Ensayos Críticos de De Sanctis

[Saggi critici]. Ensayos, artículos, confe­rencias y lecciones, publicadas o pronun­ciadas por Francesco De Sanctis (1817-1883) entre 1855 y 1872, y reunidos por él mis­mo en diferentes colecciones. Son cerca de sesenta ensayos en cuya publicación los editores no siguieron un criterio cons­tante, inspirándose en motivos de utili­dad práctica, suprimiendo alguno para insertarlo en otra compilación monográfica más adecuada: así el ensayo sobre «La crí­tica del Petrarca», insertado en el Ensayo sobre Petrarca (v.), y el ensayo sobre el «Mundo épico lírico de Manzoni», que con los otros tres de tema análogo forma el es­tudio sobre Manzoni (v.).

Algunos ensayos fueron refundidos y más o menos compen­diados en otras publicaciones; así «El epis­tolario de Giacomo Leopardi», «Alia sua donna, poesía de Giacomo Leopardi», «La primera canción de Giacomo Leopardini, «Las nuevas canciones de Giacomo Leo­pardi», en el Estudio sobre Giacomo Leopar­di (v.); otros, en fin, o fueron refundidos o publicados como anticipaciones, y sin va­riaciones substanciales, de capítulos de la Historia de la literatura italiana (v.): «El hombre de Guicciardini», «Hugo Fóscolo», y «Giusseppe Parini». Los Ensayos críticos de De Sanctis constituyen un momento de capital importancia, en la historia de la crítica y de la doctrina estética italiana del siglo XIX: el máximo punto de paso y de conjunción entre el gran movimiento filo­sófico romántico y específicamente hege­liano, y la nueva estética idealista, por encima del complejo trabajo filológico y erudito del último trentenio del siglo, cuya importancia De Sanctis estaba muy lejos de desconocer, así como su utilidad, sobre todo como reconquista de un sentido más serio y positivo de la vida y de la historia, y como reacción contra la ignorante faci­lidad y las arbitrariedades de la crítica ro­mántica al uso.

Además por estos ensayos es posible reconstruir, en sus principios ge­nerales y en su desarrollo, la doctrina esté­tica de De Sanctis aunque episódica y a menudo incidental en su formulación y no fijada en abstracta claridad de sistema, porque en De Sanctis las exigencias de la crítica concreta tenían absoluto predo­minio sobre las abstractas y especulativas. El esfuerzo crítico de De Sanctis, que se había formado en la filosofía hegeliana, se dirigió a desarrollar en forma original el principio más fecundo de la estética de Hegel: la identidad de contenido y forma, pero liberándolo de los residuos intelectualistas y de la trascendencia idealista que en aquella estética pesaba sobre el con­cepto del arte. A la estética de la idea, De Sanctis contrapuso su estética de la forma; síntesis individuada y primigenia de forma-contenido, de individual-universal, cuyos principios están ya claramente formulados en el ensayo sobre «La crítica del Petrarca», reivindicando en ella vigo­rosamente la absoluta libertad y autono­mía del arte como momento de la vida del espíritu.

«La esencia del arte, dice él, es la forma: no la forma ropaje, velo, espejo, manifestación de una generalidad distinta de ella, aunque unida a ella; sino la forma en la cual la idea ha pasado ya, en la que el individuo ya se ha elevado: aquí está la verdadera unidad orgánica del arte». Antes de la forma no hay nada, o hay el caos: y la «estética aparece sólo cuando aparece de forma, la cual es sólo ella misma, como el individuo es sí mis­mo… el mundo estético no es apariencia, sino substancia, es más, la substancia, lo viviente». Concepto original y profundo, con el cual De Sanctis no sólo se separaba decididamente del hegelismo, sino que com­batía resueltamente los viejos prejuicios humanísticos, y las distinciones retóricas de una forma bella y de una forma fea; y basándose en ella se fijan los cometidos y el procedimiento propio de la crítica, que consiste en reconstruir el proceso gené­tico de la forma, trabajar «a partir de la forma para ir a parar al mundo interior», mientras el artista «del mundo interior se eleva a la forma». Este es el procedimiento genialmente ejemplificado y aplicado por De Sanctis en sus ensayos críticos: recons­truir la dialéctica y la legitimidad y las razones de la forma en la dialéctica del contenido, estudiado en sus caracteres or­gánicos e internos y en la actual y activa copresencia de todos los elementos del mun­do espiritual del artista.

