El Espíritu De La Filosofía Moderna, Josiah Royce

[The Spirit of modem Philosophy]. Obra del filósofo norteamericano publicada en 1892, en la cual el autor se propone «presentar una definición personal sobre algunos de los más ilustres pensadores modernos», «dar algunas indicaciones sobre sus diversas actitudes acerca de los grandes intereses y metas de la humanidad» e «ilustrar, a la luz de este estudio, algunos de los más sig­nificativos problemas espirituales de hoy».

El desarrollo de la filosofía, desde Spinoza a nuestros días, señala el decidido predo­minio de las doctrinas idealistas, tanto so­bre los sistemas dualistas como sobre los monistas, los cuales* al señalar en la ma­teria el único principio de lo real, vienen a negar el único hecho de que tenemos ab­soluta certeza, la conciencia. Ahora bien, es menester investigar si, a la luz del idealismo, se pueden resolver los proble­mas fundamentales de la ciencia, en cuanto conciernen a la relación entre la ley na­tural y la libertad moral. El análisis idea­lista (idealismo analítico) ha demostrado que, si el mundo real es cognoscible debe ser, por naturaleza, un mundo de ideas, esto es, un mundo de hechos que pueden existir sólo para las mentes. Hasta las le­yes de la naturaleza no son más que ideas de relaciones entre los hechos (ideas) co­nocidos por nosotros.

El mundo «es» sola­mente en cuanto que los seres provistos de inteligencia conocen o pueden conocer realmente que él «es»; la incognoscibilidad de lo real (Spencer) significa sólo que es desconocido para nuestra mente particular, no que sea irreductible a una mente en general; de otro modo, el mundo sería por definición lo irracional, lo absurdo. El idea­lismo sintético nos deberá conducir ahora a conocer que este mundo es un organis­mo, un complejo unitario, un yo universal que piensa el mundo. El yo finito está cons­tituido por un interior complejo de ideas, de experiencias, que están en relación entre el yo sujeto particular y el mundo exterior. Estas relaciones que superan la limitación del sujeto individual son reales, y, por tan­to, verdaderas para la mente que compren­de todo el complejo de ideas existentes, para la conciencia universal que es la ab­soluta consciencia de sí, es decir, el Logos, el único Yo que es pensamiento y realidad del mundo. El Logos es, «en esencia», nues­tro yo particular, puesto que nosotros so­mos parte orgánica de él.

Todo yo finito es una mónada cerrada frente a las otras mónadas (si admitimos la posibilidad de las relaciones entre dos finitos tendremos que admitir la resolución del uno en el otro, esto es, negar su limitación); pero todos los finitos existen realmente en el Yo universal y, aunque sea limitadamente, lo realizan y lo expresan. La prueba de la ver­dad de la doctrina del idealismo se tendrá cuando, a la luz de ella, se consiga explicar la experiencia: la experiencia «exterior» (ya que el mundo de los hechos, para nuestra experiencia finita, es verdadera­mente exterior) y la experiencia «interior», esto es, aquella por la que valoramos los hechos. Para el primer aspecto de la expe­riencia, el mundo es realidad que hay que describir; el considerar toda la realidad como complejo de ideas, como único orga­nismo que es esencialmente autoconciencia, no impide la descripción de la verdad ex­terior, que es asunto de las ciencias natu­rales; ni es tampoco condición necesaria en cuanto se puede describir sólo aquello que está unido armónicamente, que está ordenado, que se adapta a la ley.

Pero la naturaleza ordenada según leyes mecáni­cas no constituye toda nuestra experiencia: se puede describir solamente lo que el pen­samiento ha interpretado, valorado; la na­turaleza debe poseer un «valor», esto es, incorporar «fines». El «orden natural» debe, por lo tanto, ser también un «orden moral». El Yo absoluto se manifiesta en dos as­pectos, uno temporal y el otro eterno; uno de «Ley» y el otro de «Valor», y el hombre finito, parte orgánica del Logos, existe, a la par, en el mecanismo natural y en el orden moral; está sujeto a la necesidad, sin dejar de ser siempre moralmente libre. En esta obra Royce tiende a demostrar que el idealismo funda la validez del saber científico y, al mismo tiempo, justifica la concepción religiosa de un Dios personal: en el concepto del Logos, en efecto, se con­ciba la transcendencia divina con la inma­nencia, la esencia real, que es Sujeto uni­versal, con la existencia real que es multi­plicidad finita.

E. Codignola