Ensayos Críticos de Mann

Los más importantes para valorar el pensamiento crítico de Thomas Mann (1875-1955) están contenidos en el volumen titulado Dolor y grandeza de los maestros [Leiden und Grósse der Meister], publicado en Berlín en 1935; otros menos importantes se publi­caron como artículos de revistas, discur­sos o prefacios de libros; el editor Bermann-Fischer de Estocolmo, que después de la guerra cuida la edición de sus obras completas, ha vuelto a publicar los más lo­grados como en Nobleza del espíritu [Adel des Geistes]. Los más interesantes del tomo de 1935 son los ensayos dedicados a los dos genios de los que Mann obtuvo la más fecunda inspiración para su obra: Goethe y Wagner. «Goethe como representante de la época burguesa» es el título de su pri­mer ensayo: discurso pronunciado el 18 de marzo de 1932 en la Academia prusiana de las artes de Berlín, en ocasión del cen­tenario de la muerte de Goethe; éste es, pues, estudiado en aquel discurso como ex­ponente de una época que se extiende des­de el período de esplendor de las ciudades y del comercio a fines de la Edad Media hasta el declinar del siglo XIX.

Es carac­terístico de Thomas Mann el haber escogido como objeto de estudio este aspecto del excelso poeta, a pesar de venerarlo y amarlo como expresión del Genio; hijo de una alemania todavía burguesa, él podía ana­lizar este aspecto con particular competen­cia y perspicacia. Gran aristócrata del es­píritu, Goethe estaba, sin embargo, nutrido de la savia popular alemana, hermano de Erasmo y al mismo tiempo de Lutero; y mientras en los Años de peregrinación de Guillermo Meister (v.) se anticipa, como solícito pedagogo, a todo el desarrollo eco­nómico y social del siglo siguiente, en las Afinidades Electivas (v.), partiendo del ra­cionalismo del XVIII (a pesar del ropaje rococó, que debe considerarse como pu­ramente exterior), conduce a un mundo de sentimiento y de pensamiento completa­mente nuevo, cuyas misteriosas profundi­dades no están todavía escrutadas completa­mente. Mann, el hanseático ciudadano de Lubeck, se muestra agradecido al cantor, en Hermán y Dorotea (v.), de la clase media a que él pertenecía; se complace en los recuerdos burgueses narrados en Verdad y poesía y no puede abstenerse de citar anécdotas acerca de Goethe padre de familia, hombre de su casa, aficio­nado a la buena mesa, del que nosotros, a pesar de todo nuestro sentido humorístico, difícilmente logramos saborear; le gusta también en el poeta ya anciano aquella pasión del orden, en que Mann ve una expresión de sus ideales democráticos.

Pero ya en los Años de peregrinación él descu­bre una evolución lenta hacia nuevos mun­dos postburgueses, y las raíces de esa auto- suposición del individualismo humanitario por la fuerza del espíritu, que está repre­sentada por Nietzsche y que llevará a com­pletar el concepto de individuo con su función en la comunidad social. — Otro ensayo se titula «La carrera de Goethe como escritor»: en él, el crítico ve su forma vital, plasmada por su personalidad; y el consciente reconocimiento del valor de la personalidad intensificó en Goethe la ca­pacidad de admirar sin envidia al genio, donde lo encontramos. Esta capacidad goethiana de admiración como sostén de su fuerza creadora, es puesta en vivo relieve por Mann, quien siente en ella un pun­to de afinidad con su venerado poeta; en efecto, lo que hace simpático estos ensayos es la denominación convencida con que aproxima y analiza la grandeza y el sufri­miento de los maestros.

Con la particulari­dad de que, a menudo, admira en el genio sobre todo, lo que a nosotros nos interesa menos, como, en el caso de Goethe, el valor moral y social de sus sentencias, las cua­les, según Mann, igualan al escritor con el poeta —.En cambio el ensayo «Dolor y grandeza de Ricardo Wagner», escrito para el cincuentenario de la muerte del músico y leído el 10 de febrero de 1933 en la Uni­versidad de Munich, es una especie de confesión del propio artista Th. Mann, en que nos interesa no sólo «cómo» él ve al hombre y artista Wagner, sino también «por qué» lo «ve de esa manera. Nos lo presenta como la más perfecta expresión del si­glo XIX; gigantesco y sufriente, macizo y delicado, mítico y rudo, complicado y ambiguo, mal conocido y glorioso, revolu­cionariamente anárquico y reaccionaria­mente democrático, alemán-nacional y europeo-supranacional, romántico y realis­ta, caótico y pedante, esencialmente trá­gico y teatral; un genio que, a pesar de toda su tristánica embriaguez de muerte, supo transfundir en su música la «volun­tad» de Schopenhauer, en aquel eterno de­seo de amor, que el filósofo llama el hogar de la voluntad. Wagner ha conseguido con­ciliar en sus obras dos fuerzas contradicto­rias: psicología y mito.

