El Virtuoso Condotiero Federico de Montefeltro, Robert de la Sizeranne

[Le vertueux condottiére Federigo de Montefeltro]. Reconstruc­ción histórica de Robert de la Sizeranne (1866-1933), publicada en París en 1927; es ciertamente el mejor volumen de un ciclo del autor, «Les masques et les visages», dedicado a la civilización y al arte del Rena­cimiento italiano.

Inspirándose en el con­cepto ruskiniano de la belleza de la vida, el crítico francés Ve en el célebre señor de Urbino una rara unión de cualidades polí­ticas y de actitudes artísticas y morales. Con un gran conocimiento de las fuentes históricas, reconstruye en su integridad la vida excepcional del condottiero y del hom­bre de Estado: la astucia del político y la firmeza del guerrero. Desde su ascensión al ducado hasta las luchas con Malatesta, con Colleone y después con la propia Santa Sede, de la que había sido gonfaloniero, las numerosas situaciones dominadas por Federico muestran una disposición sorpren­dente de hombre que sabe a lo que tiende su obra en su tiempo. Por eso, además de los éxitos más o menos estables en la polí­tica «cuatrocentista», más allá de las gran­des oposiciones entre los estados italianos y del peligro del extranjero, él deseaba, se­gún reza una vieja inscripción del palacio de Urbino, construir «su casa desde los ci­mientos para su gloria y la de su poste­ridad».

En efecto, el esplendor de su corte en las letras y en las artes constituyó una típica manifestación de la era del primer Renacimiento, y muestra en Federico y en su esposa Battista Sforza a personajes dig­nos de ser retratados por Piero della Fran­cesca y por otros artistas, y de gozar de la amistad de poetas, filósofos, capitanes y políticos. En la formación de su magnífica corte, que según el testimonio del Corte­sano (v.) de Castiglione tuvo bien pronto fama europea, el príncipe fue superior al condottiero; en el tranquilo señorío de los últimos años, particularmente después de la muerte de Battista Sforza, Federico aparece cada vez de manera más señalada como un amante de la cultura bajo todas sus formas, desde coleccionador de manuscritos (incluso con una oficina propia de copistas) a pro­tector de pintores y arquitectos. De este modo el príncipe Federico, aun a pesar de las no leves dificultades de la política de su tiempo, obró siempre con una conducta ejemplar que la posterioridad ha admirado.

El propio escritor francés, al componer la nueva biografía del personaje, desea la vuelta de las obras de arte esparcidas por Europa y que pertenecían al palacio de Urbino, verdadero símbolo del Humanismo en todas las manifestaciones de la vida.

C. Cordié