Ensayos sobre la Verdad y la Realidad, Francis Herbert Bradley

[Essays on Truth and Reality]. Estos ensayos, publicados en 1914, son el desarrollo y complemento de las princi­pales ideas ya expuestas en Apariencia y realidad (v.). El planteamiento del proble­ma es, sin embargo, completamente nuevo, y la manera de tratarlo, en general, más simple y más fácil. Los datos de la expe­riencia inmediata — observa el autor — no pueden aceptarse como tales. No son más que apariencias, ni más ni menos que lo que vemos en el sueño; sólo razones de ca­rácter práctico nos hacen aceptar como rea­les las cosas que percibimos en estado de vigilia y tomar como ilusorias las percibidas en el sueño. Y son apariencias en el senti­do particular de que, para quien las consi­dera profundamente, presentan caracteres que sobrepasan como significado el hecho singular de la experiencia.

Nos llevan a una realidad ulterior, única capaz de explicarlos. En este libro, Bradley renueva la famosa distinción de la filosofía escolástica entre esencia y existencia, o, como él dice, entre «what» (el «qué cosa», la natura­leza, el contenido) y «that» (el simple «que», la actualidad). Las experiencias par­ticulares existen, pero éste su existir no se explica si no es admitiendo que su objeto esencial es parte integrante de una reali­dad absoluta, única para todas. La filoso­fía debe, por tanto, preocuparse principal­mente de distinguir en todas las cosas la esencia de la existencia (su tarea analítica), y, después, de resolver las esencias en lo Absoluto (su tarea sintética). La experien­cia, no obstante, si en un sentido queda trascendida, en otro sentido es inmanente, porque, en su íntima naturaleza, representa la propia manifestación de la realidad abso­luta. La experiencia es múltiple como con­junto de actos, pero es única como expe­riencia absoluta; de aquí la tentativa, por parte de nuestro pensamiento, de absorber y conquistar con sus actos lo real, tentativa eternamente incompleta, porque lo real, en su infinitud, superará siempre a los actos del pensamiento, por numerosos que éstos sean. Todas las dificultades y las contra­dicciones de nuestro conocer derivan de esta inadecuación entre las fuerzas del pensa­miento humano y la tarea que se propone.

Estando ligado a entidades finitas, nues­tro pensamiento deberá contentarse con ver­dades relativas, sujetas a error, y con en­tidades aparentes, sujetas al mal. Pero aun­que no conozcamos nunca la verdad o la bondad perfecta del Absoluto, no por esto estamos separados de él. En cada acto par­ticular, la conciencia repara en el universo. El filósofo, pues, de cada acto particular ha de saber remontarse a lo Absoluto. Así es cómo el sabio debe trascender las for­mas inferiores de las cosas para elevarse hacia las superiores, las mejores, las más bellas, las más verdaderas, la más espiritua­les, porque son las más reales. «No sé si en mi caso es un signo de debilidad o de vejez, pero cada vez voy considerando más lite­ralmente verdadero lo que en mi infancia admiraba y amaba como poesía.»

En el fondo de este libro se encuentra el mismo agnosticismo que en Apariencia y reali­dad (sabemos que existe un Absoluto, pero como sólo podemos conocer lo relativo, las apariencias, lo Absoluto se nos escapa) y la misma necesidad de reaccionar contra el atomismo de los conocimientos y de la realidad, que habían dominado en la filoso­fía inglesa desde Bacon a Spencer. Pero la obra está impregnada de un misticismo más encendido, de una mayor insistencia sobre la idea de que lo Absoluto manifiesta su inagotable riqueza a través de las aparien­cias que experimentamos, a las que hemos de considerar, por tanto, como el aspecto exterior de Dios. Totalmente nueva es la última parte del libro, en la que se pre­dica un modo de vivir heroico, capaz de conservar a nuestro ser todo su carácter trágico.

A. Dell´Oro