Elementos de la Filosofía del Pensamiento Humano, Dugald Stewart

[Elements of the Phílosophí of the Human Mínd]. Obra publicada en tres volúmenes en 1792, 1814, 1827. Segui­dor de Reid, fundador de la escuela esco­cesa (pero con mayor sistematicidad y modificándolo a menudo oportunamente) parte, también como su maestro, de la crítica del subjetivismo al cual había llegado la es­cuela empirista inglesa (de Locke a Berkeley y Hume) bajo la influencia de la es­cuela cartesiana. La superación de este punto de vista podía producirse de dos ma­neras: considerando como primitivo y ver­dadero origen de nuestro conocimiento la actividad del pensamiento en vez de las ideas que ella reúne (Kant), o bien reanu­dando el análisis del conocimiento y par­tiendo de las relaciones entre ideas como verdaderamente primitivas, o a lo menos tan primitivas como los elementos puestos en relación entre sí. Este último camino fue el seguido por Stewart, que trabajó sin tener en cuenta la crítica de Kant. La obra de Stewart es interesante y aguda, aunque su exposición resulta algo prolija. Consiste esencialmente en dos parte: el análisis de las facultades que nos permiten conocer el mundo exterior, y el análisis de la razón.

Sigue, casi como apéndice, un estudio de las diferencias entre las dos diversas men­talidades humanas, y entre el hombre y los animales. La segunda parte, el análisis de la razón, debe ser puesta en comparación con la crítica de la razón de Kant para que se comprenda su superficialidad; agu­da, sembrada de observaciones profundas, no llega a pesar de todo a describir la ra­zón como un todo verdaderamente único, como pura actividad. La razón de Stewart es, por decirlo así, aprisionada y restrin­gida por su función de repetir y reprodu­cir (y no crear, como la razón de Kant), conexiones que existen en la realidad in­dependientemente de la razón misma. Stewart observa ante todo, siguiendo las hue­llas de Reid, que, aislando el mundo de la materia del mundo del pensamiento, los filósofos han debido afirmar que en la per­cepción no conocemos directamente los objetos exteriores, sino solamente especies, sombras, o «ideas», o «impresiones» de ellas. En realidad, se perciben cosas rea­les, no cualidades de ellas, elementos ais­lados (ideas simples); éstas resultan sólo de un análisis filosófico fundado sobre hi­pótesis no demostrables. Por otra parte, la sensación sola no basta para explicar nues­tros conocimientos, son menester la me­moria, la atención, etc., y la conciencia de nosotros mismos no puede derivarse de la sensación.

De este modo el espíritu huma­no pierde su unidad; existen en nosotros muchas y diversas «facultades», cada una de las cuales tiene una función específica. Stewart distingue también entre concep­ción (o capacidad de evocar imágenes de cosas no presentes) e imaginación, capa­cidad de modificar nuestras concepciones combinándolas diversamente: también está la abstracción, facultad que conduce al uso de los términos generales. En cuanto a la asociación de ideas, Stewart reconoce los méritos de Hume, pero no le parece posible fijar leyes a la asociación. Pasando después a tratar de la razón, o intelecto propia­mente dicho, Stewart toma ante todo po­sición respecto al famoso «sentido común»; y sostiene que la apelación al asentimiento universal no ha sido usada sólo por Reid, sino por todos los filósofos, desde la más remota antigüedad hasta el mismo Hume. El que se ha explicado más claramente acerca del sentido común no ha sido un escocés sino un francés, el padre Buffier; es más, los escoceses, Reid y Beattie fueron acusados de haberle copiado.

Finalmente, entre los predecesores y los contemporá­neos de Stewart, no se hallan dos filósofos que entendiesen «sentido común» en un mismo significado. Beattie, por ejemplo, entendía, sin más, por «sentido común» la intuición, oponiéndola al razonamiento. Nuestro autor no acepta esta rotunda dis­tinción: con argumentos de real valor, sos­tiene que intuición o razonamiento no difieren de naturaleza sino sólo por su di­versa rapidez. En cuanto al razonamiento en sí mismo, Stewart debe pensar necesaria­mente que no puede producirse sin pala­bras, que el hablar por sí mismo ya es una forma de razonamiento. Siguen los largos y sutiles análisis de la evidencia matemá­tica, de la deducción y de la inducción la cual examina basándose en el principio de la regularidad de la naturaleza, aceptado sin más como hecho por tácita atestación del pensamiento humano, esto es, en el fondo, por «sentido común».

M. M. Rossi