Estudios Ensayos de Clarín

Los artículos de Clarín, pseudónimo del escri­tor Leopoldo Alas (1852-1901), aparecieron desde 1876, año en que inicia su colabora­ción en «Revista de Asturias», hasta su muerte en los periódicos y revistas de la época («Madrid Cómico», «La Ilustración Ibérica», «El Imparcial», «El Globo», «La España Moderna», «La Correspondencia»); muchos de ellos fueron recogidos por el propio autor en los volúmenes: Solos de Clarín (1881), La literatura en 1881 (1882) en colaboración con Armando Palacio Valdés, Sermón perdido (1885), Nueva Cam­paña (1886), Mezclilla (1889), Ensayos y Revistas (1892), Paliques (1893); en 1901 aparecía póstumo el volumen Siglo Pasado; en Benito Pérez Galdós (1889) recogió gran parte de sus estudios sobre la producción del gran novelista. Publicó también una colección de ocho opúsculos bajo el título de Folletos Literarios.

Su obra crítica abar­ca desde el artículo corto, mordaz, satírico, contra un aprendiz de escritor o un pro­tegido de Cánovas, al estudio serio, cons­truido, y meditado sobre una obra o tema literario; como ejemplo de los primeros, próximos a veces al artículo de costumbres, están los que él llamaba «paliques», donde por encima de cualquier otra cualidad brilla el ingenio satírico del autor, lleno de san­grientos ataques contra la vulgaridad; en esta línea aparece Clarín como ágil conti­nuador de Larra, al que enlaza con la lla­mada generación del 98. Estudia y ejerce la crítica como creación y como función so­cial; la crítica es creación, el crítico ha de aparecer en sus escritos, su personalidad no puede esconderse; defiende una crítica artística, que atienda tan sólo a la belleza de la obra, pero reconoce que en la prác­tica ha de hacerse sociología y moral; su finalidad es explicar la obra, corregir al escritor y educar al público; por eso se enfrenta al problema de su eficacia. Para él la solución está en el lema: «¡Lealtad y amenidad!».

Clarín, situado en la línea re­formista de una parte de nuestra literatura, tiene como afán la educación moral, po­lítica y religiosa del pueblo español, basándola siempre en la tolerancia y la com­prensión; sus amargas quejas prenuncian el ideario de escritores posteriores: «La marea sube, cada vez se piensa y se siente menos», «nadie ve, nadie oye, nadie en­tiende nada», «burla burlando procuro ir contra la corriente que nos lleva a la per­dición». Nunca fue intención de Clarín elaborar un sistema sobre la crítica litera— ria, pero a lo largo de sus artículos apare­cen como base de todos sus juicios unas teorías doctrinales casi sistematizadas; tal vez su servidumbre a la noticia de actuali­dad y al presupuesto familiar — definió los paliques como «un modo de ganarse la cena que usa el autor honradamente, a falta de pingües rentas»— le impidió pu­blicar una obra en que apareciesen estruc­turadas sus ideas estéticas. Da gran impor­tancia a la distinción entre los géneros, considera que cada uno se halla regido por unas leyes que emanan de él mismo; estas leyes vienen exigidas por el asunto de la obra, pero se dan tan sólo en la forma; desde tal perspectiva estudia con gran acierto las novelas dialogadas y los dramas de Pérez Galdós.

Se proclama de­fensor del Naturalismo (v.), pero considera este movimiento como oportuno aunque no exclusivo, posición que cae dentro de su manera, relativista e historicista, de consi­derar los valores literarios. En conjunto su crítica sobre teatro y novela es acertada y de gran profundidad; falla, con excep­ción del estudio sobre Baudelaire, en la valoración de la poesía; la causa debió ser la carencia de una educación poética por formar parte de una generación sin poetas; para él Campoamor y Núñez de Arce eran los dos soles de la poesía española, prefe­rencias que coinciden con las que susten­taba Azorín a finales de siglo. Fue muy discutida su dureza con los noveles y las medianías, producida seguramente como reacción contra la vulgaridad — «yo que soy demócrata de alma, en literatura creo que no he pasado de las oligarquías» —; por este lado pecó de exageración. Los auto­res consagrados son para él casi unos ído­los; por encima de todos Galdós y Menén­dez Pelayo, al que discute sin embargo sus ideas políticas y religiosas; tras ellos los dos poetas citados, Echegaray y Castelar.

Por Pereda, al que atacó en los Solos con bastante dureza, sintió después gran admi­ración; con la Pardo Bazán siguió, por mo­tivos personales, una evolución inversa; en Valera ve, bajo la mejor prosa de la época, las ideas de un librepensador; en Alarcón encuentra cierta incapacidad que le impide crear personajes verosímiles y reales. Sus dos grandes defectos son la in­comprensión de las generaciones posterio­res y en algunos casos el excesivo aire polémico. En los escritos de Leopoldo Alas encontramos, tras las palabras, al hombre, a sus ideas y sentimientos; es fácil se­guir a través de ellos la evolución de su espíritu, que va desde el libre examen, aplicado como fenómeno histórico al estu­dio de la literatura, el positivismo y el naturalismo, hasta llegar a defender una novela poética — término éste cuyo conte­nido conceptual en Clarín es de difícil com­prensión—, un esplritualismo y una posi­ción religiosa parecida a la de Renán pero con notas de mayor modernidad que volve­remos a encontrar en Unamuno; así su posición ante la muerte y la lucha entre razón y sentimiento: «Cuando se trata de cosas de allá arriba… ¡seduce tanto creer! Sólo hay una cosa más sublime: estudiar la verdad y huir de los ensueños, como si fueran tentaciones».

S. Beser