Esencia y Forma de la Simpatía, Max Scheler

[Wesen und Formen der Sympathie], Obra del filósofo alemán publicada en Bonn en 1923. Max Scheler ya había sentido atracción por el estudio de la simpatía mucho antes de esta obra, y de hecho ella no es sino la refun­dición de un ensayo anterior aparecido en 1913,

 Fenomenología de los sentimientos simpáticos. Scheler repudia aquí los viejos procedimientos de análisis por disociación conceptual, a menudo artificial: el senti­miento le parecía anterior a todo conoci­miento representativo, fenómeno original («Urphánomen»). Después de formular al­gunos puntos de vista sobre la ética de la simpatía, Scheler distingue claramente la simpatía de los actos de «contagio mental» («Gefühlsansteckung»), los cuales no son más que la reproducción subconsciente de los estados afectivos de otro (como sucede por ejemplo en una reunión alegre, donde uno se encuentra casi automáticamente arrastrado a la risa, sin que la voluntad haya intervenido en absoluto). El primer peldaño, y más elemental de la simpatía, e¿ la simpatía como «Einsfühlung», es de­cir, bajo la forma de un sentimiento de unidad completa, de identidad absoluta con alguien.

En suma, no se trata aún de simpatía, sino de un estado de transición entre la simpatía verdadera y el «contagio sentimental»: tales son las relaciones de la madre con su hijo (identificación del otro con uno mismo), o de los primitivos con su tótem (identificación de ellos mismos con otro). Pero donde verdaderamente se halla caracterizado el «Einsfühlung» es en la vida erótica, donde existe un aniquila­miento del yo en la unidad vital: de este modo el «Einsfühlung» se halla en la base de todo cuanto vive. Scheler, sin embargo, no va tan lejos como Druesch y no hace del «Einsfühlung» el fundamento de todo el ser. Ciertamente por encima de lo vital de la unidad y del «Einsfühlung» existe la esfera del espíritu, donde la comunión no es ya identificación, sino al contrario res­peta al otro y su diferencia, de donde llega a ser comunión de «personas».

Se llega así a la simpatía propiamente dicha que Scheler expresa con la palabra «Mitfühlen»: este sentimiento es absolutamente di­ferente del «Einsfühllung», en cuanto que éste respeta el ser propio de cada uno de los términos y, por consiguiente, sólo nos puede hacer penetrar en el otro en tanto que es sujeto. Scheler distingue tres formas principales de este sentimiento: el «Miteinanderfühlen», cuando dos seres experi­mentan conjuntamente el mismo senti­miento. El contenido intencional es enton­ces idéntico en ambos seres, lo cual no es posible, evidentemente, si no se trata de sentimientos superiores. El «Mitgefühl», por el cual existe en un sujeto una especie de eco del sentimiento de otro sujeto: la im­presión no es inmediata como en el caso del «Miteinanderfühlen», sino que sólo se da por la comprensión, en la que el sufri­miento de otro provoca de rechazo la com­pasión por mí.

Finalmente el «Nachfühlen», que es una comprensión emocional de los sentimientos de otro, aun cuando ella no despierte en mí, en absoluto, un eco sentimental: tal es el caso del historiador frente a los siglos y los pueblos pasados, del historiador frente a los héroes. Scheler estudia a continuación las diversas teorías históricas de la simpatía, se liga a cierto agustinismo y critica a Schopenhauer, que ha desfigurado la piedad haciendo de ella un movimiento hacia el sufrimiento, lo cual ha dado ocasión a las críticas de Nietzsche. La segunda parte de la obra está con­sagrada al amor, plantea el problema de los valores y quiere resolver el problema del paso del amor-tendencia, vivido, afec­tivo, a la esfera de la ética. Distingue rigurosamente el amor de la simpatía: el amor no se puede resolver ni en el ««Eins­fühlung», pues el amor es siempre perso­nal, libre y se funda sobre la autonomía y espontaneidad de los sujetos, ni tampoco en el «Mitfühlen», pues es propio del amor el estar dirigido por encima de todos los valores (mientras lo vivido afectivo está más acá de todo valor). Así, atendiendo a sus efectos, se podría decir que el amor es aquello que nos revela los valores.

Pero esto, para Scheler, no significa en modo alguno que él los cree, ni que haga otra cosa que aprehenderlos. Los valores existen en los seres, pero como en poten­cia, y el amor los hace pasar al acto en el objeto amado. El amor puede dirigirse a las cosas, pero por esencia, y es en ellas solamente donde alcanza su perfección, se dirige a las personas. Todavía, para que este amor personal sea real, es preciso que el otro pueda verdaderamente ser alcanza­do en cuanto otro: Scheler se opone viva­mente al idealismo que pretende que el yo sólo puede alcanzar inmediatamente al yo.

Por el contrario, y Scheler se une así al tomismo, la experiencia psicológica nos prueba que la realidad inmediatamente ofrecida al sujeto no es precisamente el yo, sino el otro; por otra parte, el conoci­miento de los otros «yo» se funda sobre la intencionalidad simpática y los otros seres no nos son dados en principio como cuer­pos. Es por esta razón por lo que de todas las filosofías que niegan la realidad del mundo exterior, ninguna osa llegar hasta el solipsismo y negar la realidad de los otros «yo». El método de Scheler prosigue la serie de trabajos de Husserl. Puede verse como sus descripciones de las relaciones con el otro son bastante optimistas y como pueden conducir a un redescubrimiento de sentimientos y virtudes de esencia cristia­na, que Scheler no obstante no refiere en absoluto a ninguna teología. El mérito de Scheler, en realidad, está en saberlas ha­llar de nuevo en la descripción fenomenológica de la experiencia cotidiana. Su in­fluencia ha sido grande en el desarrollo de la corriente personalista contemporánea.