[The Problem of Christianism]. Obra filosófica del norteamericano Josiah Royce (1855- 1916), publicada en 1913. Puesto que la misión de la filosofía es la de interpretar la experiencia, indicando el valor intrínseco de los principios que la constituyen, el filósofo debe considerar la religión como problema vital a aclarar y profundizar.
Así es necesario indagar cuál es la esencia del Cristianismo y de qué modo puede ser sentida y realizada en la vida actual. Para esta investigación no es necesario ni un profundo estudio de los dogmas cristianos ni un exacto conocimiento (por otra parte imposible) de la figura histórica de Cristo; es preciso, en cambio, interpretar la experiencia religiosa poniendo de manifiesto lo que ha constituido, en toda época, el significado y el valor de la vida cristiana. Todo valor esencial hay que buscarlo no en lo que puede ser el contenido de una conciencia individual, sino en lo que es humanamente, es decir universalmente, válido.
Ahora el elemento del Cristianismo que, presente ya en los orígenes de la era cristiana, se desarrolló a través de los siglos y sigue presentándose como ideal humano, nos lo da aquella forma de experiencia social realizada en las comunidades cristianas primitivas tal como aparecen en las Epístolas (v.) de San Pablo y cuyo intrínseco valor se puede definir como «fidelidad»: aquella entrega plena y amorosa del individuo a la comunidad, de la que deriva, en el individuo, la realización de un valor que lo trasciende y lo levanta por encima de su individualidad. El ideal de la fidelidad se reveló a los hombres por vez primera en la historia, como esperanza y aspiración consciente, en el ideal cristiano de una Iglesia universal. El Cristianismo, no solamente como esencia ideal, sino también como hecho histórico, es la más alta y perfecta religión de la fidelidad.
Por lo tanto, la primera de las ideas cristianas que se presentan como directivas y esenciales es la de la «comunidad», interpretada como cuerpo en que vive y se manifiesta lo divino, como universalidad concreta y viviente, es decir, a la vez, comunidad humana y Ser divino (v. La filosofía de la lealtad). De este concepto de la comunidad derivan las otras dos ideas esenciales del Cristianismo: la idea del «estado de condenación del hombre natural» y la idea de la «expiación», que se junta a la de la «gracia salvadora». El pecado original es la naturaleza bruta, y es condenación porque es negación de todo valor humano; en la sociedad el individuo alcanza su humanidad; en la devoción hacia la comunidad «se salva». Pero si el individuo se opone a la comunidad, si rompe sus relaciones con ella con un acto de infidelidad deliberada, cae de nuevo en el estado de condenación.
Entonces, para recobrar el estado de hombre, hace falta el acto de la expiación, que no depende de la voluntad del individuo, sino de la de la comunidad; ésta busca y salva, por medio de sus siervos mejores, y gracias al Espíritu Divino que existe en ella, al hombre perdido. La «expiación» no es, por lo tanto, la pena del individuo, sino el acto de amor de la comunidad. En la religión de la fidelidad vemos de este modo desarrollarse por completo los principios universales del Cristianismo histórico, que no son solamente elementos de aquella forma de experiencia social en que se realizan los valores humanos y en que el individuo, superando su naturaleza, vive como hombre, es decir, expía y se salva, sino que son también la manifestación de la realidad del universo, que es Espíritu absoluto.
La unidad del Espíritu es la misma realidad del individuo en cuanto es fiel; seguir fiel a esta fe, en la que se realiza el Espíritu, es decir, la comunidad amada, la obra de la gracia, el acto expiatorio y la fuerza salvadora de la vida fiel, es la religión, cuya tarea es la de constituir en la tierra la comunidad que es fe, es decir, unión del individuo al todo y realización plena del todo en cada individuo. Esta obra marca otro paso en el desarrollo del sistema filosófico de Royce: en la religión, síntesis de ética y metafísica, encuentran su base la moral de la fidelidad y la concepción del espíritu como conciencia universal y Ser divino.
E. Codignola

