El Personalismo, Emmanuel Mounier

[Le Personnalisme]. Obra de Emmanuel Mounier (1905- 1950), publicada en 1950. En este resumen de su filosofía, Mounier traza una aproxi­mación a la realidad personal: la caracte­rística de la persona es, en efecto, según él, el ser irreductible al mundo de los obje­tos — del cual sin embargo ella participa — y el ser la única realidad que nosotros po­demos conocer por dentro, con la visión interior.

Así, no se la puede reducir a una definición rígida y clara: se la prueba más que se la concibe, recurso inagotable que sólo el amor podrá regular. Pero la persona no es, para Mounier, un «yo» ideal y tras­cendente: su valor, siendo de origen cris­tiano, supone la noción de encarnación. La persona es tanto cuerpo como espíritu, uni­dad indestructible de existencia, que im­plica a la vez la negación del materialismo y del idealismo: ciertamente, la realidad personal no está exenta de determinismos físicos, históricos y económicos. Pero tiene la libertad de interiorizarlos y transformar la determinación en libertad.

El cuerpo es «el mediador siempre presente de la vida del espíritu»; pero, por él, nos es concedido personalizar el mundo, hacerle nacer, por nuestros actos, a la misteriosa libertad que contiene. El carácter incorporado de la realidad humana separa pues radicalmente per­sonalismo e individualismo: puesto que reconocía en primer lugar la realidad del cuerpo, el personalismo será «comunitario». En lugar de partir de la soledad, señala la comunión como el hecho primitivo: el «tú» y el «nosotros» preceden al «yo»; y la per­sona, dice Mounier, es esencialmente «una presencia dirigida hacia el mundo». La vida social queda así justificada: no podrá sin embargo avasallar la particularidad pro­funda de cada persona.

En su perfección, será un encuentro libre, un intercambio constante, fundado no sobre la sujeción, sino en el amor y el don recíproco. Todo el proceso del autor se extiende así entre el riesgo de dos conclusiones: ya sea la del mundo, de lo «otro», para la persona atrin­cherada sobre su diferencia, o bien la de la persona que se objetiva en las tareas políticas o económicas. La persona es una cierta presencia única en el mundo de los objetos: pero no es solamente eso, no puede ser reducida solamente a esto, y por ello su realidad política no puede ser cambiada por ninguna otra. Pero, por otra parte, es en el mundo común donde se alimenta la persona: «Es preciso salir de la interioridad para mantener la interioridad»; no es, pues, rechazando, o con la protesta y la separa­ción, como nosotros conseguiremos nuestra libertad, sino con la aceptación militante de la realidad: «La libertad no se consigue contra los determinismos naturales, se con­quista sobre ellos, es más, con ellos».

La libertad personal no es una pura emanación, está condicionada por nuestra situación cor­poral, que la obliga sin cesar a salir de sí, a darse al mundo y a los demás. Esta gene­rosidad de la persona para con el mundo de las personas — que revela la más ele­mental de las experiencias psicológicas — transforma en legítimo un «personalismo cristiano», en el que cada persona sale de sí misma para responder a la llamada única de la Persona suprema. Dios se reconoce aquí no como Acto puro o Perfección inte­ligible, sino en primer lugar, como Otro viviente, presente esencialmente en nos­otros, pero presente según nuestro propio modo de existir y de conocer, es decir, en una historia y en los conceptos. El perso­nalismo «subrayará solamente la estructura personal, confianza o intimidad suprema y oscura de la persona a una Persona tras­cendente y la incompetencia, respecto a este particular, de toda demostración o regula­ción que seguiría siendo puramente obje­tiva».

En el dominio del compromiso polí­tico, la exigencia personalista obligará a reconocer que los factores materiales y económicos, si son importantes, no son ni mucho menos los únicos, ni incluso los más importantes de los móviles históricos: «lo espiritual es también una infraestructura». Tampoco la revolución política es la única, ni la primera que haya que emprender: se precisa una conversión libre de las perso­nas. Estas conclusiones explican todas las ambigüedades de la actitud política de Emmanuel Mounier. Falta a esta doctrina una tabla de deberes, de servidumbres, de ser­vicios específicos que la persona, en cuanto que incorporada, debe aceptar. Por otra parte, el autor se encuentra comprometido entre la afirmación de la libertad personal como la más bella y alta realidad creada, y la necesidad de someter a la persona a una regla política y religiosa. El persona­lismo, a pesar de todo quedará como un interesante esfuerzo por llevar el individua­lismo moderno a la aceptación del mundo y de los demás; y por afirmar la importancia fundamental de la libertad en la marcha general de la Historia.