Epístolas de Lupo de Ferriéres

[Epistolae]. El epistolario ocupa el primer lugar entre las obras de Lupo (en francés Loup, hacia 805-hacia 862), erudito y maestro de vastísima influencia en el renacimiento carolingio, que vivió en los monasterios de Ferriéres y Fulda principalmente.

Forman la colección 127 cartas, incluyendo algunas que le fueron dirigidas por los amigos. A través de una prosa clara, elegante, sin­cera, se revela la actividad múltiple del monje y del abad en la vida eclesiástica, política y literaria de su tiempo. Lupo es­taba en relación con las figuras más nota­bles de su época: Eginardo, Rábano Mauro, Gotescalco, Hincmaro de Reims, Prudencio de Troyes, Gión de Orleans, Ratberto de Corvey, Marcguardo de Prüm, Carlos el Calvo, Lotario, el papa Benedicto III. La amistad con Eginardo, historiador de Car­lomagno, que, más anciano que él, pasaba sus últimos años en Selingestad, le fascinó de modo particular, haciéndole prorrumpir en exclamaciones conmovidas y entusiastas, de verdadero homenaje al sabio, al «más venerable de los hombres».

Este exquisito temperamento de intelectual, esta llamada apasionada a un mundo pasado, que sin embargo tanta fuerza puede dar al pre­sente, colocan a Lupo en la cima del des­pertar casi humanista de su época y cons­tituyen el rasgo más original de su epistolario. En sus relaciones, tan variadas y palpitantes, el interés del literato, del filólogo, del crítico, representan la parte principal, cualquiera que sea la motivación de la carta. Por primera y única vez en la Edad Media, anticipándose a los eruditos del siglo XV, Lupo nos describe vivamente el ansia y expectación con que busca y en­cuentra, lee, estudia, corrige y colecciona los códices de los autores antiguos, revela­dos entonces al mundo casi por primera vez. Es un verdadero y amoroso estudio de los clásicos según el moderno procedimiento de colaciones, acompañado de explicaciones eti­mológicas, gramaticales y métricas de voces y expresiones, que investiga y transcribe movido por su elevado amor al «comercio de las letras».

Los códices le llegan de York, de Fulda, de Prüm, de Roma, de la biblio­teca pontificia, cuyos tesoros pudo él admi­rar y utilizar para completar su colección. En el curso de su obra de humanista, cita códices de Cicerón (De inventione, De oratore, Tusculanae, Aratea, Epistolae, Verrinae), Aulo Gelio, Macrobio, César (De bello Gallico), Quintiliano, Tito Livio, Suetonio, Salustio, Boecio (Comentario a los tópicos de Cicerón) y Donato (Comentario a Terencio), además de algunas obras pa­trísticas. El epistolario de Lupo nos ilustra, además, a través de citas directas e indi­rectas, sobre las vastas lecturas que concu­rrieron a formar la pureza y elegancia de su estilo, admirado en todos los siglos. Bas­te aquí recordar, limitándonos a los autores más notables, a Terencio, Cicerón, Virgilio, Horacio, Marcial, Salustio, Livio, Publilio, Proverbios de Séneca, Plinio el Joven, Justino, Valerio Máximo, Suetonio, Flavio, Servio Donato, Prisciano, Nonio Marcelo, Prudencio, Juvencio, Boecio. Sin embargo, no conoció, o conoció apenas, el griego, y para la interpretación de algunos vocablos, solicitó la ayuda de Eginardo.

G. Billanovich