El Concepto de Naturaleza, Robert Boyle

[The notion of Nature, De ipsa Natura]. Obra del filósofo y hombre de ciencia irlandés Robert Boyle (1627-1691), famoso especialmente co­mo químico (ley de Boyle). Conocida tam­bién con el título Libre investigación sobre el concepto vulgar de Naturaleza \A free inquiry into the vulgar notion of Nature], fue publicada en latín en Ginebra en 1676 y en inglés en Londres en 1685. La palabra «Naturaleza» está comúnmente tomada en ocho sentidos principales de los cuales el pri­mero, que significa «Dios», es el de la «Na­tura naturans» (en el sentido de Spinoza). Para evitar equívocos, afirma Boyle, es pre­ferible usar para los demás significados las palabras «esencia», «cualidades originarias», «orden establecido», «universo», etc. Se pro­pone, pues, como definición de naturaleza la siguiente: «Conjunto de los cuerpos que forman el mundo en su estado actual, consi­derado como un principio en virtud del cual actúan y soportan acciones, según las leyes del movimiento prescrito por el autor de las cosas».

La idea vulgar de «Naturaleza», responsable del politeísmo, tiene en contra varios argumentos: falta de una prueba evi­dente; su carácter superfluo, su oscuridad y extravagancia; el alejamiento de Dios con respecto a los hombres, negándole la direc­ción del Universo y el interés por las cosas humanas para atribuirlos a esta diosa, e incluso debilitando el valor de la argumen­tación destinada a probar su existencia, ex­traído de la consideración del mundo visible y de la bondad que en éste se trasluce. Si ésta fuese verdadera no se explicarían fe­nómenos tales como la ausencia de la pro­videncia en la «Naturaleza» en tantísimos casos en los cuales una mínima precaución de salvamento automático tomado de ella misma bastaría para evitar daños gravísimos. Aquel que aduce en favor del concepto de la previsora naturaleza «el horror al vacío», que hace subir el agua por un tubo en el cual se hizo el vacío, debería explicar cómo es que tal «horror» no rebasa jamás ni un centímetro el límite fijado. Se examinan y critican, pues, los argumentos en favor del concepto vulgar de «Naturaleza»: como la afinidad química, la fuerza de la inercia, la tendencia de los distintos elementos hacia su propio centro; la aversión de la natura­leza a todo lo que es violento; las estrata­gemas a las cuales la «Natura medicatrix» recurre en las enfermedades. Conclusión del autor: «si bien muy raramente… el Autor del Universo interviene en casos particula­res para desviar el curso de la «Naturaleza», especialmente las leyes generales, sin em­bargo en el caso de los hombres… puede in­tervenir de una manera sobrenatural…; o por medio de mentes unidas o no a cuerpos, influir sobre parte de los cuerpos para de­terminar crisis especiales»: es decir, lo que los cristianos llaman Providencia. Y es más razonable deducir una Providencia de la ex­quisita estructuración y simetría de los cuerpos, con su subordinación y cadena de causas y efectos, que deducir su ausencia del hecho de que existan algunas irregula­ridades. Así se examinan axiomas corrientes relativos a la «Naturaleza», rectificando su significación, como, por ejemplo: «Toda na­turaleza se preserva a sí misma»; «la Natu­raleza consigue siempre su objetivo»; «la Naturaleza actúa siempre con buen fin»; «la Naturaleza cura las enfermedades». La prin­cipal finalidad de la obra es la de disuadir a los filósofos de usar a menudo, y sin una gran necesidad, el tan ambiguo término de «Naturaleza», e inducirlos a distinguir sus diferentes significados, absteniéndose de prestarle un culto idólatra como represen­tante de Dios.

El concepto de la naturaleza fue luego continuado con la Investigación sobre las causas finales de las cosas natura­les [An inquiry into the final causes of na­tural things], publicada en 1688. En ella, Boyle inquiere sobre el significado de la finalidad, reconoce evidentes indicios de ella en los organismos, suficientes para autorizar al naturalista a proceder por inducción de una parte del organismo al todo, y al filó­sofo, a que del ordenamiento de los seres con fines cósmicos o animales infiera un agente inteligente. Rechaza, empero, conclu­siones precipitadas sobre tales presuntos fi­nes, dada la variedad de las finalidades de la naturaleza al organizar, por ejemplo, un cuerpo humano, y de los medios usados para conseguirlo; e insiste en que la investiga­ción de las causas finales no haga olvidar al filósofo la de las causas eficientes. El valor de ambas obras es el de aplicar a proble­mas de filosofía que se alimentan especial­mente de datos y observaciones científicas, el método y la mentalidad baconiana y newtoniana, refiriéndose a la cual el autor expresa su deseo de que, al elaborar siste­mas, «se tome como base un número de ex­perimentos proporcionado a la extensión de la teoría», y se considere siempre la super­estructura racional «como provisional, sola­mente preferible a las demás porque es me­nos imperfecta… y susceptible de mejorarse y de útiles alteraciones». Notable caracterís­tica de esta obra es también el esfuerzo del autor para lograr claridad y simplici­dad, evitando la jerga filosófica y ateniéndose al estilo y al lenguaje de la cultura media; cosa que la hace de fácil lectura.

G. Pioli