Ensayo para una Nueva Teoría de la Visión, George Berkeley

[Essay towards a New Theory of Vision]. Es el primer libro pu­blicado, en 1709, tras algunos ensayos juveniles de matemáticas, redactado mientras escribía el Libro de lugares comunes (v.) a través de los cuales se ven surgir sus ideas filosóficas fundamentales y, entre otras cosas, el «nue­vo principio», es decir, el inmaterialismo. Pero de este «principio» no habla en el En­sayo, aunque lo tuviera bien claro y preciso en su mente. El Ensayo es, en cierto senti­do, un preludio, una introducción a la idea de que el mundo externo no existe fuera de nuestras sensaciones, porque su tesis principal es que nuestras sensaciones de distancia, de dimensión, etc., no nos mani­fiestan nada que exista realmente y por su cuenta en la naturaleza.

Hasta entonces, la filosofía había distinguido las cualida­des percibidas por nuestros sentidos, esta­bleciendo dos clases: cualidades «primarias» (distancia, dimensión, peso, etc.) que per­cibimos como son en realidad, y cualidades «secundarias» (olores, sabores, etc.) que surgen en nuestros sentidos por efecto de objetos externos, pero no existen como ta­les en la realidad. Demostrando que tam­bién las cualidades primarias no son las mismas si son percibidas por un sentido u otro, Berkeley plantea la tesis de que nada de lo que percibimos existe en la natura­leza, es decir, que «existir» no puede sig­nificar sino «ser percibido»: «Esse est percipi». El Ensayo se ocupa, sobre todo, de la sensación de distancia. Comienza seña­lando como un hecho universalmente reco­nocido que la distancia, por sí misma, no es visible, esto es, que el ojo no percibe inmediatamente la distancia de un objeto. La teoría, sostenida especialmente por los matemáticos, que establece la distancia de un objeto por medio del ángulo que for­man las rectas que van desde los ojos al objeto, puede rebatirse fácilmente obser­vando que un objeto más grueso y distante aparece en el mismo ángulo que otro obje­to más pequeño y próximo.

Por otra par­te, la luna, tal como la vemos; no es realmente la misma que apreciaríamos si pudiéramos situarnos a escasa distancia de ella. Asimismo, los objetos que vemos no son reales en sí mismos: tan sólo indican, como símbolos o signos, la distancia, di­mensiones y posición en que suponemos se encuentran los objetos (en realidad in­existentes) que corresponden a nuestras sensaciones. Ver una cosa grande o peque­ña, precisa o confusa, nos sirve para orien­tar nuestras sensaciones, situándolas, por así decirlo, en un cierto orden, de forma que nosotros podamos «obrar», esto es, te­ner unas ciertas sensaciones en lugar de otras. Quien nos «habla» con este lenguaje, debe ser, naturalmente, un Ente superior, que ha predispuesto así las cosas de for­ma que si, por ejemplo, un pedazo de pan nos aparece «distante», no podamos tener la sensación táctil (es decir, asirlo) más que un tiempo después y mayor de lo que sucede para tener la sensación táctil de un pan «próximo».

Así, la teoría de la visión, según la cual el ojo no ve la realidad sino tan sólo ciertos signos que indican nues­tras sensaciones, prueba la existencia de un lenguaje «visual» que, como el lengua­je común, ha sido fijado por el arbitrio de una Providencia; prueba más poderosa que cualquier otra en favor de la existen­cia de Dios, según Berkeley, que insiste en esta argumentación, defendiéndola de las objeciones, en la obra La teoría de la visión, o la defensa del lenguaje visual [The Theory of Vision, Or Visual Language Vindicated], publicada muchos años des­pués, en 1733. M. Manlio Rossi

…una de las obras más geniales que ja­más se han escrito. (Hóffding)