Ennéadas, Plotino de Licópolis

Colección de 54 tratados filosóficos, escritos durante los dieci­séis últimos años de su vida, y publicados en seis grupos de nuevo (de ahí su título) por su discípulo Porfirio de Tiro.

El orden de las partes es de un sistematismo apro­ximado: la primera Ennéada está preferen­temente dedicada al hombre, la segunda y la tercera al mundo físico, la cuarta al alma, la quinta al intelecto, la sexta a lo Uno. Lo Uno es el principio del Ser; así como la unión de los teoremas de una ciencia supone la unidad de una inteligencia que los capte, también lo múltiple presupone una unidad superior, sin la cual todo se dis­gregaría. El movimiento de todos los seres presupone como fin un Bien soberano. Lo Uno es la primera de las substancias, abso­lutamente simple, que se basta a sí misma y es un bien trascendente; infinita, ilimi­tada, informe, omnipotente, en la que coin­ciden la voluntad y la libertad. Lo Uno no piensa ni desea; y sin embargo no es igno­rancia de sí, pues tiene una simple intui­ción de sí mismo.

Pero es incognoscible e inefable; de él puede únicamente decirse lo que no es (teología negativa). Como el ser viviente, llegado al estado adulto, pro­duce a su semejante y como la luz se di­funde por una especie de superabundancia sin perder nada de sí, así también lo Uno produce algo por un proceso que, por ana­logía con la luz, ha sido denominado «ema­nación», «fulguratio», pero que Plotino llama «procesión». Este algo, apenas producido, busca permanecer lo más cerca posible de su productor y se vuelve hacia éste para contemplarlo, y en esta contemplación tiene el principio de su vida. De este acto de pro­cesión nace (en sentido eterno y fuera del tiempo) la segunda substancia, que es a la vez Ser, Inteligencia y Mundo Inteligi­ble: no es un simple esquema abstracto, sino un verdadero mundo completo y perfecto en su idealidad racional.

Es visión de lo Uno y por lo mismo es conocimiento de sí y del mundo inteligible. La Inteligencia a su vez produce una tercera substancia, el Alma universal, que siempre fluye de aquélla como Verbo suyo y cuya naturaleza es do­ble; por un lado sensible en cuanto ordena y organiza el universo sensible, y por el otro inteligible en cuanto se vuelve siem­pre a contemplar la Inteligencia de que pe­rennemente fluye como Verbo suyo; en rea­lidad los dos aspectos se funden, en cuanto ésta organiza porque contempla, y con­templando obra. El alma da vida a todos los vivientes, no dividiéndose, sino conservándose toda entera en ellos; cuánto hay de divino en el mundo deriva del alma. En el mundo todo está animado y todo vibra por una simpatía recíproca universal. El universo es uno y múltiple, y contiene en sí guerra y armonía, perfección y belleza.

A esta tríada (Uno, Inteligencia, Alma) se limita la serie de la realidad divina, donde el mal no penetra. Por debajo de ella hay otra hipóstasis, la materia, que es como el último reflejo de la luz de lo Uno antes de la nada y, por su incapacidad de recibir forma y orden, por la imposibilidad de te­ner un atributo positivo, es el mal en sí, la raíz de todos los males del mundo, los cuales no son males en sí, sino sólo porque el Alma ha entrado en contacto con la mate­ria. El Alma del mundo ha preparado para todas las almas individuales que de ella derivan, y por consiguiente también para las almas humanas, una morada correspon­diente a su naturaleza, o sea el cuerpo, y debe dirigirla durante el tiempo fijado por el orden de las cosas. Si ésta, en lugar de permanecer junto a la Inteligencia de que procede, contemplando el orden inteligible, se vuelve hacia el reflejo que ésta proyecta y que va a iluminar y vivificar el cuerpo, queda sometida a todos los cambios del mundo sensible; su destino en la vida fu­tura depende entonces del pecado que ha cometido en este «descenso».

Para volver al estado originario de contemplación, debe­mos, pues, intentar separarnos del cuerpo, que es cárcel y tumba; debemos contemplar las vicisitudes del mundo como se contem­pla lo que sucede en la escena de un tea­tro. «Vuelve a entrar en ti mismo, y mira; y si ves que no eres bello, haz como el es­cultor, que quita parte del mármol para embellecerlo. Hágase bella el alma, y divi­na, si quiere contemplar a Dios y a la be­lleza». Las vías de la elevación son tres: la música, el amor, la filosofía. Superado el amor por las bellezas corpóreas, hay que ascender al amor por las cosas incorpóreas.- ¿Cómo se puede llegar a él? «Libérate de todo» .El creador de las co­sas bellas, que las trasciende todas aun engendrándolas, es nuestro Dios íntimo; en Él respiramos, nos conservamos y vivimos. De dos modos puede el intelecto identificarse a Él: o en el entender sensato o en la em­briaguez del amor. La visión de Dios se actúa como luz, pero interior, «como cuan­do uno comprime sus párpados y ve la luz que hay en él».

No hay que seguirlo, sino esperarlo sin movernos, preparándonos a contemplarlo como el ojo espera la apa­rición del sol que se levanta. Dios aparecerá casi sin haber venido, presente antes que todo, incluso que el intelecto. A su ve­nida, el alma pierde toda forma y lo olvida todo, «sola en Él solo». En el éxtasis, no hay ya distinción entre contemplante y con­templado: el mismo vidente es uno con lo visto, convertido en la misma solitaria quie­tud en que reposa. «Ésta es la vida de los dioses y de los hombres bienaventurados, desprendida de todas las cosas de aquí aba­jo, vida que no goza de los placeres de aquí abajo, fuga del espíritu solo hacia Él solo». Esta obra ha sido justamente considerada como una síntesis del pensa­miento griego, y señaladamente del pen­samiento platónico y del aristotélico. Sín­tesis, empero, originalísima, tal como, en la atmósfera del sincretismo helenístico, podía ser producida por un oriental como Plotino, que a la exuberancia mística del espíritu unía las más sutiles facultades dialécticos y apodícticas. La influencia de las Ennéadas sobre el pensamiento posterior ha sido in­mensa, incluso fuera del ambiente pagano: véase, por ejemplo, el libro VII de las Confesiones (v.) de S. Agustín. [Trad. par­cial de Manuel Cardenal Iracheta en «Rev. de Ideas Estéticas» ].

G. Alliney