Escritos y Recuerdos de Cecioni

[Scritti e ricordi]. Colección postuma de escritos de crítica de arte del escultor y pintor florentino Adriano Cecioni (1836- 1886), editada en Florencia en 1905, con un apéndice de las cartas que se cambiaron entre él y Carducci, los pintores De Nittis, Telemaco Signori y otros.

Primero publica­dos entre 1869 y 1884 en opúsculos sueltos o en periódicos como el «Giornale artísti­co», el «Fanfulla della Domenica», la «Domenica Letteraria» y en parte firmados con el seudónimo de Hipólito Castiglioni, los artículos y las notas comprendidos en el volumen están generalmente escritos con ocasión de las exposiciones de arte, como las Exposiciones Nacionales de Nápoles de 1877 y de Turín en 1880, o son cordia­les evocaciones de la vida y del arte de los macchiaioli: Serafino de Tivoli, Banti, Costa, Cabianca, Signorini, Borrani, Lega. Apasionado defensor de la santidad de la verdad, y de la poesía en la vida cotidiana y de la naturaleza desnuda de convencio­nales ornamentos, Cecioni vio en el realis­mo la tendencia más sincera y fecunda del arte moderno.

En la contraposición entre el culto de la verdad y la fantasía o, mejor, el falso idealismo, que «nos conduce a un mundo inexistente», destaca un motivo antirromántico que, sin embargo, se desarrolla sobre una base propia de aquella libertad artística que había sido afirmada precisa­mente por el romanticismo. Puesto que la verdad es el objeto del arte, «todo es bello en la naturaleza desde el punto de vista del arte, pues todo resulta de los mismos elementos: esto es, luz, color, claroscuro y dibujo. Las diferencias en la selección de estos elementos constituyen la mayor o menor belleza de una obra». Según la con­cepción de este escritor el realismo no quiere ser sinónimo de vulgar y fotográ­fica reproducción de la naturaleza, y no excluye la personalidad del artista: «El es­tudio de la verdad, sin la intervención de la escuela, tiene por consecuencia natural el desarrollo de las cualidades individuales».

Partiendo de estos principios, la crítica de Cecioni se empeña, con notable claridad de juicio y gusto seguro, en una viva polé­mica contra el academismo de los «profe­sores», y la falsa elegancia de la pintura de Meissonier — indicado como prototipo del artista célebre y mediocre—, de Fortuny y de sus seguidores. Otro blanco para los tiros de Cecioni es la crítica, incapaz de discernir entre los artistas verdaderos y los falsos o mediocres: de aquí la afirma­ción sostenida contra Ferdinando Martini y Enrico Panzachi, de la incompetencia de los críticos no artistas.

Con sus severos jui­cios acerca de artistas admirados y cono­cidísimos como Dupré, Michetti, Morelli, contrasta su alto aprecio de los «macchiaioli» (manchistas), cuyo ideal estético de­fine y teoriza claramente: «La verdad re­sulta de manchas de color y de claroscuro, cada una de las cuales tiene un valor propio que se regula por medio de su relación». En el cuadro «la naturaleza debe ser sor­prendida», pero «para que esta sorpresa se efectúe es menester hallar el modo de repro­ducir los efectos en brevísimo tiempo…». Los escritos de Cecioni, por cuanto refle­jan la franca separación que se había ve­rificado tanto en Italia como en Francia, entre el mundo artístico oficial y el arte vivo (comprendiendo con este nombre, bajo el signo del realismo, el movimiento de los «macchiaioli»), pueden ser considerados en conjunto como uno de los más significa­tivos testimonios de crítica italiana de arte en el siglo XIX.

G. A. Dell´Acqua