El Espíritu en Contraposición al Alma, Ludwig Klages

[Der Geist ais Widersacher der Seele]. Tres estudios del filósofo alemán publicados en forma de volumen en 1939, que compren­den una teoría estética de la esencia del ritmo, una investigación psicológica sobre la personalidad, una profundización so­bre la naturaleza de la conciencia.

Klages es uno de los más típicos representantes del irracionalismo contemporáneo, corriente fi­losófica que en Francia con Blondel, Boutroux, Bergson, Lavelle y Marcel, en Ale­mania con Nietzsche, Simmel, Jaspers y Heidegger y en Dinamarca con Kierkegaard, apareció como reacción al abstracto racio­nalismo y al tecnicismo científico. El moti­vo fundamental en el cual se debate la personalidad es «la divergencia esencial en­tre Alma y Espíritu». La vida del alma es participación cósmica, el espíritu es volun­tad de poder de la persona que va contra la vida misma. Si el alma se inserta en el ritmo de lo viviente, por esta razón no lo puede juzgar: lo vive. El alma tiene una capacidad de escucha universal y la esen­cia de la vida la alcanza como ritmo ince­sante. El «ritmo» es la continuidad articu­lada de lo vivo que bate a las puertas de la conciencia espiritual: el espíritu se re­siste, rompiendo la continuidad espacial- temporal, con su «compás», que es como el acuñarse de la acción humana en el fluir de los fenómenos.

Cuanto más nos acer­quemos a los pueblos civilizados desde la frenética danza de los primitivos, tanto más el compás toma la delantera sobre el ritmo, se hace regla y medida. Pero si eli­minamos el procedimiento esquemático del intelecto, queda solamente el «todo pasa» de Heráclito, en el cual la imagen de la especie pasa de cuerpo a cuerpo como por impulso de una mágica fuerza. La vida cósmica no es más que un entrelazarse de ritmos sonoros, y toda la duración de la vida — inescindible — es rica de pasado y fecunda de porvenir. El segundo estudio sobre la «caracterología» es un análisis de la personalidad, no como individualidad ética o social, sino en su compleja estruc­tura y en su tipicidad expresiva. La uni­dad vital inseparable es la persona, en la cual «el alma es el sentido del fenómeno corporal y el cuerpo es el fenómeno del alma». En tal relación está el «sentido de la expresión» que es la proyección externa de la persona, la categoría fundamental de la conciencia, el vivificarse de la materia en el espíritu.

De la simple mímica expre­siva hasta las formas extremas de extrinsecación del espíritu, la persona se pro­yecta fuera de sí misma, de tal manera que podemos distinguir en ella cinco zonas di­rectivas del carácter: la materia, la estruc­tura, la cualidad, la composición y el as­pecto. Tras el yo o la conciencia espiritual de la vitalidad orgánica y vegetativa, el ser humano es más o menos persona. Si la vitalidad se anonada en sí misma, surge un motivo de renuncia, de aniquilamiento del ser que es propio del taoísmo, del bu­dismo oriental, del misticismo ascético oc­cidental. O la vitalidad es solamente afirmación de la vida contra el espíritu y triun­fadora de los elementos dionisíacos de la persona contra la apolínea belleza del es­píritu, o es el espíritu quien vence, y entonces el alma se eleva hasta la conciencia y la voluntad de poder de la persona en­cuentra su concreción en la creación de la gran obra, en la realidad ética, en la con­templación estética.

Esta vida del alma iluminada por la conciencia, es el tema del tercer estudio: el alma contempladora se convierte en potencia ordenadora de los datos fenoménicos, hace volver a entrar en las coordenadas de la conciencia el com­plejo fluir de las imágenes y cristaliza en conceptos el pathos vital: he aquí por qué para Klages el espíritu mata a la vida. De una tal visión teorética no se origina una metafísica pesimista y negativa, pero sí un escepticismo metódico que destruyen­do la impureza y lo abstracto de una cien­cia excesivamente técnica, de una filosofía excesivamente racional, quiere volver al origen del acto espiritual y hacerlo resur­gir en toda su riqueza.

O. Abate