¿Quién no ve aquí una justificación de la tentativa análoga que propone Mann en su grandiosa concepción de la tetralogía de José (v.)? En la relación de Wagner con cada una de las artes, su crítico percibe cierto diletantismo, al paso que ve brillar tanto más puro su genio en la síntesis de las artes. Es además típico del culto de Th. Mann por el mundo burgués el celo con que se esfuerza por mostrar cómo Wagner, revolucionario del 1848, y cuyas vicisitudes privadas fueron un verda­dero desafío a la opinión pública, viviese to­davía y crease en un aura de burguesía, burguesía que se revela también en su pesi­mismo moral, en la atmósfera de decaden­cia, que el siglo décimonono junta con la monumentalidad de la forma, puesto que para él moral y grandeza son una misma cosa (y aquí tenemos la clave del moti­vo fundamental de los Bunddenbrooks, y de otras muchas obras de Th. Mann). — A «August von Platen» está dedicado un discurso, comprendido en el mismo volu­men, pronunciado el 4 de octubre de 1930 en la Sociedad Platen de Ansbach.

En la vida mísera y atormentada de este hijo de la nobleza alemana, en su admirable «pathos» potético, que lo sostuvo en todas las humillaciones de su vida, con su celo por cantar siempre la fuerza y la dignidad y en el tono mágico de su mundo de her­mosas apariencias, fatigosamente construi­do en medio de su pobreza a menudo ri­dicula de la vida real, percibimos junto con Th. Mann, una afinidad con don Quijote (v.); en la caballerosidad de Platen hay, no sólo la tristeza de Tristán influida por la atmósfera veneciana, sino la del «caballero de la triste figura» —.En «Una travesía con don Quijote», ensayo escrito en mayo de 1934 durante el viaje de Th. Mann a América al evadirse del Tercer Reich, el crítico mo­derno comenta con espíritu genial la obra de Cervantes, definiéndola como un libro universal, que se presta a ser leído en un viaje por el mundo.

La magnífica traduc­ción de Tieck, observa Th. Mann, ha dado al libro su segundo ropaje, el alemán; pero acerca del elemento satírico de la novela y de los cuentos que intercala en ella, Mann sacude la cabeza perplejo, mientras la afa­ble figura tragicómica del héroe idealista le inspira a la vez amor y piedad, compa­sión y veneración.— A otro escritor ale­mán «Theodor Storm», está dedicado un ensayo concebido como introducción a la edición de Knauer de las obras completas de aquel novelista. Aquí se manifiestan par­ticularmente visibles las cualidades de Mann, como crítico, de hacer notar lo de­fectuoso y ridículo que hay hasta en los grandes artistas y, al mismo tiempo, hacer comprensible y simpático hasta lo que hay, en ello, de demasiado humano; parecidísimo por su origen, época y estilo al gran nove­lista nórdico, Mann no puede menos de hacer notar la limitación en el tiempo y en el espacio de aquel escritor de la pequeña región de Holstein y sus defectos humanos; con todo, en una bella comparación de él con Turguenev, observa la profundidad lí­rica y mítica de Storm frente a la supe­rioridad psicológica de aquel héroe de sa­lón ruso occidentalizado. En ambos el críti­co reconoce a sus antepasados literarios.

Y además, el mérito de Mann consiste en haber llamado la atención acerca de la be­lleza eterna de algunas poesías de Storm, que él prefiere a sus novelas (exceptuando el Hombre del caballo gris, v., que perte­nece a la literatura mundial) y en haber puesto de relieve, junto al elemento cris­tiano generalmente reconocido en este au­tor, el elemento nórdico germánico del «es­calofrío primordial» (en el Hombre del caballo gris) y el pesimismo científico del siglo XIX, vivo siempre en Storm. Al fin y al cabo la intrépida conducta moral de aquel hombre valientemente libre, a pesar de su sensiblería, había de conmover el ánimo de Th. Mann que en él adivinó un precursor en el culto de aquellos ideales democráticos en que él informa su propia obra. — También acerca de «Chamisso» es­cribió un prefacio para una nueva edición de sus obras, no comprendida en el volu­men Dolor y grandeza, etc., pero repro­ducida en el volumen Rede und Antor [Discurso y réplica].

Remonta al año 1911 y estudia con agudeza la personalidad del autor de la Historia maravillosa de Pedro Schlehmil (v.), haciendo notar la afinidad entre él y su creación poética, en el tono realista y burgués, que se mantiene y se salva en medio de los acontecimientos más fabulosos. Hay además un «Discurso en torno a Lessing» en que Thomas Mann, que en el arte de Wagner y en el pensamiento de Nietzsche, había encontrado una espe­cie de justificación de su propia estética, alaba en la crítica clarividente de aquel imperturbable defensor de la verdad una misión nacional, que él después, en otro terreno, reanudaría (compárense sus men­sajes: Oyentes alemanes [v. Ensayos polí­ticos]), con una clara y valiente dialéctica bien templada en la escuela de aquel gran crítico, que también en su obra poética como en Minna de Bamhelm (v.) y Nathan el Sabio (v.) aspiró a educar a su pueblo nacionalmente y supranacionalmente en el ideal de la humanidad.

C. Baseggio – E. Rosenfeld