Elogio de la Poesía, Joan Maragall i Gorina

[Elogi de la poe­sía], Ensayo del poeta y escritor catalán redac­tado en 1909. Está incluido en el volu­men XIX (Elogi de la paraula i altres escrits [Elogio de la palabra y otros escri­tos]) de la edición de las Obres Completes, aparecido en Barcelona en 1935. De este ensayo hizo el autor una versión castellana con destino al volumen Elogios (III de las Obres Completes, Barcelona, 1929). Al comenzar el ensayo Maragall nos da su de­finición de arte, definición que no sólo sir­ve como principio racional de su teoría, si­no que es principio de toda su obra y de su poesía: «Poesía es el arte de la palabra, entendiendo por Arte la belleza pasada a través del hombre, y por Belleza la reve­lación de la esencia por la forma. Forma, para mí, significa la impronta que en la materia de las cosas ha dejado el ritmo creador».

Estas palabras iniciales iluminan la actitud profundamente humana y huma­nizada de nuestro poeta. La poesía, además, para Maragall (teoría que tiene su origen en el Romanticismo alemán), es revelación. Esta revelación proporciona el conocimien­to de la esencia, pero no de la esencia en el estricto sentido filosófico, sino más exac­tamente de lo misterioso, de lo inefable, de la vida oculta de las cosas, de la misma manera que el mundo, forma bajo la cual Dios se nos ha revelado, nos facilita el co­nocimiento de Él. Principio activo de esta transformación, de esta revelación, es el amor («l’amor che muove il solé e l’alte stelle»). Y el móvil inmediato del amor es la forma que nos seduce: «Poesía no es más que la forma, el verso».

En ella la pa­labra conduce hasta el sentido poético: «el concepto viene por el ritmo», «y así se rea­liza en ella la revelación del ser por la for­ma». Cuanto más pura sea la palabra, más genuina será la emoción que deberá proporcionarnos. Por ello la teoría de la poesía se fundamenta en la «palabra viva» (v. Elogio de la palabra). Maragall, por lo tanto, pro­clama la sinceridad y la espontaneidad, el entregarse a la emoción estética por la emo­ción estética, desvinculada absolutamente de finalidad. El poeta debe estar atento sólo a descubrir lo divino que hay en las cosas para transcribirlo en arte y elevarse de nue­vo a Dios: «El arte es, pues, la belleza transhumanada, devuelta a Dios de más cerca». El control, la intervención de la voluntad y del entendimiento, sólo debe funcionar negativamente.

Las cosas, en un principio, según el poeta, debían ser puras (concepción que nos recuerda la frase de Hólderlin: «Ideal es lo que antes fue natu­raleza».) Los géneros literarios provienen por tanto de la impureza, son simplemente «ocasiones» de poesía. Según él la Divina Comedia es el supremo ejemplo, pero su valor no radica en su concepción filosófica, en su retórica, en sus episodios históricos, en su intención política, etc. Los mejores momentos son aquellos en que el autor se olvida de todo ello, y, en último término, lo que la salva definitivamente es el gran amor a Beatriz. El poeta, para nuestro au­tor, debe ser «el más sabio, el más sutil hijo de la tierra», si bien en el momento de la creación debe olvidarse de todo esto y abandonarse a «la emoción pura, a la ex­presión sincera e inocente». Otro aspecto fundamental de su teoría es el ritmo, pero el ritmo entendido como reminiscencia pla­tónica de una «tonada» ancestral que lle­vamos dentro y a la cual se acomoda toda canción nueva.

De ello es ejemplo la poe­sía popular, que según el poeta es «el eco del ritmo creador a través de la tierra en la palabra humana: un camino de Dios en­tre tantos». La poesía popular, para Ma­ragall, no «es un género sino un estado de poesía», de acuerdo con su concepto de pueblo («un estado colectivo del espí­ritu humano»). La teoría maragalliana de la poesía, así como la de la palabra, ha sido diferentes veces impugnada, pero, por lo menos, si no tiene un valor y una vi­gencia de alcance general, tiene valor como justificación teórica de su obra. Y contiene, además, algunos aciertos parciales, como, por ejemplo, la afirmación de que «el ver­so es un estado térmico del lenguaje» (coin­cidente con las teorías de la estilística ac­tual que entiende la poesía como un estado de lengua) y la defensa del principio de imitación en literatura.

A. Comas