Espíritu Gentil, Francesco Petrarca

[Spirto gentil]. Can­ción que forma parte del Cancionero (v.). Está dirigida a un noble personaje de Roma, que hoy todavía no se sabe con precisión quien pudo ser, ya que si los conceptos ex­presados la vinculan a los ideales de Cola de Rienzo y los sentimientos suscitados en el poeta por la tentativa del tribuno romano (y la canción llevó por mucho tiempo el nom­bre de canción de Cola de Rienzo), algunos pasajes nos impiden reconocer a Cola como destinatario de la canción, y tampoco pue­den persuadirnos completamente las opi­niones de los que hablan de Bosone Da Gubbio o de Stefano Colonna o de otros senadores de Roma.

Pero tal incertidumbre, análoga a la existente a propósito de la canción Italia mía (v.) y originada por el tono peculiar de la poesía política de Petrarca que evita el detalle de crónica, no disminuye la belleza y la importancia de la poesía, que es la más alta expresión del amor de Petrarca por Roma, su reverencia hacia su gran pasado, su dolor por el triste presente y su sueño de un próximo resurgimiento* Poeta que vive en­tre las imágenes de la gloria antigua y en la vana tristeza por los males de su tiem­po, Petrarca se dirige a este hombre de acción que tiene en sus manos el destino de Roma y que a lo mejor tendrá que lle­var a cabo lo que él ha soñado; y la ex­hortación, profundamente poética, va to­cando todos los motivos que deben empujar al noble caballero hacia el cumplimiento de su hazaña.

Se pasa así de la represen­tación de la Italia inerte, olvidada de sí misma [«Non spero che giammai dal pigro sonno / Mova la testa per chiamar ch’uom faccia, / Si gravemente é oppressa e di tal soma»], a la evocación de la Roma anti­gua, viva aún en las solemnes ruinas y en sus nobles espíritus que todavía se estre­mecen en sus tumbas por su suerte [«Le antiche mura che ancor teme ed ama / E trema il mondo quando si rimembra / Del tempo andato e ’ndietro si rivolve… / …Come ere’ che Fabrizio / Si faccia lieto udendo la novella! / E dice: Roma mia sará ancor bella»], y de ésta a la descrip­ción de la desolación de la Roma del si­glo XIV y de los sufrimientos de los humil­des y débiles, que el poeta recuerda con acentos de un afecto profundo [«Le donne lagrimóse e il vulgo inerme / De la teñera etate, e i vecchi stanchi / Ch’hanno sé in odio e la soverchia vita / E i neri fraticell e i bigi e i bianchi / Con l’altre schie- re travagliate e inferme / Gridan: O Signor nostro, aita aita! / E la povera gente sbi- gottita / Ti scopre le sue piaghe a mille a mille»]; y la oración culmina en la des­pedida, que resume el espíritu de la can­ción en una representación sugestiva del caballero [«Sopra il monte Tarpeo, canzon, vedrai / Un cavalier ch’Italia tutta onora / Pensoso piü d’altri che di sé stesso»] y de Roma que a él, por boca de su poeta, levanta su implorante petición: «Un che non ti vide ancor da presso / Se non come per fama uom s’innamora, / Dice che Roma ogni ora / Con gli occhi di pietá bagnati e molli / Ti chier mercé da tutti i sette colli».

M. Fubini

El plan está concebido fríamente y a priori, con objetos distribuidos de una ma­nera abstracta y según un orden lógico. (De Sanctis)

Petrarca era muy elegante en sus versos, como un hombre que de la elegante acti­tud y porte de la persona se ha hecho una regla de la que no se aleja ni siquiera en casos en que tendría que olvidarla por otra regla o ley más ampliamente humana. Había en él la costumbre o el vicio de su virtud, de su alto sentido de la forma poética. (B. Croce)