El Hombre, Emest Helio

[L’Homme]. Es la obra más importante del escritor francés Emest Helio (1828-1885), publicada en 1872. En la serie de escritores católicos de izquierda del si­glo XIX francés — todos ellos nutridos del apasionado absolutismo de Joseph de Maistre —, junto a Louis Veuillot, a Barbey D’Aurévilly, Villiers de l’Isle Adam y León Bloy, está como aparte, menos conocido, Helio, con su aspecto de místico. Más alejado de la multitud, porque está como fuera, o, mejor dicho, por encima de la vida, que no obstante sabe juzgar con no menor vio­lencia que los demás. Pero juzga con más elevación, con frecuencia influido por el ejemplo de los místicos y los santos. Toda su alma, todo su pensamiento, se reflejan en este volumen, que sobresale entre todos sus escritos, que versan sobre filosofía, po­lémica, hagiografía y ensayos narrativos.

En la primera parte («La Vida»), Helio fustiga la idolatría del oro (las páginas sobre las avaricia pueden ponerse al nivel de las de los moralistas clásicos), la fal­sedad del llamado respeto humano, el cul­to del «honor» y las demás miserias del mundo. Particular elocuencia tiene la in­vectiva contra el «Hombre mediocre», ene­migo de todo lo sublime, de toda belleza, y contra el siglo que ha hecho triunfar esta mediocridad e indiferencia: el siglo XVIII, negador del misterio. La segunda parte con­sidera la «ciencia» y su miseria, mayor que en el pasado, por alejarse de la única ver­dad. El error moderno es más grave que el antiguo: los paganos adoraban el mundo ex­terior; los modernos se adoran a sí mismos, en su vida intelectual, en su pensamiento, con su racionalismo. La consecuencia es el panteísmo, en el que se combinan paganismo y racionalismo. No se puede así encontrar la paz, que sólo se halla en la Verdad, en la Unidad. Aquí se ocupa también de la Belleza, del Arte, sobre el que hace consi­deraciones agudas en la tercera parte, con­sideraciones que superan en conjunto al viejo clasicismo formalista y al reciente individualismo romántico.

Para que exista el arte es preciso que éste exprese «con la sinceridad de su palabra, el esplendor del hombre sincero». Tras de De Maistre, su declarado maestro, advertimos el eco de Pascal, con toda la grandeza y la miseria del hombre, con el vano deseo de llenar el vacío de su alma, y con la necesidad de escoger y de apostar; pero el Jansenismo (v.) es asimismo un error dañino, por negar al hombre, al contrario del ateísmo, que lo eleva hasta un lugar que se le niega a Dios. Y     sin embargo son acentos pascalianos los que se dejan sentir en este ingenuo y robus­to propugnador de la necesidad de la fe total.

 Helio posee en grado eminentísimo el sen­timiento de lo absoluto, la noción de la justicia integral, la clara visión del orden eterno; en esto consiste su grandeza, su magnificencia y su gloria. (Lasserre)