Ensayo sobre los Errores Populares de los Antiguos, Giacomo Leopardi

[Saggio sopra gli errori popolari degli antichi]. Obra publicada postumamente por P. Viani, en Florencia, en 1846. El primer capítulo comienza con estas palabras: «El mundo está plagado de errores, y la primera atención del hombre debe ser el conocimiento de la verdad». Se diría que Leopardi redacta su Ensayo por una imposición filosófica, pero su ánimo no es precisamente el del apóstol que clama contra los errores: la desaparición de los errores constituye una abstracción mental, mientras son concretos, en cambio, los ima­ginativos anhelos de aquellos errores que ocupan, como dulces ilusiones, la mente y el ánimo del joven escritor. Él no se aflige porque en un tiempo los hombres hi­cieron de los astros «terribles animales ansiosos de alimento y bebida», los cuales «caminaban sobre sus patas»; así, a pesar de las palabras con que censura aquel error y la posibilidad de que retorne a los hom­bres, como siguiendo una ley periódica al igual que los cometas, goza imaginando a los astros como inmensos animales.

Y goza pensando en las «aguas fulminantes» de que habla Plutarco y en los truenos que fecun­dan y endurecen las trufas; y la Tierra de Jenófanes que ha «echado profundas raíces en el seno del infinito y se sostiene como una planta o una montaña, en la que los hombres ocupan la cumbre»; y la inmi­nencia de la tempestad, cuando «el agua cabrillea en la noche junto a los remos de los navegantes»; y las interpretaciones de los sueños de que nos habla Astrampsico: «Caminar sobre carbón presagia un daño ocasionado por el enemigo. El que tenga en la mano una abeja verá desvanecerse sus esperanzas», etc. El mito de la anti­güedad feliz, el mito de la superioridad de los antiguos sobre los modernos, que tanto resonó en la poesía y en la prosa del Leopardi de la edad madura, tuvo también su época de infancia y recuerdo en estos ávidos estudios sobre la astrono­mía y sobre los errores de los antiguos, que de tal forma poblaron el mundo de ilusiones y embellecieron la vida.

Y cuan­do para el escritor adulto la verdad se con­virtió en una certidumbre hostil a ,1a te­rrena «felicidad», las fábulas antiguas que él había recogido para deshacer los erro­res antiguos y remotos, las bellas fábulas sobre los astros, sobre el mediodía, el true­no y los terremotos, fueron el etéreo en­canto de las ilusiones creadas repentina­mente y con igual celeridad disipadas para volver pronto a invocarlas de nuevo. Cier­to es que aquel mito coincidía con su tiem­po feliz; aquel en que su deseo revivía mundos ignorados y una arcana felicidad que un día habría de alcanzar; y entonces, en intelectual recuerdo de los tiempos mí­ticos y como viva memoria de sus tiempos de adolescencia, sentíase feliz con aquel estudio y aquellas esperanzas. Así la sus­tancia mítica que condensará en narracio­nes de los propios estados de ánimo, como en los Cantos y en las Operete, se hallará en gran parte en la infancia y en la ado­lescencia. Y la experiencia de traductor, que en el Ensayo se despliega en cada pá­gina y en autores muy diversos, habrá ser­vido al escritor para sobrepasar la facilidad lingüística del siglo XVIII, tan ligada al estilo francés.

Leopardi mantiene todavía en el Ensayo sobre los errores populares, como también en la parte más juvenil de la Miscelánea (v.), las inflexiones france­sas; pero su espíritu se halla ya maduro para el clasicismo en el sentido de la tra­dición italiana. Cabe establecer un paran­gón bastante claro entre los escritos juve­niles y los de su madurez, para reconocer en las formas del primer estilo ya leopardiano los gérmenes del gran arte ulterior; y ésta es la imagen, ésta es la inquietud sentimental que el poeta consideró digna de ser cantada. Bastará, como ejemplo ca­racterístico, señalar el capítulo dedicado a los terrores nocturnos en el Ensayo sobre los errores populares; en él aparece ya aquel sentido de angustia que expresó tam­bién en los Recuerdos (v.)

F. Flora