Entre las Sombras del Mañana-Un diagnóstico de los males espirituales de nuestro tiempo, Jan Huizinga

[In de schaduwen van morgen, een diagnose van het geestelijk lijden van onzen tijd]. Ensayo crítico del historiador holandés publicado en Haarlem en octubre de 1935. El autor mismo define su ensayo como una «diagnosis» de la crisis que la civili­zación occidental atraviesa en nuestros días. Evidentemente, la idea le ha sido dada por la política, por la consideración de los males políticos de nuestra época: las co­rrientes del nacionalismo totalitario y sus mitos. Pero el fenómeno político se le re­vela como un aspecto, aunque sólo sea apa­rente, de una crisis que afecta a todos los valores: intelectuales, morales y estéticos. Esta crisis del pensamiento parte del pensa­miento científico, llegado a tal grado de evolución que trasciende de las propias po­sibilidades humanas. «La ciencia parece haber llegado al límite de nuestra capaci­dad pensante…

Las categorías que hasta hace poco nos han servido para pensar, parecen disolverse. Sus confines parecen abolidos». Si del pensamiento científico se pasa al pensamiento divulgado, al modo como el saber se difunde y es acogido y elaborado, resulta sensible una debilidad general del raciocinio, un visible ocaso del espíritu crítico. Los medios de divulgación, la instrucción escolar, la imprenta, la ra­dio, la propaganda y la publicidad, proveen un pensamiento ya elaborado, de ideas for­madas: de este modo, los intelectos se deshabitúan al uso del raciocinio y la crí­tica. Se asiste a una progresiva renuncia del ideal intelectual, a una tendencia a sobreponer los valores irracionales a los racionales, a sustituir a la inteligencia por la voluntad, al conocimiento por la acción, en una exaltación del ser, del vivir, frente al conocer y al juzgar. Con la consecuente exaltación de la lucha, de la violencia, de la conquista.

La crisis intelectual va acom­pañada de la crisis moral. «El hecho de an­teponer el vivir al comprender, obliga a abandonar, junto con los preceptos intelec­tuales los preceptos morales». Decadencia de las normas morales, que va más allá de un presupuesto decaimiento de las cos­tumbres: que es la crisis del concepto mismo de moral, minado por las doctrinas filo­sóficas que niegan a la moral todo funda­mento; por las teorías basadas sobre la relatividad de la moral (tal el sistema cien­tífico del materialismo histórico, o los siste­mas psicológicos que derivan de Freud); por las corrientes estético sentimentales de las modas literarias. Tanto en el campo éti­co como en el intelectual «no queda otra norma que la vida misma, la ciega e impe­netrable vida, al mismo tiempo norma y objeto». También en la política se desenfre­na este culto de la vida, de la acción, que se resuelve en culto de la fuerza, en el dominio del más fuerte. «¡La tierra perte­nece al espíritu heroico!», proclaman los nuevos políticos.

Pero es el suyo un heroís­mo privado de luz moral, reducido a pura vitalidad desencadenada, afirmación de la vida «más allá del bien y del mal». Crisis, en fin, de los valores estéticos. Criterios que aparecían como connaturales con el fenó­meno mismo del arte, se ponen en duda y se niegan. La poesía tiende a liberarse de todo vínculo racional, a sustraerse a toda comprensibilidad lógica: las artes figurati­vas tienden a desentenderse de las formas visibles de la realidad. La manera de repre­sentar no responde ya a la categoría de nuestra imaginación práctica. El arte re­nuncia a toda ligazón con los medios del intelecto; parece que también ella, como la ciencia, esté suspendida en los límites de lo incognoscible. De este modo, triunfa en todos los campos la tendencia a lo irra­cional. La impresión estética y sensitiva se sobrepone al conocimiento lógico. En las propias creaciones de la belleza y del sen­timiento, el elemento racional ligado a las formas expresivas, cada vez queda más atrás. La diagnosis de Huizinga es la de un historiador, no la de un filósofo; no obe­dece a la norma de un sistema filosófico.

Contempla la crisis de la civilización occi­dental con ojos de hijo de esta civilización, de hijo que cree en sus valores, teme por su suerte, y espera en su salvación. Segura­mente, las cosas no son tan amenazadoras como aparecen. «¿Quién puede negar que en todos los campos no directamente ataca­dos del mal de la época, y hasta tal vez también debajo de estos males, con una abnegación ilimitada, de infinitas maneras y con medios cada vez más perfeccionados, no se labore por el bien de la humanidad? Construyendo y haciendo, pensando y poe­tizando, guiando y sirviendo, curando y protegiendo. O tal vez sólo viviendo, como viven los pequeños y los humildes, sin sa­ber nada de la lucha por la civilización.

Sin dejarse turbar por la violencia o por la demencia, gran número de hombres de buena voluntad pasan silenciosos a través de nuestra época, y cada uno de ellos la­bora para construir el porvenir, para construirlo como a él le es dado hacerlo». Y la salvación vendrá, si ha de venir, no de la materia, de las admirables palingenesias económicas y sociales, sino del espíritu, de una purificación espiritual. «Los campeones de una civilización purificada, deberán ser como las gentes que se acaban de desper­tar por la mañana. Deberán sacudir de sí los tristes sueños. El sueño de su alma, que ha emergido de la podredumbre y que podría recaer en ella. El sueño de su cere­bro, retorcido como alambre, y el de su corazón de vidrio. El sueño de las garras y de los colmillos en que se habían conver­tido sus manos y sus dientes entre los la­bios. Y deberán recordar que el hombre nunca debe ser una bestia». [Trad. de Ma­ría de Meyere (Madrid, 1936)].

F. Valsecchi