Elogios de Maragall

Conjunto de en­sayos del escritor y poeta catalán Joan Ma­ragall i Gorina (1860-1911). Son los siguien­tes: Elogi del poblé [Elogio del pueblo], Elogi de la dansa [Elogio de la danza] y Elogi del featre [Elogio del teatro], redac­tados el primero en 1907 y los dos últimos en 1909 e incluidos en el volumen Elogi de la paraula i altres escrits [Elogio de la pa­labra y otros escritos], volumen XIX (Bar­celona, 1935) de la edición de las Obres Completes, a continuación y como comple­mento del Elogio de la palabra (v.) y del Elogio de la poesía (v.) que figuran en el mismo volumen.

El propio Maragall hizo de los «elogis» catalanes una versión castella­na, añadiendo un «Preliminar» y otros cua­tro: Elogio del amor, Elogio del vivir, Elo­gio de la gracia y Elogio de una tarde de agosto. Estas versiones figuran en el tomo Elogios, III de las Obres completes, publi­cado en Barcelona en 1929. Maragall, para quien el hombre considerado individual­mente era objeto de un amor y de un res­peto que sólo puede tener una justificación de orden sentimental (él había dicho: «La esencia sentimental del hombre es lo pri­mero en el mundo psicológico») empieza por plantearse el dilema masa-individuo. El pueblo, entendido en función de una tie­rra, de una historia y de una tradición, constituye un ideal («un estado colectivo del espíritu humano»), pero entendido como turba le causa repugnancia.

Pero cuando de esta turba se destaca un hombre con el que es posible entablar un diálogo tú a tú, desaparece el odio y nace el amor. Las divagaciones del poeta concluyen sintética­mente en esta afirmación: no puede creer que el término último del progreso y de la evolución humana sea la masa; el pro­greso, por contra, consiste en la indefini­da exaltación del individuo. Tal afirmación concuerda totalmente con la ideología maragalliana. No debemos olvidar cómo entu­siasmó a nuestro poeta la teoría del super­hombre niétzscheano. La concepción del teatro, expuesta en el Elogio del teatro, está en relación directa con las ideas del Elogio del pueblo. Como arte destinado a la turba — a un estado de humanidad inferior — el teatro es también un arte inferior, que ne­cesita estar animado por la acción; es aún caótico y primario.

La danza, en cambio, según la exposición del Elogio de la danza, es el arte más puro, la primera forma de expresión y de expansión artística y prin­cipio y fin de todas las artes. Fundamento de ella son el amor y el ritmo que tam­bién son fundamentales en la poesía (v. Elogio de la poesía). Por ello la danza tiene su total cumplimiento cuando es la mujer quien la interpreta. Para nuestro poeta, la mujer danzando es el compendio de toda la creación. Para la edición castellana de los «elogis», compuso Joan Maragall un curio­so e interesante prólogo o «Preliminar» en el que el autor nos cuenta una curiosa historia: la del arquitecto —seguramente Gaudí, con quien Maragall tuvo una gran amistad — que transforma la potencia de un amor imposible en fuerza de creación para su arte: «Lanzará los arcos y las bó­vedas en actitud de cobijarla, y cada por­tal como si ella hubiera de entrar… El tem­plo será levantando pensando en su ora­ción de rodillas, y los jardines planeados en la vagancia de sus pasos, y la glorieta para dar paz deleitosa a su cuerpo y a sus ensueños.

Y así habrá pronto toda una ciudad que vivirá sin saberlo bajo el hechi­zo de aquella mujer amada. Y los fieles postrados bajo las sagradas bóvedas, y los ricos en el goce de su lujo, y los pobres al abrigo de un techo amigo, vivirán en la gracia de aquella mujer espiritualmente tan fecunda por obra de un tal amor… ¿Veisla ya la fuerza de este hombre en su obra?». Esta fuerza de transformación del amor la describe el poeta en el correspondiente elo­gio. «Amor —según su definición— es de­seo de confusión por instinto de la eterna unidad de las cosas». A través de la gene­ración tiende el amor —tanto física como espiritualmente — a la eternización, como ocurre en la obra de Dante. «Vivir —afirma el poeta en Elogio del vivir— es aquel im­pulso de ser, que en lo que ya es se resuelve en esfuerzo por ser más». La vida es pues algo maravilloso, un estado de gracia con­tinuado, en oposición a la muerte.

El vita­lismo de Maragall se eleva hasta la doctrina del Cristo vivo, del Dios de los vivos. Su doctrina del vivir concuerda con la idea del Cant espiritual (v. Poesías) y la del Comte Arnau (v. Conde Arnau y v. Poesías). En el Elogio de la gracia expone la teoría de la fundamentación de la gracia en la natu­raleza humana: «Toda gracia está en un cierto olvido de sí mismo». Si hay cons­ciencia esta gracia se convierte en sober­bia. Elogio de una tarde de agosto consis­te en la evocación de una representación de Edipo en un valle durante una tempes­tad. Al contemplar aquel valle años después le parece que en él se halla encerrada la tragedia. De ahí parte hacia consideracio­nes sobre el tiempo hasta afirmar que sólo el espíritu de las cosas vive siempre. Los Elogios constituyen un conjunto de textos fundamentales para la comprensión de la obra maragalliana.

A. Comas