien pronuncia la palabra teología es como si padeciera un dolor de muelas, la gente desvía la mirada como buscando una aspirina: no es un tema cortés). Pero en la palabra Humanidades reside una gran contradicción: los Littera humanior, a fin de cuentas, fueron fundados en la creencia judeocristiana del logos y el lenguaje. El primer gran programa universitario arranca con el IV Evangelio: En el principio era el Verbo. Idea profundamente judeohelénica, no universal, de donde se desprende la gran tradición de nuestros estudios. El humanista podía confiar en las pa-labras y en su significado. El lenguaje no era un juego absurdo, una invención relativista individual, reinventada a cada momento como en la deconstrucción pura del posmodernismo. A lo largo de la empresa humanista hubo una especie de re-aseguración hasta que al final se irguió el muro de una antigua fe trascendental, de un credo –el credo platónico– que supone la existencia de algo más allá de nuestro profano mundo físico. Credo que aún forma parte de la vida de millones de hombres y mujeres, aunque ya no subsista como fuerza activa en nuestra cultura. El escepticismo fundamental de un Nietszche o de un Foucault ha deconstruido la palabra autoritas, y no hay que olvidar que esa palabra encierra a nuestra palabra autor: el escritor apela al autoritas. ?Dónde quedó hoy la autoridad?, ?en qué ideología?, ?en qué sistematizados artículos de creencia filosófica? No compartimos ya aquel pacto, aquella promesa de la historia que moraba en las Humanidades. Y no me malinterpreten, por favor, si digo que la caída del marxismo constituye también un epílogo profundamente trágico del humanismo, porque en el marxismo residía la promesa mesiánica de justicia y una creencia profundamente irracional en la perfección del hombre. Cito a alguien que siempre asocio con la ciudad de México, Leo Davidovich Bronstein, mejor conocido como Trotsky: Llegará el día en que los logros de Aristóteles, Goethe y Shakespeare parecerán colinas comparados con las montañas que se yerguen detrás de ellos, cuyas cimas empezarán a ser alcanzadas por hombres y mujeres comunes y corrientes. Nadie podría escribir hoy esta frase sin avergonzarse: forma parte integral del optimismo mesiánico que ocupó el centro de esa gran herejía del judaísmo, esa herejía rabínica que es el marxismo.

En los últimos tiempos han surgido fuerzas de distinta naturaleza que se han puesto en marcha con enorme vigor: el aterrador fundamentalismo religioso en el mundo del Islam, dinámico en su odio a la tecnocracia occidental, en su odio a lo seglar. Y nuestras guerras, que se han vuelto otra vez religiosas. Puede que se haya activado de nuevo en el hombre cierta clase de hambre. Tal vez lo que intento decir fue mejor definido cuando visité Túnez y me presentaron a unas jóvenes doctoras que trabajaban en un gran hospital. Al percatarse de mi asombro porque traían puesto el chador, una de ellas dijo: Yo me gradué en Harvard, una de mis colegas en Columbia y la otra en Berkeley. Vimos lo que Occidente tiene que ofrecer, y no nos interesa. Y son jóvenes mujeres con una excelsa educación superior.

Por más grande que sea el rechazo a muchos de nuestros valores occidentales, no habrá aspecto del lenguaje, de la comunicación, de la memoria o de la enseñanza que no vaya a ser transformado por la revolución electrónica, laWorld Wide Web, el ciberespacio. La técnica se ha convertido en metafísica: ¿Fue un arquitecto quien diseñó el nuevo Museo Guggenheim de Bilbao? ¿O es producto directo de una supercomputadora que por sí sola comprobó que el titanio podía utilizarse en esas proporciones, con esas curvas, con ese peso, que por sí sola pudo determinar la iluminación de cada ángulo, de cada muro, y que produjo holográfica y tridimensionalmente la maqueta exacta de lo que hoy es el edificio? ¿Quién lo diseñó? Esta pregunta es filosófica; corresponde a un mundo completamente nuevo.

Hace muy poco, David Wilde –matemático egresado de Cambridge que trabaja en Princeton– demostró el último teorema de Fermat, uno de los más encumbrados del pensamiento. Necesitó siete años de reflexión, una pluma y un papel. Fermat habría comprendido completamente el método; lo que no hubiera podido entender es la demostración, que requiere el conocimiento de las funciones elípticas transfinitas del que no disponía Fermat. Un mes después, en el quinto juego entre Kasparov y la caja de metal Deep Blue, el hombre ofreció una jugada de sacrificio, bastante clásica; la máquina tardó dos minutos –que en tiempo humano equivale a alrededor de ciento diez años– y respondió con una jugada que Kasparov no podía entender, y que lo llevó a escribir en sus notas: No está calculando, está pensando. En mi opinión, esta es una de las frases más importantes del milenio.

Kasparov perdió y sufrió una crisis nerviosa. Cuando comenté el suceso con mis colegas en Cambridge, ellos me previnieron: Ten mucho cuidado. ¿Cómo sabes que pensar no es calcular? Buena pregunta. ¿Quién ha demostrado que es algo más? Las puertas están abiertas, y posiblemente un día los historiadores establezcan que, entre la demostración de Wilde y la frase de Kasparov, la humanidad entró en una nueva era, la del homo sapiens sapiens.

Qué le depara el futuro al arte y la literatura, no lo sé. Sé que su actual tarea es la de una infinita remembranza, la de preservar aquello que nos ha hecho humanos. Pero a partir de mi análisis sobre el futuro económico, social y metodológico de muchas ramas de nuestros estudios, no puedo con-fiar en el destino de las Humanidades. ¿Espero estar equivocado? Sí; con todo mi corazón.

Traducción: Lorena Wolffer/ Ana Terán