Exhortación a los Griegos, San Justino

Obra polémica asignada ya en el siglo VI a san Justino, mártir del sig. II (m. 163-167), pero cuya atribución está todavía en duda, especial­mente por motivos internos y de estilo. Es­crita probablemente en Roma, donde aquél se dirigió pasando por Cumas, se propone demostrar que no hay que buscar la ver­dad en las obras de los escritores griegos, sino en las predicciones de los profetas he­breos.

San Justino muestra sobre todo cuán vano sería buscar la verdad religiosa en los poetas griegos empezando por Homero; lue­go examina las conquistas de la filosofía griega desde los orígenes de la escuela jónica, continuando con Pitágoras, eviden­ciando las lagunas de la filosofía de Platón y de Aristóteles, ya separadamente, ya en los desacuerdos entre maestro y discípulo. Un espectáculo bien distinto es el que ofre­cen Moisés y los profetas hebreos, que transmitieron a los hombres, no las ela­boraciones de la razón humana, sino el tesoro de la revelación divina. En cuanto a los oráculos de que los griegos se vana­glorian, la superioridad de los hebreos es evidente, según prueban los propios orácu­los.

Añádase a esto la antigüedad de la sabiduría hebraica (cuando Moisés escribió, los griegos no poseían todavía una lengua) de la que los escritores griegos tomaron mucho, entre ellos Orfeo, la Sibila, Pitágo­ras y otros que, o directamente durante su estancia en Egipto, o indirectamente, apren­dieron de ellos la idea de la unidad de Dios. Platón mismo, fue deudor á Moisés y a los Profetas de su idea de la unidad de Dios como «Aquel que es», aunque lue­go la disimulase, admitiendo a los dioses, pero haciéndolos también creados y por tanto mortales, y asegurando que la mate­ria es increada para no hacer a Dios res­ponsable — como temía — del mal. Muchas otras verdades tomó Platón de Moisés sobre el destino del alma después de la muerte, sobre la resurrección; hasta las mismas ideas «ejemplares» de Platón, son una derivación de pasajes del .Génesis mal comprendidos o mal interpretados por él. De él tomó desde luego, la idea de que el tiempo fue creado a la vez que el mundo.

Por otra parte, los mismos filósofos griegos, comenzando por Sócrates, confiesan «no saber nada» y si escuchamos a Orfeo y a los oráculos de la Sibila, clara y abiertamente anuncian la venida de nuestro Salvador Jesucristo, Verbo de Dios, que tomó la naturaleza humana para llamamos a la religión de nuestros primeros padres (san Justino no sospecha el carácter apócrifo, para la interpretación cristiana, de los libros VI y VII de los «Oráculos Sibilinos» que cita). La Exhorta­ción a los griegos, más que por las varias críticas a la filosofía griega, inspiradas en una concepción absoluta de la verdad reli­giosa y en el desconocimiento de la evo­lución religiosa hebraica, y por sus afir­maciones sobre el origen hebreo de cuanto en esa filosofía se reconoce como «ver­dadero», vale como documento representa­tivo de la posición conciliadora del cristiano primitivo, que frente a la filosofía griega presenta al Cristianismo — culminación del hebraísmo — como su integración, reivindicándole todas las verdades que la razón había entrevisto por obra de los poetas y filósofos griegos, como anticipaciones par­ciales del Logos divino plenamente revela­do en Jesús.

G. Pioli