Escritos sobre la Radio, Guglielmo Marconi

[Scntíi sulla radio]. Los escritos sobre la radio, fueron pu­blicados en el volumen Escritos de G. Mar­coni (Roma, 1941), con gran número de ilustraciones y un prefacio de G. Giorgi sobre la vida y la obra del famoso inven­tor. Este volumen se editó, a instancia de la Academia de Italia, por una comisicomisiónespués se redujo casi exclusivamente a G. Pession, a quien incumbió la mayor parte del trabajo, y a Severi.

Comprende escritos en italiano y la traducción de los publicados en lengua extranjera que fue confiada a G. Gallarati. En una nota al prefacio se dice que han sido omitidos al­gunos escritos menores, sobre todo de cir­cunstancias. Hubiera convenido incluir en este volumen únicamente los escritos re­ferentes a la radio, excluyendo los políticos o semipolíticos (pocos, afortunadamente). Los escritos sobre la radio estaban publi­cados todos, comenzando por las patentes de invención, que para un inventor tienen preeminente importancia. Desde luego tam­bién estaba reproducido en el volumen el artículo inserto en la Enciclopedia Italiana, sobre la radiocomunicación, en el que co­laboró Corbino. No obstante, interesa se­ñalar que aun recogiendo todo lo que es­cribió (incluso las cartas privadas) y todo lo que dijo Marconi, estaremos lejos siem­pre de tener una imagen completa del ge­nio del gran inventor.

Huelga decir, sin embargo, que estos escritos, aun no siendo suficientes para definir la personalidad de Guillermo Marconi, son útiles para acercarnos a él. De ellos se obtiene una idea del gran investigador muy diversa de la imaginada por el gran público. Marconi no se nos presenta como un mago que pro­cede por adivinaciones súbitas, en estado de furor inventivo, sino como un hombre tenaz, laborioso, paciente, que no se des­anima ante ninguna dificultad. Una vez dijo él que la radio había superado sus propias esperanzas y dijo la verdad; pero es también innegable que no consideró nun­ca la radio como tema agotado ya, y con­tinuó trabajando siempre como en sus primeros años. Tampoco es cierto que Mar­coni fuese un diletante. No tenía mucha preparación matemática y no sintió nunca la necesidad de colmar esta laguna, pero estudió a Hertz, estudió (a su manera) a Maxwell, se aconsejó muchas veces con Righi, y nadie ha dicho que desdeñara las ideas de los científicos.

Parece haber he­cho todo lo contrario, escuchando atenta­mente a los hombres de ciencia; mas, como es natural, ante todo se escuchaba a sí mismo y creía en la experiencia más que en las teorías. Desde sus primeras tenta­tivas había comprendido que los hombres de ciencia sabían, acerca de la radio, me­nos de lo que creían saber; Marconi com­prendió en seguida que la teoría hertziana de la propagación de las ondas eléctricas no era aceptable, y hoy sabemos que tenía razón. Decir que rechazando aquella teo­ría actuaba de un modo imprudente, es ab­surdo. Él había experimentado que la teo­ría no correspondía a los hechos y tenía el deber, más que el derecho, de rechazarla. Es más, en nuestra opinión la carre­ra tras las ondas largas en que Marconi se empeñó, y con él todos los demás, du­rante tantos años, fue debida a una suge­rencia de los hombres de ciencia. Si la at­mósfera es un dieléctrico perfecto y no se tiene idea de la ionización de que ha­blarían Heaviside y Kennelly, para superar, en lo posible, la curvatura terrestre no hay más que confiarse a la difracción; y en­tonces será menester recurrir a ondas más largas de las que sirven para cubrir una cierta distancia, si se quiere superar una distancia mayor.

En la carrera tras las ondas largas Marconi procedió con todo el rigor que pudiera reclamar el investigador más exigente y, como es sabido, fueron los aficionados los que determinaron la vuelta a las ondas cortas. Los aficionados habían demostrado que aquellas ondas, tenidas por inutilizables, eran desde ciertos puntos de vista, mejores que las largas. Estos dile­tantes representaban la experiencia y no la improvisación, y Marconi hacía bien en seguirlos, y así lo hizo en sus momentos más fecundos; y si algunos creyeron, por pedantería, poder identificar esta fe en la experiencia con la superficialidad y la li­gereza, la culpa no es ciertamente de Mar­coni. El primero de los escritos publicados en este volumen, la conferencia a los in­genieros electricistas de Londres, el 2 de marzo de 1899, aclara del modo más satis­factorio la cuestión de sus relaciones con Righi, que suscitó tantas inútiles polémicas.

Marconi dice que cuando es necesario di­rigir el haz de rayos en una dirección dada, utiliza un dispositivo parecido al oscilador de Righi, puesto a lo largo de la línea focal de un reflector parabólico «ad hoc»; más adelante habla de las esferas del re­ceptor de Righi. Así se explica que emplea­se en sus primeros experimentos el oscila­dor de Righi, aunque oportunamente mo­dificado. Esto es importante, y hay que reconocerlo, aunque Marconi no intervinie­ra sino en mínima parte en la construcción de sus primeros aparatos. Una nota im­portante en el aspecto científico (Marconi es inventor, y si hizo verdaderos descu­brimientos, también provocó otros) es la referente a la propagación de las fuerzas electromagnéticas a gran distancia, leída en la Real Sociedad de Londres el 12 de junio de 1902. En cuanto al aspecto técnico señalaremos la conferencia en el Capitolio, del 7 de mayo de 1903, en la que Marconi demuestra tener plena conciencia de haber impuesto la radio al mundo. Importantes son también muchos de sus escritos más recientes y, en particular, aquellos sobre las ondas cortas, sobre las ultracortas y sobre las microondas.

S. Timpanaro