[Ombegrepet Angest]. Obra filosófica danesa de Soren Aabye Kierkegaard (1813-1855), publicada en 1844. El autor atribuyó a Virgilius Haufniensis la paternidad de esta obra, la cual definió en el subtítulo como «sencilla meditación psicológica preliminar al problema dogmático del pecado original». Contra Hegel, Kierkegaard sostiene que el pecado es una cosa que no se deja reducir a la lógica: es individual, positivo, trascendente, discontinuo. Es individual: el individuo, en efecto, no es verdaderamente un «yo» antes del pecado. El pecado es positivo, y consiste en una afirmación concreta del no ser: se realiza «delante de Dios». Es algo que no tiene raíz en la inmanencia histórica; de donde la explicación mitológica que coloca más allá del tiempo el primer pecado. En fin, el pecado tiene algo de imprevisto, se actúa como un «salto»: es un átomo de eternidad.
Ni siquiera la ética puede darnos una concepción del pecado; en su idealidad ignora el pecado y hasta ese ambiguo sentimiento del arrepentimiento; además, en su inmanencia, puede explicarse la distinción entre mal y bien. El pecado, en cuanto no es una cosa en reposo, un «estado de ánimo», escapa también a la psicología, la cual sólo puede escrutar las posibilidades del «cómo» del pecado, y conducir a la dogmática, la única ciencia que pueda explicar, como lo hace remontándose hasta Adán, el pecado. La narración del Génesis, que ha sido considerada como un mito, es, en cambio, la única dialécticamente coherente, puesto que explica al mismo tiempo la trascendencia del pecado y su inmanencia en la historia. El pecado presupone una precedente inocencia, que Kierkegaard concibe, contra Hegel, como «estado»; un estado de ignorancia que es al mismo tiempo angustia. Ésta no es culpa; vemos, en efecto, que es muy fuerte en los niños y en las naciones infantiles. La prohibición divina produce en Adán la representación de una posibilidad de culpa; nace, con la tentación, la angustia, que en su ambigüedad, es el origen de la libertad; de ella nace también el tiempo: porque la angustia está ligada al sentido del porvenir, que es la primera presentación del tiempo; nace también en el atractivo angustioso, la positividad de la nada. En el estado de angustia ha entrado en el mundo el primer pecado, que es principio de distinción y de separación. Así se establece la distinción de los sexos; con esto, la sensualidad, primero inocente, se ha convertido en un mal. El pecado, que no ha nacido ni del «siervo albedrío» ni del «libre albedrío», explica estas dos formas, puesto que produce la conciencia de la necesidad y al mismo tiempo de la libertad que precede al acto: de aquí, después, el origen del arrepentimiento.
El pecado de Adán es original, en el sentido de que cada individuo introduce, exactamente como Adán, el pecado en el mundo; con él toda la creación está trastornada por la angustia (objetiva) que le viene de la diversa luz bajo la cual aparece a los ojos del pecador. En cuanto a la angustia subjetiva, es tanto mayor cuanto más crece en los individuos el elemento sensible; de donde el corolario de que la mujer, más ligada a lo sensible, está más angustiada que el hombre. Sólo sometiendo el elemento sensual al espíritu (lo que se cumple en el amor) se vence la angustia del sentido. Sigue un agudo tratado de lo eterno y del tiempo, con importantes llamadas a la mística de San Pablo y a la doctrina platónica del momento (Parménides); el tiempo, como vemos, nace con la angustia, se torna, con el pecado, culpa, que exige como pena la muerte. En los que son paganos en el seno del Cristianismo la angustia se esconde detrás de su insensibilidad, mientras que en el paganismo, que no tiene conciencia del pecado (y en esto está su pecado), ésta se revela con relación a aquella «nada», que es el destino, unión de necesidad y de acaso; es símbolo suyo también en la época cristiana el hombre genial mundano, con su fatalismo angustiado hasta en la gloria. Kierkegaard distingue luego tres estadios de la angustia ante el mal: puede dar lugar a la negación sofística del pecado cometido, al enmascaramiento de la gravedad de la recaída, en fin, a la esclavitud al pecado.
Lo «demoníaco», es la angustia ante el bien, ante la eternidad que se quiere eludir y se revela de varios modos, en cada uno de los cuales el espíritu se encierra en sí mismo, con la consecuencia de la pérdida de la libertad ya desde el punto de vista somaticopsíquico, ya desde el más grave, el espiritual. Aceptando, en cambio, la angustia y la lucha y la aflicción que trae consigo, se llega por medio de la corrosión de las cosas finitas al reposo en la Providencia, a la fe. La «autodidáctica» de la angustia es al mismo tiempo, «teodidáctica», enseñanza divina. Esta obra presupone e integra Aut-aut (v.) y Repetición (véase); el estadio puesto en aquellas obras como el tercero después del estético y el ético, es aquí afirmado con un carácter todavía más decididamente religioso. La conclusión de Aut-aut era que el hombre tiene siempre culpa ante Dios: que la «culpa» del hombre, el pecado, es lo que separa al hombre de Dios; pero en el abismo de la angustia, abierto por el pecado, está al mismo tiempo el camino del retorno a Dios. [Trad. de José Gaos (Madrid, 1930, y Buenos Aires, 1940)].
G. Alliney

