Epístolas de San Gregorio Nacianceno

El epistolario de San Gregorio Nacianceno, escritor griego cristiano del siglo IV, com­prende 245 cartas, escogidas por el propio autor y publicadas con las Epístolas (v.) de San Basilio a petición de su sobrino Nicóbulo.

Limadas y perfeccionadas según los cánones de la retórica, testimonian la re­finada técnica estilística de su autor; por otra parte, en la epístola LI, dirigida a Nicóbulo, el mismo San Gregorio da las reglas del arte epistolar, aprendidas en su mayor parte en las escuelas de retórica, pero ele­gidas con tal método y medida que demues­tran su buen gusto. Las cartas son muy variadas por su contenido, van dirigidas a diversos destinatarios y en ocasiones dife­rentes. De contenido teológico, y conside­radas por algunos más como discursos que como cartas, son las epístolas CI y CU, dirigidas a Cledonio y escritas en 382, rela­tivas a la naturaleza de Cristo, en las que San Gregorio defiende los principios reco­nocidos en el concilio de Nicea, contra las herejías que entonces se iban difundiendo por Oriente (epístolas que tuvieron gran fama y sobre las que se basaron las senten­cias formuladas en los concilios de Éfeso y de Calcedonia).

Otras son cartas de presen­tación, de recomendación o de consolación, como la dirigida a San Gregorio de Nisa, por la muerte de su hermana Teosebia. Par­ticular interés tienen algunas epístolas di­rigidas a famosos sofistas de su época „ como Temistio, al que San Gregorio expresa toda su admiración, aunque muestre por otra parte que no ignora los defectos de la sofística. El refinamiento formal no es en estas cartas un fin en sí mismo; a través de sus frases, de ordinario breves y bien trabajadas, en las frecuentes sentencias, que más tarde fueron recogidas aparte, y en la fina ironía que a menudo caracteriza su estilo, se reconoce a un hombre y a un pensador honesto y sincero. La lengua es ática y notablemente pura, el estilo es el característico de la escuela asiática, rico en figuras de todo género, con períodos armoniosos, que acaban en cláusulas rítmi­cas, a menudo basadas en la acentuación y no en la cantidad.

C. Schick