Este gusto por la investigación y la reconstrucción dialéctica — en que De Sanctis parece a veces pecar por exceso de vigor, especialmente en te­mas de importancia no capital, aunque per­maneciendo siempre animado y sostenido por un profundo sentido de los valores ar­tísticos y psicológicos — dio origen no sólo a los ensayos de alta interpretación crítica (los referentes a Leopardi, los cuatro ensa­yos dantescos «Francesca da Rimini», «El Farinata de Dante», «Pier delle Vigne», «El Ugolino de Dante», etc.), sino también aquellos otros en que De Sanctis se mues­tra polemista brillante y temible («Julio Janin», «Janin y Alfreri», «Janin y la Mi­rra») o demoledor no menos persuasivo que irresistible e implacable («Beatrice Cenci, v., de F. D. Guerrazzi»; «Satán y la Gra­cia, v., de Giovanni Prati»; «Armando de Giovanni Prati»); la fama del padre Bresciani, sobre todo después del ensayo so­bre el Judío de Verona, yace todavía bajo el peso del terrible golpe que le infirió De Sanctis.

Hombre del Risorgimento, esto es, patriota, en el sentido más ardien­te y casi religioso de la palabra, ligado a la época y a sus hombres por profundos y tenaces vínculos afectivos (de lo cual da fe su cálida defensa de Settembrini contra las censuras de Zumbini y de Montefredini), De Sanctis comprendió además que los problemas políticos, literarios y culturales de la época romántica están conclusos y superados, y que la nación debía entrar decididamente por un nuevo camino. Con­tra las indolencias sobrevivientes y las va­cías generalizaciones idealistas del último romanticismo, contra el peligro de una nue­va e inconsistente retórica patriotera, con­tra el viejo y tenaz academismo huma­nístico, contra todos los hábitos adquiridos en su decadencia, y en los cuales él veía un continuo peligro para un pueblo soña­dor y sensual como el italiano, De Sanctis afirmó enérgicamente la necesidad del tra­bajo positivo y de la instauración de un sentido más serio y concreto de la historia y de la vida; exigencia ético crítica de la que se originaron los ensayos acerca del realismo («El principio del realismo», «El principio del Darwinismo en el arte») y el amplio «Estudio sobre Emilio Zola»; exi­gencia que anima, en forma más resuelta y vibrante, la famosa página final de la Historia de la literatura italiana. Así, en estos Ensayos críticos, la figura del crítico genial halla su complemento en la del educador y del maestro de moralidad y de vida.

D. Mattalia

Un gran hombre de bien, pero lleno de preocupaciones y prejuicios y algo falto, si no me equivoco, de esa. seguridad que procede de un ejercitado y maduro conoci­miento de los hechos y los documentos his­tóricos, técnicos y artísticos… De Sanctis no es afortunado en los gustos al por menor. (Carducci)

Su obra crítica, por no estar rigurosa­mente documentada y carecer de coheren­cia teórica y de aquella resistente virtud vital que es el estilo, había de perecer en breve. (D’Annunzio)

El más eminente y genial crítico italiano. (Bartoli)

Un verbo de vida nueva para la crítica había nacido en él y por él. (Panzacchi)

A los que hoy, por decir algo, van pre­dicando un retomo a De Sanctis, habría que preguntar, si ello valiese la pena, a cuál de los dos De Sanctis querrían «vol- ver»: si al De Sanctis anticuado y todavía apegado inconscientemente a la vieja esté­tica del contenido, o al nuevo, que estable­ció el concepto de la poesía como forma y puso de relieve a las personalidades poé­ticas. Al primero no se debe, pero al se­gundo no se puede volver, por la sencilla razón de que ya se ha vuelto a él, o sea que se vive con él y en él. (B. Croce)

Los juicios están todos renovados, los poetas vueltos a descubrir a la luz de la «forma», el mérito de De Sanctis no está en este o aquel juicio crítico, sino en el espíritu con el cual cada escritor es revi­vido… Es la primera palabra de la estética moderna. (F. Flora)