Esbozo de una Moral sin Obligación ni Sanción, Jean-Marie Guyau

[Esq’uzsse d’une morale sans obligation ni sanction]. Obra del filósofo vitalista francés que considera la vida como base del arte, de la moral y de la religión, en cuanto ella comprende en su misma in­tensidad un principio de expansión natural. Fue publicada en 1885. En esta obra in­tenta el esbozo de una moral positiva en que no tengan parte prejuicios ni hipóte­sis metafísicos; es decir, una moral que, brotando de nuestra propia naturaleza, ex­prese el sentido más alto de nosotros mis­mos y esté exenta de toda obligación y san­ción impuesta desde fuera o desde encima.

Ahora bien, para Guyau el principio y la fuente de la moralidad es la vida misma. La vida es, en efecto, deseo de conservarse, pero también de expansionarse; cuanto más intensa sea, más extensa y fecunda será en todos los aspectos: es fecundidad, no sólo material, sino también intelectual y moral, y precisamente este deseo de expansión es el que da origen a nuestra acción moral; queremos padecer por los demás, expansionar nuestro pequeño yo en una simpatía más amplia con los hombres y con las cosas; queremos obrar, dar al mundo a manos llenas la actividad; sólo el criminal no experimenta tormento por su inercia. Al proceso de nutrición y asimilación acom­paña siempre por ley de vida el de expan­sión y fecundidad; el individuo es impul­sado siempre por la naturaleza a ser hom­bre social y hombre ético.

Con el progreso de la moralidad se llegará hasta la soli­daridad completa de placer y de dolor; un día, los placeres, las penas y los pensa­mientos de todos contarán con resonancia eterna en el alma de cada uno. Así la ley moral parte, para Guyau de la oscura pro­fundidad de lo inconsciente; leyes físicas y leyes psicológicas impulsan al hombre a expansionarse y obrar para los demás, lo cual es ley moral y hasta ley natural. «Puedo, luego debo» es la nueva fórmula de amor que Guyau contrapone al rígido precepto kantiano del «debo, luego puedo». Para él hay, pues, un instinto moral indis­cutible y no una obligación moral superior, un imperativo categórico, que constriñe el bien. Y como una ley moral impuesta no tiene sentido, no debe existir tampoco en el terreno ético la sanción; ésta es humana, relativa, social, pero no moral; tanto la pena como la obligación para ser verdade­ramente morales deben ser ley interior. El egoísmo se sanciona por sí mismo porque quien menos da de su vida padece más.

Hoy el mundo del deber es ley de amor. Toda la historia nos da ejemplos de sacri­ficios y de heroísmos que el hombre cum­ple prefiriendo un momento de vida intensa y maravillosa a toda una existencia gris y normal; pero la acción moral de aquel momento no deriva de una ley impuesta desde arriba, sino de una decisión moral personal y libre. La categoría suprema ven­drá a ser así, no la de la ley, sino la de la bondad. La acción moral individual que tiende a realizar un contenido de bien y de amor es la única que da esperanza y objeto a la vida, en la oscuridad de los significa­dos del mundo y en el silencio de los cielos vacíos de todo dios (v. también la Irreli­gión del porvenir). Lo infundado de esta doctrina moral está claro.

En primer lugar, el concepto de vida expansiva no basta para asegurar la moralidad de esa expan­sión; era menester una designación cuali­tativa de esa intensidad que, por otra par­te, podría ser también la hiperactividad de un bruto o de un violento. Además, una ley moral natural, esto es, que tiene las mismas bases del placer, no puede garan­tizar que sea moralidad pura. De todas maneras, aunque las conclusiones sean dis­cutibles, la belleza de ese libro está en el penetrante examen psicológico que emana de sus detalles; y sobre todo en ese sentido ideal de amor universal de que trata el autor en cada página con el acento ardien­te y conmovido de un seguidor del Bien.

G. Sborni